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Se torea como se és. Juan Belmonte

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Madrid. Crónica de Barquerito: "Chispazos de Juan Ortega, seriedad de Urdiales"

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Faena compuesta y leve de Pablo Aguado al mejor toro de una corrida de El Pilar bastante menos guerrera y armada que la del pasado San Isidro


Madrid, viernes, 7 de oct.ubre de 2022 (COLPISA, Barquerito)

Las Ventas. 4ª de la feria de otoño. Templado, soleado. 20.096 almas. Dos horas y cuarto de función. Un minuto de silencio en memoria de Luis Alfonso Garcés, fallecido a los 83 años en la madrugada del viernes. Seis toros de El Pilar (Moisés Fraile).

Diego Urdiales, silencio en los dos. Juan Ortega, silencio tras aviso y vuelta. Pablo Aguado, ovación y silencio tras aviso.

EL TORO QUE partió plaza, cinqueño, negro lustroso de espectacular hondura -trapío, cuello formidable-, tardó en fijarse, se enceló, pero también se repuchó y volvió a recargar en un duro primer puyazo del que salió tundido. Noble, codicioso, pero sin fuerza. Diego Urdiales le dio trato generoso en trasteo paciente, ordenado y doblemente medido: por la extensión y por saber apurarlo solo el mínimo preciso. La tanda previa a la igualada fue modelo de pureza. Un estocada de gran habilidad. No fue sencillo esquivar el garfio derecho del toro, el más armado de los seis.

Ninguno de los cinco toros restantes se acercó en cuajo y presencia a ese primero, que se tomó tan por referencia que el resto de corrida desmereció en comparación inevitable. Los hubo de mucho volumen, cuarto y sexto en particular, y bastante menos hechos, tercero y quinto, los dos únicos cuatreños del envío. Esos dos fueron los de mejor condición: bravo, pronto y poderoso el uno, y pastueño el otro, muy protestado de partida por justo de trapío. Un toro digamos sevillano, frío de salida, castigado en exceso en un primer puyazo, de embestidas al ralentí, todas fiables. La corrida de El Pilar, menos hecha y no tan ofensiva como la del pasado mayo aquí mismo, fue más desigual de hechuras que aquella otra. Y, demasiado pegada en varas, más sencilla y menos viva también.

El sorteo favoreció a Juan Ortega y Pablo Aguado. Para Ortega, el pastueño con alma de malva. Para Aguado el de encendido brío. Ortega, con público a favor, no incondicional pero casi. Aguado, justamente lo contrario. Dos faenas bastante distintas. La de Aguado al tercero, mucho más lograda que la de Ortega al quinto, deshilvanada, de recorrer mucha plaza sin pararse en terreno determinado ni llegar a armar una tanda entera, Salpicada de muletazos de rigurosa composición y marcada por la intención de torear despacio, no cobró cuerpo la faena.

Sí tuvo acento formal la de Aguado, abierta con notables doblones, llevada al tercio en cuanto el toro dejó clara su elasticidad y sostenida en tono menor. No contó el aire tan sevillano de su toreo al paso, cosido o ligado, ligero también. Se jalearon los detalles, pero no tanto como los de Ortega, que tiene bula en Madrid. Voces sueltas lo llaman desde el tendido con aparente familiaridad: “Juan, vamos…!. Y con el ánimo, algún consejo.

Y, sin embargo, cuando Ortega se animó a dar la vuelta al ruedo tras matar al quinto de excelente estocada, se encontró con el reproche sonoro de los censores de las Ventas, de los mismos que habían jaleado las verónicas de rico y lento trazo con que recibió al segundo de corrida, que metió la cara con son entonces y, desangrado, y frágil -parece muy duro el piso de plaza-, tuvo su misterio. Faena de pellizcos sueltos. No los hubo en la faena de Aguado al sexto, codicioso a pesar de haberse aplomado después de varas, con el defecto de acostarse por la mano derecha. Por ella y solo por ella se puso Aguado, que firmó graciosos lances templados de capa en sus dos turnos.

Resuelto y seguro, Urdiales no le volvió la cara a la embestida incierta, amorfa y perezosa del cuarto de corrida, pero en faena seguida sin la menor atención, con el coro de fondo de un runrún de conversaciones ajenas. A este segundo de lote también lo mató Diego con singular acierto.

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Potsdata para los íntimos.- En una de las estupendas entrevistas con toreros retirados y viejas glorias que José Ignacio de la Serna publicó en la revista oficial de las Ventas en la época de Taurodelta, Luis Alfonso Garcés, que murió la noche de ayer, jueves, confesaba que solo había un torero que le volvía loco: Morante. Pura sinceridad, supo explicar porqué, teniendo condiciones para ser figura del toreo, no llegó a serlo y se rindió enseguida. La verdad de los toreros despojados de impostura o falsas añoranzas. Traté con Garcés algunas tardes de toros en Madrid. Una delicia: educado, cordial, sereno. No me extraña que se le tuviera por torero de calidad. La elegancia natural, que es un raro don. . ..
Última actualización en Viernes, 07 de Octubre de 2022 20:49