TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

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Madrid. Crónica de Barquerito: Una tarde soberbia de Diego Urdiales.

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Antología de la verónica, una frondosa faena de tanta calidad como rigor, dos estocadas extraordinarias

 

Roca Rey realiza una firme faena de entrega sin reservas

 

Corrida de preciosas hechuras y notable juego de Juan Pedro Domecq

 


Madrid, Jueves, 28 mayo de 2026. (COLPISA, Barquerito).- 18ª de San Isidro. Corrida de la Prensa. Canicular. No hay billetes. 23.700 almas. Dos horas y cuarenta minutos de función. El Rey, en una barrera de sombra, acompañado por la Presidenta de la Asociación de La Prensa y Victorino Martín.

Seis toros de Juan Pedro Domecq.

Diego Urdiales, oreja y oreja tras aviso. A hombros por la Puerta Grande. Roca Rey, silencio tras aviso y oreja tras aviso. Bruno Aloi, que confirmó la alternativa, silencio tras aviso y palmas.

EN EL RECIBO de su primer toro Diego Urdiales se estiró a la verónica sin demora. Lance a lance, cosidos como eslabones, le fue ganando pasos para rematar con media en el platillo. Corretón de partida, galope fino después, el toro se sentiría mecido en los vuelos del capote. El vuelo fue perfecto, milimetrado, pero la clave fueron el aplomo de la figura compuesta y el juego de brazos midiendo la altura de entrada y salida. A esa muestra canónica siguió, después de un certero puyazo de Pedro Iturralde, un quite de parecida categoría, no tan abundante, pero de idéntico brillo. Roca Rey salió en su turno a quitar por palo más liviano: altaneras, con cambio de lado efectista en la segunda de las tafalleras que alivian el quite siempre que el quite sea breve, y no lo fue del todo.

Casi calco del recibo primero fue el del cuarto de la tarde. El mismo primor en las verónicas de salida, pero en tanda más corta y no tan ajustada como la del otro toro. Una gresca en una grada de sol supuso una ligera interferencia. Calmada la bronca, y después de picado el toro, Diego firmó en un quite un manojo de verónicas a cámara lenta, casi en los medios, monumentales. La ovación más rotunda de la feria para subrayar el logro con sello de virtuoso singular. Pareció que Roca tenía intención de entrar en su turno. Se arrepentiría.

De las dos faenas de Diego, toreo de compás en los dos casos, refinada la primera, de canon propio, de ligazón desigual, rica en detalles que son siempre argumentales -el trincherazo para fijar el toro en el comienzo, la trincherilla en los remates, el cite de medio pecho-, fue la segunda la que vino a dejar marcada la corrida. Desde la tanda de apertura -ayudados por bajo cosidos con trincherillas, natural y el de pecho- hasta la de remate previa a la igualada -muletazos por alto ligados con la trincherilla y el natural que dejó cuadrado el toro.

Cuatro, cinco, seis tandas de una frondosa faena ligada sin excusas, separada por pausas menores, apenas cambios de terreno, pero sí de distancias, por la mano derecha primero, siempre posado el cuerpo, por la izquierda después, y con una tanda de dejarse acunar y dormir el toro, que, del todo en la mano, acabó rendido a los encantos del engaño. Los remates con molinete y el de pecho ligado fueron pura gracia. Cuando el toro pareció agotado, Diego optó por la tanda rehilada en redondo. A los dos toros los tumbó de sendas estocadas de rigurosa ejecución. El bravo cuarto, el mejor de una corrida muy completa de Juan Pedro Domecq, murió recostado contra las tablas en demorada agonía. Diego no dejó a la cuadrilla ni acercarse al toro. Paciente, esperó a que rodara sin puntilla.

En su confirmación de alternativa Bruno Aloi no pasó de lo correcto y lo previsible con un toro que, justo de poder, se fue apagando y con el que antes de la igualada se dobló como si volviera a empezar. No empujó ni pasó con la espada. Cinco pinchazos, entera caída, un aviso. Su quite de frente por detrás en el quinto toro fue una suerte de quite del perdón. Más sereno, se entendió sin problemas con el toro del cierre.

Protagonista sobre el papel, Roca Rey se vio relegado a papel secundario. Escarbó como un poseso el toro tercero, le escondió la muleta cuando tocó apostar en serio, el trazo sin vuelo de los muletazos no ayudó. Una estocada en corto inapelable. La réplica a la obra de Urdiales se hizo esperar. A las nueve de la noche. Con el toro de más cara y más finas puntas de la preciosa corrida de Juan Pedro. Frente al toreo clasicista, la muestra de otro toreo de seco poder, de muletazos sin tiempos, ayudados y ajustados con la mano izquierda, lineales también, de irse sumando en una faena fluida, salpicada por invenciones menores -el pase de las flores, el farol- que había roto con una tanda de rodillas -dos cambiados por detrás en el cogollo- y siguió su curso sin concesiones teatrales ni guiños gratuitos. La cosa iba muy en serio. Una estocada.

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Cuaderno de Bitácora.- El Alto Extremadura es un barrio identificado. Mejor dicho, una suma de barrios dispersos que fueron creciendo caóticamente por la margen izquierda del paseo. La izquierda si se sube desde el río.
Nadie menciona el Bajo Extremadura como tal. En origen, una sencilla cuadrícula urbanizada por el propietario de unos terrenos a los que puso su nombre: el barrio de Colmenares. Más de cien años después se conserva el trazado. Caramuel, Doña Urraca, Doña Elvira, Antonio Zamora, Laín Calvo la plaza de Huarte de San Juan.... Su espíritu resiste como gato panza arriba los estragos de la gentrificación, aquí especialmente agresiva, pero sufriendo en carne viva los destrozos de la especulación. Asunto candente. Las movilizaciones vecinales para frenar la construcción de dos torres monumentales sobre los terrenos de un antiguo polideportivo no han tenido éxito. Para respirar la frustración basta con acercarse a las terrazas del Mercado. Un mercado de 1934 que, reconvertido en centro gastronómico, conserva las esencias amenazadas. Al barrio todo se le llama la "Puerta (d)el Ángel".
Última actualización en Viernes, 29 de Mayo de 2026 08:16