Dos toros de sobresaliente calidad, otros dos más que notables, uno duro de pelar y otro lastimado
Sin fortuna en el sorteo, Roca Rey en versión discreta
Entrega sin reservas de Emilio de Justo
Ocasión inmejorable para Tomás Rufo
Madrid, 23 mayo 2025. (COLPISA, Barquerito).- 13ª de San Isidro. Primaveral, ventoso. No hay billetes. 22.900 almas. Dos horas y media de función.
Seis toros de Victoriano del Río.
Emilio de Justo, silencio tras aviso y una oreja. Roca Rey, silencio y silencio tras aviso. Tomás Rufo, silencio tras aviso y vuelta al ruedo.
LA CORRIDA CINQUEÑA de Victoriano del Río trajo dos toros sobresalientes: cuarto y sexto. Un bien cortado, negro y hermoso cuarto de 614 kilos que, quebrado por dos puyazos traseros y una apertura de faena de excesivo castigo, tuvo fondo suficiente para, prontitud y fijeza, descolgar, venirse pronto, repetir y humillar, y, cuando parecieron faltarle las fuerzas, embestir al ralentí con insólita dulzura. Y un sexto, castaño, de formidable porte, astifino, más ofensivo y armado cara que los demás, que galopó de salida como un pura sangre y embistió planeando incansable por las dos manos con un ritmo fuera de lo común.
No solo contaron en el haber del ganadero esos dos mayúsculos toros. Sumaron, además, un primero de bravo temperamento, tan pronto como codicioso, un punto celoso, de viveza muy particular, y un tercero en parte malogrado por una faena de ideas y planteamiento confusos, y fugado a tablas a última hora pero no sin haber dejado sentir su notable condición, su entrega.
Los otros dos toros de corrida salieron de otra manera. Bravo de verdad en el caballo, donde no hubo toro que no cumpliera más que de sobra, el segundo, tardo y receloso, dolido en banderillas, anclado junto a las rayas pero no aquerenciado en tablas, que sí buscó con la mirada a mitad de faena, fue el único de los seis duro de pelar. Había que engancharlo del mismo hocico, y entonces le convenía y se daba, pero rebrincándose ligeramente. Toro que pedía recursos. Y de latente emoción. Para que el sexteto fuera completo faltó el quinto, que hizo un primer amago de afligirse después de varas, arrastró cuartos traseros y claudicó de frágil, y este sí, buscó las tablas.
Era la primera de las dos tardes de Roca Rey en San Isidro, en terna por él consentida y con la que viene siendo hace tiempo su ganadería predilecta, y no sin razón. No le fue propicio el reparto de toros. Los lotes no estuvieron bien compensados y lo probable es que el segundo de corrida fuera el toro que nadie quería. El difícil. Se lo llevó Roca. Y no se llevó ninguno de los dos de bandera, sino el que, picado corrido por dentro en un descuido imperdonable, salió del caballo patinando y renqueando. No solo fue la poca fortuna en el sorteo. El toro puso a prueba el toreo de recursos, de los que Roca no anda sobrado. Y, sobre todo, le exigió arriesgar, y tampoco. Exageradamente despegado cuando, luego de sacarse el toro a los medios, se lo pasó por la mano derecha, Sin noticia de la mano izquierda. Ni apostó ni perdió la paciencia Roca, pero se esperaba más. La estocada al segundo intento fue de su marca: hasta el puño, inapelable. Las claudicaciones del quinto fueron tara insuperable. Roca trató de recomenzar faena cuando ya estaba todo decidido.
Con la estrella estrellada, la fortuna eligió a Emilio de Justo y Tomás Rufo. Emilio se aceleró con el temperamental primero que no le dejó confiarse del todo en trasteo de mucha emoción y muchas voces, y se permitió torear casi a placer en la segunda mitad de faena con el extraordinario cuarto, el toro al que tanto castigó en una tanda de doblones de partida pero que al borde de las rayas no paró de ir y venir por las dos manos, y hasta consintió el alarde de una última tanda de redondos con la diestra sin la ayuda. Una estocada de darlo todo. Y la única oreja de una corrida que se llevó seis o siete más puestas. Rufo no se acopló con el buen tercero, pese a intentarlo con cites en distancia que se quedaron en meros gestos sueltos. Con la fantástica bonanza del sexto cumplió sus mejores momentos, los de más asiento y convicción. Fue, sin duda, el toro de dos orejas más claras de cuanto va de feria. Pero el remate de una faena bien trabada fue impropio. Y no pasó con la espada.
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Cuaderno de Bitácora.- En la calle Colomer, que es más o menos la que enlaza Biarritz con la avenida de los Toreros, no hay un solo árbol. Y no pasaría nada si no fuera porque el llamado Parque de las Avenidas tiene un punto de bosque urbano.
De pronto, el desierto de una estrecha vía, Colomer, por donde circulan hasta tres autobuses de la empresa municipal. Ahí sigue al paso de los años el bar Fiesta, el único de la calle. En una de los pisos interiores del número 6 vivía un compañero de clase cuyo padre era conserje de mi colegio. El padre, de Linares.
Y su madre, también. No sé si quiso ser torero. Pero se colaba en la plaza todos los domingos. Luego nos perdimos la pista. Era pendenciero. En la calle Colomer se acababa Madrid entonces. Años 50 digo.





