TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

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Madrid. Crónica de Barquerito: "Se destapa a lo grande Adrián de Torres"

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Sin remate con la espada, una faena de rigor, temple y valor al mejor toro de una desigual corrida de Adolfo Martín

Emociona Román, se entrega Ángel Sánchez


Madrid, Domingo, 2 de octubre de 2022. (COLPISA, Barquerito)

Las Ventas. 2ª de la feria de otoño. Veraniego. 11.921almas. Dos horas y diez minutos de función.

Seis toros de Adolfo Martín.

Adrián de Torres, que confirmó la alternativa, ovación tras un aviso y división tras dos avisos. Román, ovación tras aviso y silencio. Ángel Sánchez, palmas y ovación al ser retirado a la enfermería en brazos de las asistencias. Intervenido de una herida en muslo izquierdo y de una brecha en la frente.

Iván García y Curro Javier prendieron brillantes pares de mérito. Notable en la brega y en banderillas Antonio Molina.

 

EL CUARTO DE LA corrida de Adolfo Martín, con más caja, pero menos cara que los demás, fue un toro de embestida mexicana, adormecida y rítmica, pausada codicia, fijeza y nobleza exquisitas y, en fin, la humillación privativa del encaste Saltillo, raíz fundacional de las mejores y mayores ganaderías bravas de México. Acodado, degolladito, de armónico perfil sin ser un toro precisamente bello, flaqueó de partida, le costó seguir los muchos capotazos de brega previos al paso por el caballo de pica -un primer puyazo corrido y un segundo apenas señalado- pero despabiló en banderillas y tomó la muleta pronto y con brío. El toro de la tarde. Se llamaba Pastelero, negro entrepelado, cinqueño como toda la corrida.

Para que el toro se viera con transparencia fue clave una faena de valor, rigor y temple de un torero de Linares entre olvidado y mal o apenas conocido: Adrián de Torres, que confirmó alternativa diez años después de haberla tomado en Cazorla, provincia de Jaén. Intuitivo y convencido, seguro y firme, Adrián tuvo el toro en la mano casi de partida y hasta el fin de una faena de rico calado, llamativa por la suavidad en el trato del toro, por la manera de llevarlo cosido en el engaño, por la elección del terreno -entre rayas y tablas de sol, la contraquerencia natural de las Ventas, donde tan bien se definen los toros- y, en fin, por su ambición de torero entregado sin dudas ni reservas.

En un palmo de terreno casi completa la faena, en cuyo inicio Adrián jugó con una ganarle y perderle pasos al toro antes de templarlo por su mano buena, que fue la derecha. Por ella pasó lo de verdadero relieve. Por la izquierda el toro protestó o quiso menos, y menos se dejó ver. Pero por la otra, Adrián lo enganchó una y otra vez, se lo trajo prendido por los flecos, lo llevó a su antojo, ligó sin rectificar y, cuando se le quedó debajo por falta de fuerzas, aguantó sin pestañear. Y sin cansarse: la faena se pasó de larga y en una última tanda se le revolvió el toro. Solo una vez. Hubo clamor mayor, pero Adrián no pasó con la espada: seis pinchazos. Y no acertó con el descabello hasta el quinto intento.

En tipo, sacudida y seria de cara, con plaza, la corrida de Adolfo fue demasiado desigual. Un quinto manifiestamente inválido, mantenido por el palco en una apuesta fallida, y un incierto sexto de sentido que se vino al bulto y le pegó a Ángel Sánchez apenas abrir faena dos escalofriantes volteretas, la una detrás de la otra, y una tercera todavía más brutal al salir de la reunión con la espada y perder pie al verse perseguido en un arreón feroz. Al caer perdió Ángel el conocimiento. Desvanecido, fue llevado a la enfermería con una ovación de reconocimiento para el gran gesto de valor de la tarde: volver a la cara del toro después de la cogida primera, y hacerlo con seca entereza. Ese sexto era toro de reata contrastada en la ganadería, un Aviador, que se abrió mucho de salida, pero buscando las tablas. Tardo y aplomado, el tercero de corrida se empleó en solo medias embestidas y se defendió al cabo de una docena de viajes. Ángel, que le había echado los vuelos y bajado las manos en una lidia primorosa, y firmado un breve pero excelente quite por chicuelinas, cobró una soberbia estocada tras un pinchazo arriba.

Mirón, entero por poco picado y venido arriba, tardo –“agarrado al piso”, en expresión muy mexicana-, incierto, listo y elástico, el segundo fue un hueso. El toro que más hizo sentir su presencia y, de paso, su peligro. Todo emoción una faena de arrojo de Román, tranquilo en la cara del toro a pesar de sentirse medido de arriba abajo. Grandes tragaderas, asiento de mérito, siempre compuesto Román, respirando sin agobios, airoso en las salidas, impecable cada vez que ligó el natural con el de pecho. Un metisaca, una estocada tendida, un aviso. Su empeño con el quinto no se tuvo en cuenta. Una estocada atravesada que asomó.

Del son en que venía y está Adrián de Torres ya hubo muestra en el toro de la confirmación, con el que abrió a lo grande, en distancia y sin pruebas previas, y se embarcó luego en trasteo de ajuste, habilidad, recursos y soluciones para, paciente, apurar hasta el último aliento. Probón, el toro se metió por detrás, se revolvió mucho y, en contradicción con la ley de los albaserradas, tuvo más trato por alto que por bajo. Una tanda última en redondo fue magistral. Una estocada caída, un aviso, pero la sensación de que es torero listo para el relevo. Ideas y sangre frescas y nuevas.

 

Última actualización en Domingo, 02 de Octubre de 2022 20:24