Inspirado, espectacular, en alas del clasicismo y la fantasía, el veterano torero extremeño, a hombros, encuentra el reconocimiento unánime de Las Ventas. Una oreja y casi dos. Y otra del sexto que mató por cogida grave de Paco Ureña
Madrid, 31 may. (COLPISA, Barquerito).- 20ª de San Isidro. Estival. No hay billetes. 23.700 almas. Dos horas y media de función.
Seis toros de Adolfo Martín.
Antonio Ferrera, silencio, una oreja y oreja tras aviso en el sexto, que mató por cogida de Ureña. Salió a hombros por la puerta grande. Escribano, silencio tras aviso en los dos. Paco Ureña, cogido y herido grave por el sexto en la faena de muleta, pese a lo cual mató el toro. Ovación al cruzar el ruedo camino de la enfermería por su pie.
PARTE MÉDICO PACO UREÑA: "Herida por asta de toro con orificio de entrada en 1/3 superior cara anterior muslo izquierdo, con dos trayectorias. Una ascendente y hacia fuera de 20 cm de longitud que rodea el músculo sartorio y alcanza la espina ilíaca anterosuperior, y otra hacia atrás de 10 cm que contusiona la arteria femoral y alcanza la cara anterior del fémur. Ponóstico grave". Fdo. Dr. Máximo García Padrós / Máximo García Leirado.
Borja Lorente y Juan Francisco Peña picaron a modo a cuarto y quinto. Ovacionado en banderillas Ángel Otero.
SE HIZO ESPERAR hora y pico la fiesta: Ferrera desatado, pero toreando más despacio que nadie al bravo cuarto toro de una dispar y nada sencilla corrida de Adolfo Martín. A su antojo, sin trampa ni cartón, asentado y suelto, lúcido y brillante. Regusto, temple, calma y poder, no pocos registros en una faena que rompió a lo grande desde la primera tanda -tres naturales ligados a cámara lenta rematados con el de pecho y tras solo dos de cata previa- y siguió brotando fluida y suavemente sin tiempos muertos ni apenas más pausas que los respiros del toro. Por la mano derecha se vino a los vuelos y repitió el toro en dos tandas redondas que pusieron vitola indeleble a la faena. Descolgado de hombros, sin fingimiento ni artificio, Ferrera se vio sorprendido en tan solo una baza, cuando al rematar con la izquierda la segunda de las dos tandas maestras se le revolvió el toro protestando. De ahí en adelante el resto de faena fue como un risueño juego. Cuando parecía acabada la partida -la plaza, entregada-, antes de cambiar de espada, todavía abundó Ferrera por la mano diestra. Y al cabo decidió escenificar la muerte como ha hecho en algunas de sus tardes de triunfo: cite desde muy largo, la muleta al hombro izquierdo, como embozado, el reclamo a la voz y andando en busca de la reunión. Un pinchazo arriba. Y en seguida, la misma ceremonia, pero para enterrar 1al encuentro la espada por el hoyo de las agujas. Sin puntilla el toro. Una oreja, casi dos. Un clamor. No se había sentido nada parecido en la feria. El público condescendiente tan habitual de las dominicales de San Isidro, pero no solo. Los fijos de juicio severo, los primeros. La faena tuvo, además, el prólogo adecuado: la madeja de lances de Ferrera en el recibo, su inteligente economía como lidiador y dos puyazos de categoría de Borja Lorente, que fue el picador revelación del San Isidro del 25.
Antes de estallar la fiesta, tres toros distintos. Un primero de casi 600 kilos que gateó de partida, hizo pasar en falso en banderillas, descolgó en la muleta, pero para frenarse y revolverse, desarmar a Ferrera en un derrote y desarrollar tanto sentido que apenas consintió el macheteo de pitón a pitón. Cuatro pinchazos. Un segundo cuatreño -cinqueños los cinco restantes- flaco y descarado que se puso por delante y midió, y Escribano empantanado. Y un tercero estrecho, veleto, ágil de cuello, que trajo de cabeza a los banderilleros, tardo en la muleta, se metió por debajo y cogió por dos veces a Paco Ureña, y lo prendió e hirió en el muslo. Emoción sin cuento por la vía patética, porque el torero de Lorca aguantó en el ruedo hasta tumbar de estocada al toro.
Tardo y probón, el quinto toro no permitió confianzas a Escribano en faena dilatada, morosa y plana rematada de dos pinchazos y descabellos. Y luego, la apoteosis final de Ferrera con el toro que se había dejado Paco Ureña. Un sexto de serio cuajo, algo basto, bien armado y levantado que Ferrera recogió con sabios lances de mano baja, picó y se agarró bien en dos puyazos cobrados entre la sorpresa y jolgorio de la mayoría y con el que se fajó en una faena de quietud parecida a la del cuarto toro, mucho más laboriosa porque ahora no bastó con el toreo por los vuelos -aunque lo hubo también-, sino que tocó someter y andar avisado porque el toro fue cortando viaje. Y ahora sí, la invención de la estocada al encuentro con su sobredosis de preparativos y subrayados festivos salió a pedir de boca. Estocada, oreja, a hombros. Una hazaña.
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Cuaderno de Bitácora.- Además de los dos arquitectos que se cruzan en una de las contadas vías planas de la margen izquierda del paseo de Extremadura -Espeliús y Repullés- y de los nombres de reyes godos que salpican el barrio a los dos lados (Turismundo, Sisebuto, Genserico, Mauregato, Egila), además de todo, casi en la cima de la cuesta tienen calle dos músicos nacidos en Cataluña más que eminentes: Enrique Granados y Albéniz. Calles cortas, paralelas. Estrechas.
(En algunos documentos el apellido Espeliús aparece sin tilde.¿Por qué? Apellido raro, se da por vasco sin mayor razón. Nacido en San Sebastián. Tal vez oriundo del País Vasco francés, de ¿Laburdi? Curiosa la querencia de Joselito el Gallo por los arquitectos vascos. Lo era Urcola,que construyó la Monumental de Sevilla. La pasiòn de Gallito por la arquitectura)





