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Se torea como se és. Juan Belmonte

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Zaragoza. Crónica de Barquerito: "Una apagada corrida de Alcurrucén"

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Con el mejor toro del envío se esmera Tomás Rufo en buen toreo de pulso pero en faena castigada por un abuso de pausas


Castella despide la temporada a la manera clásica de Zaragoza, brindando a su cuadrilla y a su apoderado


Zaragoza,  miércoles, 11 de octubre de 2023 (COLPISA, Barquerito). 5ª del Pilar. Calor de verano. Parcialmente plegada la capota de la cúpula. 6.500 almas. Dos horas y media de función.

Seis toros de Alcurrucén (familia  Lozano)

Uceda Leal, que sustituyó a Daniel Luque, silencio en los dos, Castella, ovación tras dos avisos y ovación. Tomás Rufo, aplausos tras aviso y oreja tras aviso.

UN CUARTO MOLE negra de 600 kilos, gacho, sin cuello y fuera de tipo, un primero de muchas carnes, berrendo en negro y lucero, un tercero negro cinqueño cornicorto y terciado, un sexto colorado ojo de perdiz pechugón, acapachado pero apuntado de cuerna, el mejor hecho de los seis, y dos más, negros: un segundo acodado, ofensivo, y un quinto bien rematado de 558 kilos, que fue justo el promedio de pesos de la corrida de Alcurrucén.

Desigual o variada, fue una corrida muy apagada en general. Del brío díscolo tan habitual en la ganadería no hubo noticia. La bondad pajuna y la pastueña nobleza del hermoso colorado que cerró fueron la nota más relevante del envío. Contó, además, el fondo suave del segundo, que tuvo por la mano derecha buen son. Murió tragando sangre y, como todos los demás, en tablas.

 

Tanto el uno como el otro consintieron a Tomás Rufo y Sebastián Castella plantarse desenfadadamente entre pitones antes o después. Castella, para hacer alarde de su quietud innegociable en ese terreno. Rufo, para encajarse y enroscarse el toro por la mano derecha, que fue la mejor. El de Castella fue toro de más a menos. El de Rufo, de una docilidad sorprendente. Las embestidas humilladas al ralentí, de terciopelo, y sin apenas empujar dejaron de la corrida y en el postre mismo buen sabor de boca.

No está claro si lo suficiente para hacer olvidar el aire manso del berrendo grandullón que rompió plaza, derribó haciéndole dar al caballo un vuelta de campana y tardó un mundo en fijarse a pesar de haber sido molido a capotazos y más capotazos de trámite y no de brega. En cortó se revolvió, se sentó dos veces, echó por sistema las manos por delante, y Uceda Leal, apático y desganado, no tuvo tiempo ni de aburrirse. Cortó por lo sano. Una estocada, y no de las suyas de catálogo. Le pesaría haber sido castigado en el sorteo -los dos de peor nota- y, antes del sorteo, en el emparejamiento. Los lotes estaban clamorosamente desequilibrados. Al inmenso cuarto se lo trajo enganchado en muletazos de buen corte antes de que el toro diera en topar y no embestir. Tras una estocada delantera, siete golpes de descabello. No descubría el toro.

Tampoco lo hizo el tercero, que se rajó en seguida, después de una estocada perpendicular. Tomás Rufo no acertó con el verduguillo hasta la quinta. Suerte de matarifes, dicen los matadores cuando se atascan. Para evitar el desdoro de atascarse Castella renunció a descabellar al segundo con la pretensión de dejarlo morir de estocada ladeada. Lo que pretendió ser un homenaje al toro -tampoco era para tanto- se acabó convirtiendo en casi cinco minutos de no pasar absolutamente nada. Pero sonó hasta el segundo aviso.

Ese exasperante tiempo muerto no fue el único. La corrida se lidió bastante mal aunque se les diera a casi todos los toros mucha capa de más. La faena de Rufo al sexto vino envuelta en pausas interminables entre tanda y tanda. Antes de las pausas, salidas de la cara del toro untuosas, sin la menor espontaneidad. A pesar de lo cual, la faena, acompasada cuando entró en honduras, tuvo cuerpo y su música, y notable facilidad.

Castella pecó por monótono, asido al recurso del toreo de los dos palos en corto pero sin la compañía de embestidas con un mínimo nervio. En una escena que en tiempos era en Zaragoza obligada, la despedida clásica del Pilar, Castella brindó la muerte del quinto toro a su cuadrilla: el hiperactivo José Chacón, el eficaz Rafael Viotti, el cumplidor Luis Blázquez, los dos picadores -Romero y Bernal-, su nuevo mozo de espadas, su ayuda y su apoderado, Antonio Matilla, que apostó por él, por Castella, el pasado invierno cuando se anunció por sorpresa su inesperada reaparición.

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Cuaderno de Bitácora.- Zaragoza es una ciudad bici-friendly por naturaleza. Hay un pequeño y frondoso  barranquito antes de que el río Huerva confluya con el Ebro y también un ligero otero en el barrio de la Bombarda. Por lo demás, como la palma de la mano. Cuando el Ebro viene de crecida a todo el mundo se le hace un nudo en la garganta. En primavera llovió mucho en Zaragoza y provincia. Al venir en tren anteayer desde Madrid admiré los verdes  furiosos de la ribera del Jalón. Pero el Ave lo mira de lejos. En la antigua vía ordinaria, el paisaje entre Calatayud y la estación de Delicias tiene que ser una fiesta.

En los escaparates de las fruterías de la calle Santander he visto no sé si los últimos melocotones del año. Algo mustios. Mañana es la fiesta de Calanda, célebre no solo por sus melocotones.

El carril bici del Paseo de Maria Agustín y de la avenida de Anselmo Clavé es más un carril patinete que un carril bici. Un peligro. El carril está tendido al borde de la acera y subir al autobús o bajar en cualquiera de las tres paradas de esos dos tramos es de riesgo. Los ciclistas no paran. Los patinetes, menos. Propongo una marcha hasta el Ayuntamiento, pero no mañana, que es el día de la ofrenda floral, ni el viernes, que es la ofrenda de frutos. El sábado, a mediodía. Una marcha de protesta. Algo hay que hacer.

Última actualización en Miércoles, 11 de Octubre de 2023 20:33