DIARIO DE NAVARRA: "La secreta diligencia". Por Barquerito

Lunes, 14 de Julio de 2014 00:00
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SOLO PARA MANSOS. DIARIO DE NAVARRA

LA SECRETA DILIGENCIA

Barquerito

Virtud mayor de la fiesta de toros en  Pamplona es su particular diligencia: los areneros, los mulilleros, el torilero, los alguaciles, la gente de trastienda y tramoya, el servicio de limpieza, los pastores, los dobladores. Nadie pierde el tiempo ni hace nada que no deba ni esté de más. Una corrida, dos horas, y ya.

Los porteros de la plaza en cuyos accesos las esperas son nada aunque en menos de diez minutos y a última hora se arracime un hormiguero de casi diez mil almas. Los vendedores de almohadillas de poliuretano fresa. Ha contado Azofra que hay gente que se las lleva de recuerdo. No están en venta. Lo estarán. Impermeables, irrompibles, Como los disfraces de los astronautas. De Pamplona a la luna: la luna llena de ayer y antier. La mayor del verano. Y se acabaron las lluvias, y los vientos. Salió el sol. Ya era hora.

Más diligencia: la disciplina secreta de las peñas, el orden romano de su desfile tras las pancartas pintadas, en todas las cuales se esconde un mensaje. Y, en fin,  el que un día acertó a remover, aplanar, sentar y fijar el piso de la plaza. La arena, el ruedo. Un aplauso para quienquiera que sea ese ingeniero anónimo de la Casa de Misericordia que achicó el agua de los corrales del Gas para que no se amuermaran los toros con el barro y que, antes de eso, supo hacer del piso una alfombra. No dejan huella ni los caballos de pica.

Si no hiciera tanto ruido, hasta podrían sentirse los pasos y pisadas de los toros, un sonido exquisito. No el canto del ruiseñor. Para eso está Sevilla, donde se mide de un toro hasta la manera de respirar. La era del ruido ha generado una industria invasora que perturba el sentido de los espectáculos al aire libre. No es fácil imaginar unos sanfermines silenciosos en la plaza. Ignacio Cía ha escrito en el anuario del Club Taurino de Pamplona que el ambiente sonoro de la plaza ha tenido dos épocas: antes y después de los sucesos dramáticos de 1979, que siete lustros después parecen un mal sueño. Y un silencio del que apenas se habla: en esta plaza no se venden a la puerta paquetes de pipas de girasol, ni se cascan o comen durante la corrida. ¡Un respeto, señores!