BARQUERITO. Escritos del Confinamiento (9): Un texto viejo (7)

Sábado, 11 de Abril de 2020 00:00
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La crónica de la última corrida de 2019. Zaragoza. El cierre del Pilar. La cogida terrible de Mariano de la Viña. Sin el parte médico que no llegó hasta la medianoche. Como no he estado ni en Olivenza ni en Illescas ni en Valdemorillo, aquella de Zaragoza es la última corrida que tengo vista.



Y la bitácora fresca del día. O la noche. Sábado de primavera. Una evocación del mercado.

Salud!

 

TOROS. Crónica de la corrida de Zaragoza. 13 de octubre de 2019.

Gravísimo percance de Mariano de la Viña

Casi de salida, el cuarto toro de la corrida de Montalvo lo coge y en el suelo lo cose a cornadas en la zona renal. Ambiente de consternación. Perera, herido por un sobrero

Zaragoza, 13 oct. (COLPISA, Barquerito)

Zaragoza. 9ª del Pilar. Veraniego, muy caluroso. La capucha de cubierta, semiplegada. Lleno. 10.000 almas. Dos horas y veinticinco minutos de función. Seis toros de Montalvo (Juan Ignacio Pérez-Tabernero). El sexto bis, sobrero. Ponce, pitos tras aviso, silencio y palmas en el sexto, que mató por cogida de Perera. El Juli, silencio en los dos. Miguel Ángel Perera, saludos. Herido por el sexto bis cuando faenaba de capa. Parte médico pendiente. Excelente trabajo de Álvaro Montes. Pares notables de Curro Javier.

Mariano de la Viña, arrollado, volteado y corneado cuando trataba de parar y fijar al cuarto de la tarde. Dos horas después de ingresado en la enfermería se estaba pendiente de parte  médico.

LA PRIMERA MITAD de festejo tuvo su pequeña intriga. Partió plaza un toro berrendo aparejado, la pinta y la seña antiguas de la primitiva ganadería de María Montalvo. Alto de cruz, solo el poder preciso y un primer puyazo en serio, a la salida del cual enterró pitones. La vuelta de campana y un segundo puyazo lo mermaron. Sin descolgar, fue toro de sencillo manejo. Ponce tiró líneas despegadito, la música se arrancó sin motivo ni demora y la faena fue larguita. Muy desacertado el uso del verduguillo después de dos pinchazos, media y rueda de peones. Diez intentos con la cruceta. Se echó el toro. Un aviso.

Negro zaino, el segundo, que cobró más de lo debido en dos varas traducidas en tres heridas de puya, dejó charcos de sangre en la arena antes de afligirse sin remedio. El Juli estuvo toda la tarde seguro y tranquilamente resuelto. Anuncio de ello fueron su manera de resolver en la lidia y su calma para faenar antes de que el toro metiera la cara entre las manos al cabo de apenas doce viajes. Una buena estocada.

Colorado y chorreadito, zancudo y rabón, el tercero no se pareció en nada a los dos recién jugados. Ningún celo de salida, ni siquiera en el caballo, de donde salió más que castigado pero sin blandearse. Lo despabilaron dos excelentes pares de banderillas de Curro Javier. El verdadero sentido avivador de los garapullos. Perera se acopló con una autoridad y una suficiencia más que notables. La muleta al hocico, a pulso viajes largos de compromiso, compostura vertical, Perera forzó al toro cuando pretendió resistírsele. Con la izquierda, una tanda de caro dibujo. Y un desarme por abuso de poder.

Ni propicia ni vibrante, no estaba siendo corrida agria, pero de pronto se precipitaron los acontecimientos. Llamó la atención el aire agresivo del cuarto montalvo, negro facado. El más enjuto de carnes de los seis, pura fibra, menos cara que los demás, pero más astifino que ninguno. Contra costumbre, no salió Ponce a pararlo ni a fijarlo. Era su último toro de la temporada en España antes de un inminente viaje a México. A recibir casi en los medios al toro, que estaba por ver, salió Mariano de la Viña.

El saludo resultó fatal. Fiero el toro al atacar, no dejó a Mariano ni desplegar engaño, lo arrolló y volteó, lo dejó en el suelo inerte y, ante la mirada horrorizada de espadas y banderilleros, lo cosió a cornadas por la espalda. Se escucharon gritos de espanto. El desconcierto de lo imprevisto quedó marcado por un brutal rastro de sangre. Mariano había perdido el conocimiento y costó no poco acomodarlo en brazos asistentes camino de la enfermería, donde parece que entró en parada cardiorrespiratoria. Prácticamente sin vida

El Juli había sabido quitar al toro de su presa antes que nadie. En sus manos y engaño lo tuvo hasta la salida de los picadores. El ambiente era de auténtica consternación. Álvaro Montes, el peón de confianza de El Juli, ocupó el puesto de Mariano de la Viña con el mismo rigor que si se tratara de toro propio. Ponce, un nudo en la garganta, se hizo de ánimo como mejor pudo. Perera pidió a los areneros un rastrillo y con él borró de la arena la sangre tan abundantemente derramada por Mariano de la Viña. La vieja leyenda de las trágicas cornadas de Zaragoza se cobró una nueva víctima en su enésimo episodio. El toro no hizo más que apoyarse en las manos y puntear antes de recular y afligirse tanto como el segundo. Después de arrastrado el toro, Ponce se fue a la enfermería en busca de noticias.

El Juli hizo recobrar la serenidad a todo el mundo con las armas propias del oficio. En primer lugar, su calma y su entereza. Con lances despaciosos y media notable dejó fijado al quinto de la tarde, que hizo picar muy poco. Solo que el toro, de buen aire, metería una mano en uno de tantos hoyos del ruedo –huella de los festejos matinales- y pasó a apoyarse con fragilidad. Pareció lesión de tendones. Con la izquierda toreó Juliàn a cámara lenta, en desmayo de verdad. Solo dos madejitas de naturales, pero fueron la joya de la corrida. Con la espada no pasó El Juli. La gente, pendiente de noticias de la enfermería, apenas valoró tan ricos detalles.

Estaba por venir el último trago amargo del Pilar. El sexto de corrida, colorado y carifosco, amplio galán, claudicó dos o tres veces. Se oyó un chasquido de hueso roto y fue devuelto sin haber llegado a caerse propiamente. La banda había subrayado la salida del toro con la obligada jota de Borovio, pero el público obligó a los músicos a parar. El sobrero, grandón, 600 kilos, embastecido, celoso y avisado al tomar engaño pero fijo en el caballo –una coz mientras cobraba-, salió enterado de la suerte y sorprendió a Perera en una prueba incierta, hizo por él, se le metió por debajo de los vuelos casi en los medios, lo desarmó y antes de que nadie pudiera llegar al quite, alcanzó a Perera que corría por delante, le pegó una voltereta tremenda y le dio una cornada en el muslo. No pudo Perera seguir. El toro vino por eso a manos de Ponce, y en sus manos una faena de castigo clásica de definición perfecta. Prueba de que, en determinadas circunstancias –cuando el toro de peligro, por ejemplo-, el toreo de recursos y aliño tiene tanta riqueza como el de dibujo. Si no más.

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CdB 11042020. Escritos de confinamiento (9)

Bitácora. 11 de abril. 2020. Madrid

El mercado del sábado en Arles. Arroz de paella, ramitos de lavanda, pasta de aceituna. Una tormenta, un toro de Miura.

EL SÁBADO es el día de mercado en Arles. En las dos aceras del Boulevard des Lices –el Bulevar de los Combates, o las Lides, como queráis- se plantan centenares de puestos en doble y, los de ropa del Bulevar Clemenceau,  hasta en triple fila. Los tenderetes se montan al amanecer. Los feriantes son de una habilidad pasmosa. Se recoge a eso de las dos, tal vez antes. No tardan nada en desmontar, empacar y marcharse. Un milagro de ingeniería.

En la acera de Correos y la Gendarmería se instala el mercado de fruta, pan, carnes, verduras y, en proporción menor, pescado de concha o arrastre. En la de los jardines y la iglesia protestante, casi todo lo demás. Lo demás es muchísimo.

Libros bien ordenados –dos libreros de feria selectos- y, además, la venta en saldo de colecciones de novela negra –inevitable Simenon- o de la legendaria colección de los Livres de Poche, y entre ellos La Peste de Albert Camus con su fantasmal portada de ratas voraces, diabólicas.

Antigüedades de todas las marcas, bisutería, baterías de cocina, muebles menores –sillas, repisas, mesitas auxiliares, reposapiés- ventiladores y radiadores, jabones en pilas de raro equilibrio y perfumes a granel o envasados. Artilugios domésticos, ropa de cama, cocina y baño, escobas de raíz, tarteras de plástico, sartenes, ollas, cazuelas, cubiertos, lámparas, abanicos, oficio de pintar, grifería, piezas de ferretero, discos y compactos, películas que tientan a los amantes del cine francés de época, y casetes antiquísimas, de cuando la canción ligera francesa era, después de la italiana, la más difundida en Europa y, desde luego, en el África francófona y el Medio Oriente capital  Beirut. Gilbert Becaud, Dalila, Sacha Distel, Aznavour, Adamo, Sylvie Vartan. “Si je chante, c’est por toi, c’est pour toi…”

Cerrajería, piedras de colección, pájaros disecados, herboristería, flores, herramientas de jardinería y cultivo agrario, pajarería en jaulas, conejos y averío que no para de protestar, la segunda mano propia de los rastrillos, ropa de fantasía y seda pintada, teteras morunas, colecciones de piedras y amuletos, porcelanas y cerámicas, pintura, tallas de ébano, teca y alabastro, chanclas, bandejas, jarras, vajillas sin casar del todo,  zapatos, corbatas viejas, botas de montar, revistas y periódicos de otro tiempo. bolsos, carteras y monederos de piel, alpargatas, colecciones y colecciones de tarjetas postales donde puede uno echar las horas porque una somera lectura y repaso de fechas, datas y sellos se convierte en una vuelta al mundo contada por sus protagonistas. Y artesanía camarguesa, algo tosca. Nada que ver con las filigranas propias de la cultura popular mediterránea.

No termina nunca de verse entera la exhibición, que, sin serlo, puede parecer la misma de siempre si se visita, como es mi caso, solamente dos veces al año, en Pascua y en la feria de septiembre, la del Arroz, que es en puridad la gran fiesta de la Camarga y la fecha más antigua dentro del calendario taurino. Esa feria era conocida como la de las Primicias del Arroz –la época convencional de su recolección- pero un día no lejano eliminaron lo de las primicias, porque habían dejado de serlo.

La planta emblema de la Provenza es la lavanda. Campos sembrados que parecen pintados a mano en un paisaje ondulado y sirven cosechas muy generosas. Ingrediente indispensable de la perfumería de acento occidental, se exporta a todo el mundo. Lo propio en este zoco es llevarse un ramito de espliego atado con cita de colores. Una ganga. Molida en flor y encerrada en saco bien cosido, sube el precio. Conserva todo el año su aroma tan suave como profundo. Puesto bajo la almohada, propicia dulce sueño.

Mejor que haga solecito y casi calor. Me suscribí en tiempos a las predicciones meteorológicas de Arles –Meteo Arles-, y sigue entrándome en el correo su razón a diario. El tiempo es muy variable, como en todas las ciudades que conviven tan estrechamente con el viento. De una hora para otra el vuelco puede ser teatral. No hay índices del todo fiables, pero los vaticinios científicos de Meteo Arles suelen ser certeros. A la hora de comer dieron hoy 20 grados. Para esta noche, 9. Y sin viento. Un día de primavera para la Vigilia Pascual. Mañana hará bueno. Pero el lunes, cuando la corrida de Miura, va a llover. No hay toros, pero lloverá.

La tarde de más violenta lluvia que recuerdo en el Anfiteatro fue hace seis o siete años, Lunes de Pascua, fiesta mayor. Una formidable corrida de Miura que empezó con sol picante y a partir del cuarto toro fue una tormenta bíblica. A pesar de lo cual, un torero del país, Mehdi Savalli, tuvo el gesto de lidiar, banderillear y matar el último toro de la tarde. Los tendidos se habían despoblado en huida masiva. En la meseta de clarines, la de la puerta del Anfiteatro, solo quedamos los tres trompetas, Antonio y Cristina Miura, camuflados bajo un paraguas –gente previsora- y al abrigo de una pared,  y yo mismo, tapado como mejor pude con mi impermeable austriaco de campaña.

Fue emocionantísimo. Sobre todo, cuando el toro, inmenso y bravo, rodó de estocada sin puntilla sobre un charco. Y, mientras, tronaba, y la lluvia caía de costado en ráfagas sesgadas que parecían estallar contras las piedras milenarias del circo.

Si no llueve por la mañana, que no suele, porque la lluvia prefiere el amanecer o el après-midi, el mercado de las cosas de comer es un prodigio de vida. Las paellas gigantes, de brasa o no, empiezan a fabricar el arroz a las diez de la mañana y antes. Como son unas cuantas por el recodo de la capilla de la Caridad, el Hotel Julio César y el carrusel, a mediodía los aromas del pollo, el ajo, el tomate, el verde, los mejillones, las gambas y el aceite de lento freír suben hasta una estimulante nube baja y ahí se posan. Entran ganas de comer.

Por raciones se venden los arroces, expuestos como reclamo. Se cantan solos, se dejan mirar. Un detalle de maestría: recolocar con espátula los granos después de cada servicio. Para que el fondo de la paella –la fuente- reluzca. Salvo que se prefiera el arroz socarrado, o sea, quemadito.

Los puestos de fruta, panadería y pastelería, y las hueverías de corral, son espectaculares tanto en primavera como en otoño. Los de aceite y aceituna –espléndidas fuentes de barro de olivada o tapenade caseros-, tanto o más. El mercado charcutero está muy activo a todas horas. Los patés caseros se venden al peso. Los embutidos, por piezas. Arles y comarca no son zonas queseras, pero no es rara la venta de yogures de cabra o de queso fresco. Esa zona del comer y comprar comida, de paseo salpicado de puestos de miel del país y de toda clase de especias –la cúrcuma, el comino, el jengibre, el curry, pimientas de tres colores, el pimentón murciano-, está muy concurrida y, sin embargo, apetece en todos los sentidos cumplir viaje con calma y sin desmayo, abrir los ojos, respirar hondo.  De lejos, de la Avenida de Víctor Hugo, llegan las voces del encierro matinal.

Entre la Tour des Mourgues, codo del baluarte, donde se juntan la avenida y el bulevar, se extiende al pie de la muralla otra parte del mercado, muy heterogénea. De un lado, colchones, en ristra interminable. Y de otro, los puestos de semillas y plantas cultivadas delicadamente en maceta de plástico. Puedes llevarte a casa un botánico en miniatura. Un olivo, por ejemplo. Por muy poquito dinero.

Última actualización en Lunes, 13 de Abril de 2020 19:51