Corrida impropia por hechuras de Garcigrande castigada con tres devoluciones, dos de ellas discutibles
Un sobrero de 710 kilos, marca inédita en Las Ventas
Cumplen Morenito de Aranda y Pablo Aguado con lotes muy distintos
Madrid, viernes, 29 mayo de 2026. (COLPISA, Barquerito).- 19ª de San Isidro. Canicular. No hay billetes. 23.700 almas. Dos horas y tres cuartos de función.
Cuatro toros de Garcigrande (Justo Hernández) y dos sobreros -5º bis y 6º bis- de Torrealta (Pilar Prado)
Morenito de Aranda, ovación y saludos tras dos avisos. Talavante, silencio y una oreja. Pablo Aguado, silencio y aplausos.
Por primera vez en esta feria, y en todas las del año, ocho banderilleros vestían de plata.
EN LA NOBLEZA pajuna de un distinguido sobrero de Torrealta -negro listón, remangado y veleto, muy bello porte, soltado sin divisa- encontró Talavante fuente de inspiración para sorprender con una rara faena heterodoxa, deliberadamente ajena al canon, planteada de partida como una intriga. Nervioso pero frágil el toro, de tanta fijeza como falta de fuelle, todo por ver o casi todo. Entre rayas, apertura de rodillas en tono provocador -un tercer muletazo cambiado por la espalda, y celebrado-, y en seguida, claudicante el toro, al borde de la segunda raya una tanda completa en corto, muy en corto y a pulso, que iba a ser la única medio en serio de toda la trama, una larga trama que tuvo por argumento una serie de juegos malabares, una cadena de continuos cambios de mano al entrar el toro en jurisdicción y al salir de la suerte engañado, cambios recibidos con general admiración y también alguna censura, y al cabo el trato suave del toro, que fue la clave del negocio.
Para que los malabarismos no parecieran tan solo un divertido camelo o incluso arte de magia, Talavante se enroscó el toro por dos veces o tres y, pisando con desenfado su terreno, se dejó acariciar el chaleco por los buidos pitones del toro que nadie esperaba -era segundo sobrero- y a nadie defraudó. Una estocada de efecto tardío – un eufórico salto al salir de la reunión- y la repetición de una escena que ha pasado a ser parte del repertorio propio: aguardar rodilla en tierra para contemplar la muerte del toro como si fuera épica.
Si esta rara faena fue ejemplo de una de las maneras de Talavante de dejarse ir, los precedentes no fueron tampoco habituales. Para empezar, Talavante se dejó ir el primer toro de lote, el de más cara de los seis garcigrandes del sorteo, que se empleó de bravo en el caballo -fijo en el peto, metió los riñones-, atacó con pies en banderillas -cinco pasadas, uno a uno los palos- y vino a la muleta con ganas de pelea. Ligero y despegado, perdió Talavante pasos por sistema y buscó la igualada en cuanto pudo. Pinchazo, atravesada contraria, un descabello. “¡Se va sin torear!”, suele cantar una voz anónima de la andanada. No esta vez. De muy pobre trapío, pero no protestado, el quinto de sorteo, uno de los cuatro cinqueños de Garcigrande que pasó de los 600 kilos, derribó en el caballo y se enceló con él. Talavante decidió su destino: capotazos de castigo por la cara hasta hacerlo parecer inválido. Pañuelo verde. Y a escena el toro de Torrealta que iba a cambiar el signo de la corrida.
La corrida más dispar y la de mayor volumen que Garcigrande haya echado nunca en Madrid. Castigada con tres devoluciones. No solo el que Talavante mandó al limbo. También un tercero que se dejó media vida en el caballo y fue devuelto con precipitación. Y en fin un primer sobrero de 715 kilos, enorme, sí, fuera de tipo también y asfixiado por su propio peso. Sin golpe de riñón, cargado de cuartos traseros, el primero, fijo en engaños, derrotó al rematar viaje. El tercero bis -se corrieron turnos-, de malos apoyos y pobre prestación, fue el de peor nota. El cuarto, 620 kilos al aparato, escarbó mucho, descolgó, consintió las habilidades de Morenito de Aranda, que pretendió enredarse, y a medias, al cabo de largo trasteo sobrado de oficio. El mismo con el que despachó al toro que partió plaza y que tumbó de formidable estoconazo en la yema, sin puntilla. A ese toro lo esperó de rodillas frente a la puerta de chiqueros, pero más cerca de la boca de riego que de la salida, y el toro, que embistió en dos tiempos, no lo vio.
Pablo Aguado firmó con el segundo de corrida el quite de la tarde. La verónica de compás tan de su sello, plantas posadas, sueltos los brazos, tan sutil el vuelo de la capa que parece sencilla. Librado del compromiso del sobrero 700, estuvo centrado y a gusto con el tercer sobrero, segundo de los dos de Torrealta, noble, pero de otras hechuras, descompensado, grandón, flojo y noble. Lo mató por arriba.
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Cuaderno de Bitácora.- El programa de Regiones Devastadas de los años 40 para reconstruir las edificaciones destruidas por la artillería durante la guerra del 36 incluyó a una parte del paseo de Extremadura. El Alto Extremadura fue frente de guerra aunque no tuviera la relevancia estratégica de los frentes de Carabanchel y Usera. Las imágenes de época son devastadoras, sí. Solo las ruinas del castillo de Bofarull resistieron en pie y no por mucho tiempo.
En la parte media del paseo, entre Santa Cristina y las ruinasdel castillo Regiones construyó un bloque cerrado de casas de tres o cuatro alturas. Un cuadrilátero rectangular con patios interiores que ha sobrevivido al paso de los años. El Jardín de Turismundo, la calle de ese nombre, en la esquina con lo que es ahora la avenida de Portugal es un ejemplo de creación e ingenio de las asociaciones de vecinos. Jardín secreto o cerrado. Turismundo, paralela con Sisebuto. Se empeñaron a sembrar el callejero con nombres de reyes godos. Y ahí siguen.





