TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

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Madrid. Crónica de Barquerito. Borrón de la ganadería de Adolfo Martín.

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Una desdichada corrida en el cierre de San Isidro


Fernando Robleño se despide de Las Ventas con una bella faena


Autoridad de Ferrera


Pelea angustiosa de Escribano con un sexto fiero.


Madrid, sábado 7 junio de 2025. (COLPISA, Barquerito).-  26ª de San Isidro. Veraniego. No hay billetes. 22.960 almas. Dos horas y tres cuartos de función.

Cinco toros de Adolfo Martín y un sobrero -4º bis- de Martín Lorca.

Antonio Ferrera, ovación tras aviso y silencio. Fernando Robleño, silencio y vuelta tras aviso. Manuel Escribano, silencio tras aviso y ovación tras aviso..

 

DE LAS VEINTIUNA corridas en puntas del abono de San Isidro, la última fue la peor. Impropia. La peor presentada, la de peor condición y peor estilo. Cuatreños los seis de partida. Por nombre al menos, cinco de ellos, de reatas fiables, conocidas y reconocidas en la ganadería de Adolfo Martín. Un Sevillano, un Madroñito, un Madroño, un Baratero y un Aviador. Y ninguno. La correosa fiereza del sexto, muy pegajoso, que se metió por las dos manos; la desganada fijeza en el engaño del quinto; el sentido defensivo del tercero; el son felino del segundo en solo medias embestidas; y, en fin, la nobleza en la muleta por la mano derecha del toro que partió plaza y pudo mal que bien con su carga de 600 kilos. Con todo eso se retrató la corrida.

Afectado por una parálisis sobrevenida después del primer puyazo, el cuarto de sorteo, que tardó un tiempo exagerado en asomar, se encogió y aplomó sin remedio antes de llegar a cobrar la segunda vara. Lisiado y moribundo, se tuvo en pie. Fue devuelto. No pudieron los bueyes envolverlo. Antonio Ferrera consiguió ir tirando de él con toques de capa por la cara. Se movió el toro penosamente hasta las rayas de toriles y al fin los mansos lo envolvieron. Pero dobló en el ruedo y lo atronó el puntillero de la plaza. Fue la anécdota insólita del cierre de San Isidro y le dejó puesto el sello a una corrida que no estaba para Madrid. La guinda amarga fue un manso y feble sobrero de 615 kilos de Martín Lorca que había sido enchiquerado unas cuantas tardes a lo largo de la feria. En medio de tanta desdicha Antonio Ferrera resolvió la papeleta con autoridad,

Fernando Robleño se despidió de Las Ventas en loor de multitud al cabo de un cuarto de siglo de no pocas hazañas en el escalafón de matadores de toros y Manuel Escribano se encontró a última hora con las bendiciones de un público notoriamente dominguero pero incondicional, que celebró la larga cambiada de recibo del sexto en el tercio -la falsa porta gayola de Madrid- como un sublime acontecimiento.

La faena de Ferrera al toro primero, que romaneó en el caballo, fue la única que se vivió sin sobresaltos. Suave el trato por la mano derecha, imposible por la izquierda, trasteo pasado de tiempo que perdió tensión al prolongarse. Una estocada sin puntilla después de un pinchazo que patinó en el palo de una banderilla.

La faena más celebrada fue la de Robleño al toro de la despedida. Una gran y prolongada ovación le obligó a desmontarse antes de saltar la res al ruedo. Encelado en el caballo de pica sin empujar, y noble en sus medios viajes. Nadie salvo Robleño apostaba por el toro. En tablas sacó en la media altura una docena de muletazos compuestos con muy cadencioso ritmo. Con ellos bastó. Una estocada. Y una clamorosa vuelta al ruedo.

Empeñado en convertir el ruedo en un escenario teatral, tiempos y más tiempos muertos, guiños al público, Escribano arriesgó lo indecible con el artero sexto en una faena muy movida, casi cuerpo a cuerpo, de susto en susto y apuros encadenados. Un aviso antes de la igualada, una estocada.

Ferrera se vio obligado a abreviar con el sobrero de Martín Lorca, Robleño perdió demasiado tiempo con el gazapón y revoltoso segundo y Escribano trató de pegarle pases sin éxito al tercero.

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Cuaderno de Bitácora.- Llamaban El Rata a un vendedor de pescado fresco que tres veces a la semana que hacía el recorrido por las casas de la Playa de San Juan. La primitiva Playa, que empezaba en el Campello y terminaba en el recodo de la Albufereta. El Rata, su motocarro, su romana, su calva, sus bigotes, sus manazas y su talento. "El Rata...". Aparecía a media mañana  por la carretera de Benimagrell y por ella se volvía. Todo el pescado vendido. Era 1957.

Y aquel verano la rivalidad entre los partidarios de los dos toreros de Alicante era encarnizada. Pacorro y El Tino. Pacorro o El Tino. Lucha de clases. Ganó a los puntos Pacorro. El hijo de El Tino, (Arturo) Blau Espadas, de buen aire, no tuvo mayor fortuna y se quedó en torero regional, pero sin las pasiones que despertó su señor padre. La rivalidad Manzanares-Esplá fue muy de otra manera a pesar de ser toreros tan diferentes. No compitieron. La de Alicante es una preciosa plaza de toros. La banda de música se pega una vuelta al ruedo antes de empezar la corrida. Suele hacer calor. Es junio. Hogueras. .

Última actualización en Sábado, 07 de Junio de 2025 21:24