La terna se bate contra los elementos
Corrida cuajada, ofensiva y brava de Victoriano del Río castigada casi entera por una tormenta de verano
Truenos, rayos, viento, cortinas de lluvia, piso encharcado y resbaladizo, desbandada en los tendidos
Madrid, domingo, 14 junio de 2026. (COLPISA, Barquerito).- Corrida de la Beneficencia. Estival, bochorno, tormentoso. Viento en el tercer toro, diluvio en el cuarto, lluvia en el quinto, piso muy encharcado. No hay billetes. 23.700 almas. Dos horas y veinticinco minutos de función.
Seis toros de Victoriano del Río.
Talavante, silencio y silencio tras aviso. Roca Rey, aplausos tras aviso y ovación tras aviso. Víctor Hernández, leve petición tras dos avisos y ovación tras aviso.
Picó con categoría Israel de Pedro. Notable en brega y banderillas Álvaro Montes. Dos pares de riego de Marcos Prieto.
CINQUEÑA, pareja, muy ofensiva sin excepción, 580 kilos de promedio, tres toros por encima de los 600, la corrida de Victoriano del Río fue brava en varas. Tres toros, tercero, quinto y sexto, romanearon con impecable estilo y no derribaron por poco. La cuadra de caballos, notable durante todo San Isidro, dio de nuevo la talla. La brigada de monosabios, también.
Solo los dos primeros se jugaron sin impedimentos. Se pidió la devolución del que partió plaza por arrastrar de partida cuartos traseros y amenazar con claudicar. Encelado en el caballo, apoyándose en las manos, embistió al ralentí y al trantrán. Fue el más noble y claro de los seis. Talavante hizo lo posible y lo imposible por echarlo al suelo y abrió faena con inexplicables doblones, prólogo de un trasteo breve y convencional, de desplazar al toro sin enredarse con él. Una estocada con vómito.
El segundo se empleó en serio en dos varas, sangró muchísimo y se prestó a dos quites de alta tensión. Uno desafiante de Víctor Hernández en los medios por saltilleras dejándose llegar el toro de largo y otro de réplica de Roca Rey por gaoneras ligadas en un palmo. Los dos quites tuvieron idéntico remate: la revolera inversa y la brionesa de salida. Fue uno de los contados momentos de la corrida. Excesivamente parsimonioso, Roca abrió de rodillas con su fórmula de referencia: cambiados por la espalda en tanda salteada. Por la mano derecha siguieron dos tandas de mano baja, muleta arrastrada, buen ajuste, Roca siempre compuesto. Solo que al tiempo que empezaba a nublarse el cielo, el toro empezó a tardear y a amenazar con rajarse. Desinflado, y desangrado, el toro se fue a tablas y ahí dobló, como casi todos, tras una estocada hasta el puño.
Antes de soltarse el tercero, apareció como protagonista el viento. Flameaban las tres banderas de la torre mayor. No dejó de soplar. Entre las rayas del 5 y el 6, terrenos de sol, Víctor Hernández encontró abrigo suficiente para descararse, plantarse y dejarse ver. Tres estatuarios en la apertura. Citado en distancia, el toro vino descolgado y repitió. Muleta mínima de Víctor, clavadas las zapatillas, dos tandas medio descubiertas por el viento. Y luego, lo mejor de la corrida: cuatro tandas con la mano izquierda, la segunda y la cuarta extraordinarias, ligadas, limpias, mecidas, frondosas, de cuatro y cinco cosidos, el engaño por delante, el de pecho de remate. Una estocada discutida y un caprichoso final. Un aviso, el toro a tablas para barbearlas, echarse al fin, pero para levantarse cuando estaba para sonar el segundo, y sonó.
Y entonces descargó el diluvio que estaba anunciado. El drenaje de las Ventas, exigido. Cortinas de agua encadenadas, pero no se arredró Talavante, en cuyas manos estaba la posible suspensión de la corrida. Lances muy bien tirados en el recibo y solo destellos de lo que pudo haber sido una faena de alcance. Por la mano izquierda se violentó el toro. Un calvario con la espada porque el piso era pista de patinaje. Cinco intentos, un descabello.
El gesto de la tarde fue la decisión de Roca de jugársela con el quinto de la tarde, seguramente el más armado de todo, las palas blancas, los pitones negros, incierta conducta, parado, pero en arreones al principio, sometido luego en faena de poder, entrega sin teatro, lindo toreo ayudado al natural, largo el trazo del muletazos, ligazón, cambios de muleta cuando se embarraron, renuncia del toro ante la exhibición de poder. Ambiente volcado en el remate por manoletinas y trincherillas, dos pinchazos, estocada.
Temeraria la apuesta inicial de Víctor Hernández con el sexto -cambios por la espalda- y sutil continuación -a cámara lenta por la mano diestra- pero sin que el toro, que cuando humillaba se quedaba corto, terminara de romper. Faena de quietud y aguante formidables. Una estocada en los bajos la dejó sin premio.
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Cuaderno de Bitácora.- En los callejeros anteriores a la nominaciòn de Larina al distrito que comprende los barrios crecidos entre los límites de los dos Carabancheles y la Casa de Campo se identifica como Puerta del Ángel toda la bolsa englobada por el paseo (de Extremadura), Sepúlveda y los tres tramos de la Cuña Verde. La Cuña Verde "de Latina". La Puerta del Ángel, puerta de la Casa de Campo antes de su cesión "al pueblo de Madrid" en la primavera de 1931, ya no existía como tal cuando se rebautizaron los barrios de la periferia.
Un recuento de barrios y poblados. Colmenares (que fue el primero y el único que conserva parte de su patrimonio urbano original), Cerro Bermejo, Juan Tornero, Santa Cristina, Olivos, del Olivar, Castañeda, Goya, Lucero, Caraque, Batán, Surbatán, Lourdes, José Antonio Girón, Lanuza, Patriarca Eijo y Garay, Molino de Viento, Cerro de la Mica y Jauja. La Mica y Jauja, reconvertidos en parque. Un laberinto.





