TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

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Pamplona. Feria del Toro. Crónica de Barquerito: "Gran corrida de La Palmosilla""

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Ambiente desenfrenado, un palco desmedido, siete orejas, a hombros los tres de terna -Rafaelillo, Escribano y Valadez- y parvo premio para un quinto toro extraordinario.


Pamplona, 10 jul. (COLPISA, Barquerito)

Domingo, 10 de julio de 2022- Pamplona. 6ª de San Fermín. Muy caluroso. 18.000 almas, casi lleno. Dos horas y cuarenta minutos de función. Seis toros de La Palmosilla (Javier Núñez). Rafaelillo, dos orejas y una oreja. Manuel Escribano, dos orejas y vuelta tras un aviso. Leo Valadez, dos orejas y silencio. Picaron muy bien Juan Francisco Peña, Alberto Sandoval y Óscar Bernal.

EL PRIMERO DE La Palmosilla fue lo que entre taurinos se llama un toro muy sevillano. O un zapato: así de bajito y bien hecho, 500 kilos, colorado, rellenito, muy astifino. Iba a ser el toro picante de una corrida muy completa, brava y buena, las dos cosas, de movilidad sobresaliente y dotada de dos virtudes mayores: su ritmo y su entrega. Justamente el ritmo de ese toro tan sevillano fue distinto al de los demás. Le faltó el golpe de riñón que sí tuvieron los cinco siguientes. Tal vez acusara un duro puyazo trasero. Por temperamental, embistió a ráfagas. Apretó con el nervio propio de la casta encendida. Se arrastró sin las orejas en un exceso de la presidencia.

 

El exceso prendió la mecha de una euforia desatada sin medida. Fue tarde de siete orejas, casi tantas como la tarde del centenario. Como entonces, estuvieron de más unas cuantas. No es que las llevaran los toros colgando, pero por ahí se anduvo la cosa. El segundo, de codicia y gasolina superlativas, no paró y solo en la corta distancia se incomodó. Un poquito nada más. Los cuatro toros que vinieron después, negros tres de ellos y salpicado o burraco el último, dieron mucho y buen juego. Y cada uno, de una manera.

El quinto fue un dechado de lo que don Álvaro Domecq llamó un día el temple. El temple de un toro, que quiere decir casi lo mismo que el temple del torero que lo tenga: una especie de sexto sentido. El tercero fue, según dicho campero clásico, bravo como un tejón. Más que los dos primeros. Más que el cuarto, que fue el de menos nota de los seis, y más que un sexto de hechuras y pinta muy diferentes a los cinco primeros. Un toro de preciosa lámina e impecable cuajo. De este sexto, que por la mano izquierda tuvo soberbio estilo, sí podría predicarse que fue lo que veedores y ganaderos llaman un toro de Pamplona.

El diluvio de orejas llegó en la primera mitad de corrida: seis. La séptima se la arrancó al cuarto por la vía sentimental Rafaelillo, que volvía a San Fermín tras el grave percance que en la miurada de 2019 estuvo a punto de costarle la vida aquí mismo. La manera de superarlo fue, por cierto, muy elocuente: abrió faena con el toro picante en el mismo sitio y de la misma manera en que se produjo hace tres años la terrible cogida: en tablas y por alto, casi al calco, y apretado sin escapatoria. Pero ahora con final feliz. Pasado de revoluciones, embarcado en larga faena de ten con ten, apurado pero resuelto, Rafaelillo pudo con el toro, se desplantó cuando convino y lo tumbó de estocada tendida. El cuarto lo prendió feamente en un cambio de mano a mitad de una faena hasta entonces maquinal. El susto fue morrocotudo. Despojado de la chaquetilla, la tarde era de agobiante calor, vino a templarse después de la voltereta. Y ahora cobró una estocada sin puntilla.

Los mulilleros se tomaron con filosofía el trabajo. Contra costumbre -la diligencia proverbial de las corridas de Pamplona-, tardaron en asomar un buen rato y otro rato bueno en llegar al puesto de carga y trabajo. Las peticiones de oreja crearon su tensión en el palco, floja la mano, pero rácana a la hora de reconocer las calidades del quinto toro, merecedor de los honores de la vuelta al ruedo en el arrastre.

No se había atendido antes una petición de oreja no mayoritaria para Escribano, que dibujó con ese toro los mejores muletazos de toda la tarde pero en una faena castigada por abusivos paseos de pasarela, gratuitas pausas, tiempos muertos, teatralidad impuesta y una parsimonia más que fastidiosa. Un pinchazo antes de la estocada fue una especie de castigo para tanto gasto. Por demorarse, la faena fue perdiendo el favor de las peñas, que llevaban la tarde entera jaleando todo lo jaleable del repertorio propio del toreo de sol, del sol de Pamplona: los molinetes y las largas afaroladas de rodillas, los muletazos mirando al tendido, el lenguaje de cómplice gestualidad, el viva Cartagena constante, el toreo de carnaza.

Y es que el espectáculo se había embalado, las vueltas al ruedo de los espadas se hicieron interminables y no fue fácil tomarse una tregua ni sujetar las riendas de un ambiente desbocado. El discreto y agitado empeño del mexicano Leo Valadez con el bravo tercero se vio recompensado con el mismo premio que la faena del regreso de Rafaelillo o los desiguales logros de Escribano con el toro que no dejó de moverse ni un segundo y que comprometió hasta un tercio de banderillas compartido por un Valadez desafortunado entonces. Los cuatro tercios de banderillas de matador, en los toros de Escribano y Valadez, se comieron mucho tiempo. Reuniones y clavadas no demasiado precisas, sino todo lo contrario.

 

 

 

A última hora, con el hermoso sexto, Valadez se templó al natural en rayas cerca de chiqueros y en la querencia del toro. La faena venía navegando sin mayor rumbo y de repente se encendió la lámpara. Se llevó el toro dentro una tanda más. O dos. Pero los muletazos de sorpresa tuvieron cadencia y reposo. Un pinchazo hondo y fallos con el descabello. Y no hubo premio.

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Cuaderno de Bitácora.- La Burlada moderna, la del siglo en curso, creció sobre un plan urbano
bastante preciso. Una vecina que se afincó en los años 60 en la calle de la Fuente dice que Burlada se terminaba al final de esa calle, y que después no había nada. En la nada se construyó toda una ciudad residencial de edificios uniformes y anchas calles bien trazadas. La Burlada moderna.
Cinco alturas, buenos miradores, casas de clase media pudiente o capaz de hipotecarse sin asfixia. Tengo la impresión de que munícipes y constructores se inspiraron vagamente en el modelo de Copenhague, que es la ciudad europea que mejor supo asimilar su crecimiento en la década de los 60 sin trastornar ni pervertir el estilo de la ciudad. De Burlada a Copenhague media una considerable distancia. No he contado los kilómetros. Las dos tienen en común ser ciudades perfectamente llanas.
El Tour de Francia, que en Navarra se siguió durante el imperio Induráin con una pasión contagiosa, ha empezado este año en Copenhague por rendir homenaje a la primera ciudad europea que instaló los carriles bici y los dotó de prioridad en el tráfico rodado. Los niños daneses nacen en bicicleta, digamos. Las bicicletas no se suben por las aceras como en Madrid o Barcelona. Una de las virtudes de las bicicletas es lo silencioso de su movilidad. En Burlada, cerca de la frontera con Villava, hay una tienda de bicicletas que parece de categoría. Soy profano y no opino. En el escaparate las hay de 699 euros, o sea, 700, y de 595, o sea, 600. Y las hay de cross y normales, pintadas de muchos colores, alienadas como máquinas. No creo que pueda llamarse máquina a una bicicleta. Las de carreras, tal vez. Parecen volar.
Indurain es del pueblo de al lado, de Villava. Antes de ser famoso, andaba en bici por la calle Mayor de Burlada, y todo el mundo lo reconocía porque su estampa es única. El día 7 de julio estaba en los toros. La plaza llena, éramos diecinueve mil allí sentados, los mismos que habitantes tiene Burlada, pero el único a quien se veía, medio camuflado en una barrera de sombra, era precisamente a él. Mi vecino de localidad en la grada lo detectó nada más sentarse a mi lado. "Mira, Indurain".
Última actualización en Martes, 12 de Julio de 2022 09:00