Una rutilante, abundante y segura faena con un cinqueño de Núñez del Cuvillo, el ejemplo perfecto del “toro de carril”
Desdibujado Juan Ortega
Muy valeroso y ambicioso Tristán Barroso, que confirmó la alternativa
Madrid, viernes, 8 mayo de 2026. (COLPISA, Barquerito). 1ª de la Feria de San Isidro. Primaveral. No hay billetes. 23.000 almas. Dos horas y media de función.
Seis toros de Núñez del Cuvillo. Vuelta en el arrastre para el cuarto, "Ganador", cinqueño, colorao, 552 kilos, número 80.
Talavante, silencio y dos orejas tras aviso. A hombros por la puerta grande. Juan Ortega, silencio y silencio tras aviso. Tristán Barroso, que confirmó la alternativa, silencio tras dos avisos y aplausos
DENTRO DE UNA desigual corrida de Núñez de Cuvillo vino un ofensivo cuarto cinqueño que fue un toro de carril. Le cortó las orejas Talavante. Distraído de partida, el toro volvió grupas al caballo, se repuchó en una segunda vara sin apenas castigo, tomó con buen son el capote de Juan Ortega en un despacioso quite por chicuelinas, se espabiló de repente en banderillas y rompió en la muleta no tan de repente, pero casi. Cuatro estatuarios en la apertura de faena, abrochados con medio natural, trincherilla, el de pecho y nueva trinchera. Por las dos manos quiso pronto el toro, que ya se empleó y vino en la segunda tanda con codicia más que particular. Entones comenzó una exhibición en toda regla. Primer acierto mayor de Talavante fue darle al toro sitio, distancia, y dejarlo llegar, abrirlo en el muletazo que abría tanda y, puesta suavemente por delante la muleta como reclamo, traerlo y llevarlo, empezar ya entonces a enroscárselo en el cierre de tanda y, gracia personal del repertorio propio, intercalar antes del remate un muletazo por la otra mano. La ligazón, como regla de oro. Ni un paso perdido.
En las tres tandas en redondo, el intercalado fue un natural soberbio. En las dos al natural, el intercalado fue el redondo clásico y, después del de refresco, el molinete de alivio. Estuvo el toro entregadito. En el ritmo tan regular de las embestidas fueron clave la colocación de Talavante -matemática, técnica impecable- y el compás, la limpieza en el trazo de los muletazos. Sin extravagancias ni disonancias, sujeto al canon clásico, vertical y suelto, Talavante empezó a flotar, a torear más despacio, al aire del toro, pero llevándolo mecido. La faena fue tan abundante que sonó un aviso antes de la igualada. Toda ella, entera, fue celebrada con clamores de acontecimiento. La propina final tuvo su debida dosis de teatro, un regalo a pie juntos, un desplante ajeno al toro, un par de espectaculares cambios de mano y un desplante final desnudo, sin muleta ni espada. El toro escarbó. Una sola vez. Una estocada trasera de muerte demorada. En tablas dobló el toro cuando la plaza estaba teñida de pañuelos blancos.
La primera corrida de toros de las veintiuna del abono de San Isidro se abrió con un toro cinqueño rabón, colorao ojo de perdiz, que se empleó en el caballo y fue noble, muy noble mientras duro. Se fue desinflando como un globo que pierde el gas. Muy dispuesto, temerario también, Tristán Barroso, que confirmó la alternativa con una faena larguísima y, como casi todas las de su condición, muy a menos. Como el propio toro. Firme se estuvo el torero entonces, y más todavía con el sexto de corrida, cuatreño, el único negro del envío, el más serio de cara, el menos claro de todos. Una tanda excelente con la izquierda, consentidora, embraguetada. Un quite muy valeroso por saltilleras y gaoneras al quinto toro fue toda una tarjeta de visita.
Talavante cortó por lo sano con un segundo que no paró de moverse ni de pegar derrotes y Juan Ortega apenas pudo componerse con un tercero claudicante y enfermizo que se acabó echando. Para Ortega la papeleta después de la apoteosis popular de Talavante y con un toro jabonero, la que fue pinta habitual en los primeros pasos de Núñez del Cuvillo, que, un punto áspero, enganchó la muleta demasiadas veces. Sin descomponerse, pero sin darse. Los doblones de apertura -la firma personal de Ortega- fueron de muy bello trazo. Sin decidirse a someter al toro, la pretensión de apostar por el toreo de dibujo se vio frustrada a las primeras de cambio.





