BARQUERITO. Escritos de confinamiento (1): "Un paseo sin rumbo"

Jueves, 26 de Marzo de 2020 00:00
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Bitácora. Madrid. 24 de marzo. 2020

El nombre del barrio donde vivo ha venido cambiando de particular manera. Palacio, Madrid viejo o Viejo Madrid, Austrias, la Cebada y ahora Latina, creo que impropiamente. Como sea. Casco antiguo o primitivo, dentro de la cerca barroca y con restos de murallas cristianas y almohades.

Pasado moruno o medieval. En un radio de apenas doscientos metros de casa tengo, transformadas en templos cristianos, dos mezquitas mayores, San Pedro el Viejo y San Nicolás de los Servitas. En mi opinión, el alminar mudéjar de San Pedro es más puro que el de San Nicolás. No el templo adosado. La fachada de San Pedro que rinde a la calle del Nuncio es un auténtico pegote de pastiche. La trasera, en la curva mayor de la calle Segovia, es de cartón piedra.

 

San Nicolás sufrió a lo largo de los años reformas escenográficas bastante bien resueltas. Es noble la portada de la calle Juan de Herrera, el arquitecto de San Lorenzo de El Escorial, que quiso ser enterrado aquí. Pero luego fue exhumado y llevado a su natal Cantabria.

El chapitel que remata la torre, herreriano, es un solemne postizo. Por lo estrecho, la planta rectangular de San Nicolás gana en originalidad a la de San Pedro. La bóveda gótica de San Nicolás debe de ser única en Madrid. El artesonado de la capilla del santo, bien tramado y cuidado, no sé si original o reconstruido, es de nivel. No caben las comparaciones con Sevilla, Granada, Córdoba o Toledo. Los servitas, una peculiar y angélica orden religiosa, custodian la iglesia como un tesoro. Se deja sentir el aroma de cera con que se asean los bancos corridos y un suelo tan bien entarimado que ni las propias pisadas se sienten. La pila del agua bendita está puesta en el punto preciso. La escalera es de piedra.

El conjunto se traduce en una iglesia digamos recoleta. Es la iglesia de los italianos de Madrid. A dos pasos estaba el consulado de la República –el palacio de Abrantes, estupendo edificio- luego convertido en Instituto Italiano de Cultura. En uno de los dos bajos del Instituto había un café-librería que, como tal, fue el primero de su género en Madrid. La librera, española, era una estudiosa de historia del Arte y sospeché que habría vivido en Italia algunos años porque dominaba la lengua más que bien. Se lo escuché cantar en los desayunos con las profesoras y bibliotecarias del Instituto. Sin ese acento españolazo que tanto deforma la sonoridad del italiano patrón y, en fin, no sé si con la marca lombarda, toscana, romañola, romana, véneta o napolitana, porque hasta ahí no llego ni llegaré nunca.

Encanto de la librería, sin contar su ancho espacio de dos salas separadas, era su mobiliario: mesas de madera noble donde se posaban sin apilarse los libros de arte, que podían hojearse sin miedo, y sillas sillonas de brazos y respaldo, y asiento de anea, y, en fin, estanterías de muy distintas proporciones, dispuestas como alacenas donde se guardan los manjares de un festín.

Que las estanterías fueran de alturas y hechuras tan diversas estimulaba la curiosidad. La librera te dejaba hacer. Te estudiaba primero y luego era como andar en casa sin revolver. De cuando en cuando, una compra. O una recomendación. Parecía despedirse de los libros cuando los vendía. Con un suspiro.

En el fondo librero, no largo pero muy selecto, se hacía una modesta y sensible concesión a libros en castellano. Las traducciones en Anaya de los clásicos, Dante, Petrarca y Bocaccio, por ejemplo. Todavía no se había atacado en serio la versión completa y rigurosa de Leopardi. “Sempre caro mi fu quest’ermo colle…”,  ese canto infinito que ahora mismo, en la décima noche de confinamiento, me parece insuperable compañía. Las palabras sanan. De Antonio Colinas es una traducción muy lograda de ese poema. Y de la mano de Colinas, de su antología de Leopardi para la desaparecida editorial Júcar, una invitación para asomarse a su mundo, que trata del universo. De todo, por tanto.

Una minoría de libros de asunto italiano, de autores españoles en su mayoría, y de muy variadas materias. ¿Se puede llamar asunto italiano a la Roma clásica? ¡Por qué no! Hasta los manuales de lengua y literatura latinas de Valentí Fiol, los de la editorial Bosch, casi tan clásicos como el propio latín. Lo que no había eran best sellers ni premios planetas ni nada de eso. Y, en cambio, el surtido de la colección de bolsillo de Einaudi estaba siempre al día. Las ediciones de Einaudi, tan bellas, eran de predominio sobre las de Mondadori o Feltrinelli. Ahí compré versiones canónicas de Svevo, Natalia Ginzburg, Cesare Pavese o Elio Vittorini, por ejemplo. Y descubrí a Umberto Saba en una colección minúscula. Sus “Pájaros”, una pequeña colección de poemas que son sin parecerlo místicos. Mística distintiva de los judíos de Trieste.

Oh, el primor de los editores italianos en general. Los derechos de autor de los grandes poetas contemporáneos –Montale, Quasimodo, Ungaretti- estaban en manos de dos editoriales argentinas, Sur una de ellas, y en versiones bilingües, sin apenas salida en el mercado español. Y solo en italiano estaban, casi escondidos.

Pero no era la literatura, con ser lo que era y es, la clave de la librería, sino las colecciones de arte, en papel cuché, en grandes encuadernaciones solemnes y formatos mayúsculos y sin embargo manejables. Convenía entonces, igual que ahora, ir con las manos bien lavadas. La pintura, la arquitectura, la escultura, las artes decorativas también. La moda, el cine, ¡la ópera! La geografía, los viajes, la historia pagana. La religión.

El salón del café estaba a primera hora muy silencioso. Entraba clara la luz por dos o tres ventanucos a pie de calle, que ahí siguen. Con cristales opacos ahora pero no entonces. ¿Y el café? Extraordinario. Lavazza. Cafetera italiana apurada y manejada con pericia por la librera dueña, que fumaba mucho. Al pie de la barra, un sanbernardo todavía más apacible de lo propio de su casta. Por la apariencia, perro anciano, pero luego no. El paso, casi ágil. Solo al sacudirse el sueño de animal confinado quebraba el silencio.

Hasta que un día, de vuelta de los viajes de verano, cuando el Instituto cerraba, me encontré con un sombrío aviso: Liquidación, Ofertas, Saldos. Los libros de lujo habían desaparecido de las mesas escaparate. Las colecciones de obras completas, también. Se había roto el contrato de arrendamiento entre el consulado y la librera, y para enero tendría que estar cerrada la librería –y así fue- porque la nueva contrata estaba destinada a convertir el café en un comedor de servicio con barra americana. Y nos despedimos para siempre. Con el café espresso, siempre una chocolatina. Una napolitana.

Y otro día seguimos el paseo.

Última actualización en Lunes, 13 de Abril de 2020 19:45