TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

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Madrid. Crónica de Barquerito: "Una hermosa corrida de Algarra"

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Dos toros de excelente son y otros dos de buena nota


Ninguno de los cuatro, propiamente aprovechados


Percances de Caballero y Román


Público de aluvión


Madrid, Sábado, 28 de mayo de 2022. (COLPISA, Barquerito).- Las Ventas. 21ª de feria. Veraniego. 18.170 almas. Dos horas y veinticinco minutos de función. Seis toros de Luis Algarra. Román, una oreja tras aviso y vuelta. Gonzalo Caballero, silencio y silencio tras aviso. David de Miranda, silencio y palmas tras aviso. Caballero, cogido por el segundo, atendido en la enfermería de una lesión en la rodilla -posible lesión de menisco- y de un puntazo. Decidió salir al quinto bajo su responsabilidad. Román, herido por el cuarto en el tercio medio de la pierna derecha. Cornada de 15 cms. de pronostico reservado. Operado en la enfermería de la plaza.

AL PÚBLICO DE aluvión y de presencia eventual en la Plaza México les puso un revistero hace muchos años un mote que hizo fortuna: los villamelones. Impresionables y sensibleros, ruidosos también. Volátiles, como las aves de paso. Fueron manifiesta mayoría en este tercer sábado de San Isidro y se dejaron sentir. Tan notoria su presencia como la ausencia y la deserción de los sectores de las Ventas donde se preservan los criterios de rigor. Se anunció el festejo, dentro del abono, como Corrida de la Juventud. No sería por el cartel: tres espadas en el filo de los treinta años. Si fue como reclamo de público nuevo, nunca se sabrá. Lo probable es que la corrida fuera una de las de menor gancho para los abonados y por eso uno de los descartes consentidos por el abono de precepto. Un ambiente del todo distinto del habitual.

En este rincón de la feria se jugó una corrida de un hierro de prestigio, el de Luis Algarra, que llevaba mucho sin anunciarse en Madrid. Una corrida muy torera, como dicen los taurinos y los propios toreros. De golosas, variadas y muy buenas hechuras, bien puesta, astifina y armónica, proporcionada. Y, sobre todas las cosas, una corrida de fondo y calidades sobresalientes. Con la sola excepción de un segundo muy pegado en el caballo y distraidito, y de un sexto de más cuajo que los otros y menos finura y entrega que los demás, la corrida dio excelente juego.

La palma se la llevaron dos de los cuatro toros de nota: un primero que derribó de bravo y lo quiso todo y mucho por abajo con sostenido ritmo y un cuarto que pasó de visita por el caballo de pica, pero rompió a embestir en la muleta con codicia y estilo nada comunes. Para el primero, que inesperadamente y a final de larga faena buscó las tablas, sonó en el arrastre una fuerte ovación. No tan fuerte para el cuarto porque el coro estaba más pendiente de reclamar una oreja que del arrastre del toro, que fue, además de una máquina acompasada de embestir, el mejor hecho de los cuatro de nota. Y el más astifino de los seis. En el remate de una tanda ya final, bastó con rozarle a Román la.  pierna para pegarle una cornada de quince centímetros. Además de bravo y bueno, fue toro certero.

Tercero y quinto, de muy buen son los dos, salieron de otra manera. Apenas sangrado en varas, el tercero fue tan noble como frágil. La apertura de faena de David de Miranda por estatuarios no convino al toro, que tomó el capote con cadencia de danza, y entonces se vieron, servidos por el propio David, los lances a la verónica más logrados de la tarde. El quinto, de mucha viveza, más nervioso que los otros, fue también toro claro.

Román tuvo el gesto de abrir faena de largo sin prueba previa por la izquierda, y aguantar y ligar una rauda tanda, que fue prólogo de un trasteo de mucha entrega, tandas de desiguales logros, resueltas en los medios, que fue donde mejor peleó el toro. Fue faena celebrada. Una estocada tendida y trasera soltando el engaño, un descabello y una oreja, la única de una corrida tan propicia. Con el cuarto no terminó de acoplarse ni ajustarse. Una tanda templada con la izquierda, pero solo una. Incansable, el toro pidió bastante más. Ahora no prosperó la petición de oreja.

Gonzalo Caballero, cogido y apaleado aparatosamente en el recibo de capa -se le encogieron los brazos con el toro debajo-, estuvo a merced del toro, que lo vio muchas veces, y apuntó sin disparar. El quinto lo desbordó desde el principio. Durante la lidia del toro, una peña de amigos con banderas del Atlético de Madrid irrumpió en un tendido de sol dando vivas al equipo, que tiene a Gonzalo por su gran valedor en el mundo del toro. El coro de atléticos se encontró en respuesta otro de fueras. Y Gonzalo no pasó con la espada.

Pulcro, prudente y frío, vertical, parsimonioso, buenos brazos, David de Miranda, que venía como triunfador del San Isidro de 2019, se estrelló con la poca fuerza del tercero, que no quería al torero encima, y laboró a modo con el sexto, abrió faena de largo en los medios con el cambiado a la manera de Cepeda, Castella o Perera, pero sin pasar del gesto entonces, y abusó en un trasteo largo y plano del toreo en línea. De buen dibujo, por cierto.

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Cuaderno de Bitácora.- Los dos puntos centrales de Madrid son la Plaza Mayor y la Puerta del Sol. El centro histórico, como conviene a la mayoría de las ciudades castellanas. Y el centro comercial, que no siempre ha coincidido con el histórico. La preservación de las plazas mayores fue cuestión de honor. En la de Madrid se celebraron justas y fiestas de toros de muerte, la Inquisición quemó herejes en público y la Iglesia eligió el espacio como el predilecto para la escenificación de autos sacramentales.
Todas esas cosas se fueron con los años pasando de moda. Las ejecuciones sin cremación en vivo se trasladaron a la vecina Plaza de la Cebada, que es tan antigua como la Plaza Mayor pero parecen y siempre lo parecieron lugares ajenos el uno del otro. De la una a la otra no media ni media legua ni menos de media. Están a dos pasos, como quien dice. Los autos sacramentales no fueron del agrado de los Borbones y al extinguirse la dinastía de los Austrias desaparecieron de la escena.
Las justas ya eran una rareza en el siglo dorado de la Plaza Mayor, el XVII, y corrieron la suerte de los autos sacramentales. ¿Y las fiestas de toros? Los toros, no. No en la Plaza Mayor, por razones de seguridad. Pero contaron con la protección y el patrocinio de Isabel de Farnesio, la segunda esposa del primer rey Borbón, Felipe V, que se sintió extraño en el trono y en corral ajeno. A Isabel de Farnesio no le han hecho justicia los historiadores del periodo.
Mañana se da en Aranjuez una gran corrida de toros. Cartel: toros de La Quinta para Morante, Talavante y Daniel Luque. La huella del gusto italiano, el buen gusto italiano de la reina Isabel, se sienten en Aranjuez. Y también en La Granja de San Ildefonso, pero de otra manera. Aranjuez, la vega, el río, el calor, que mañana será de treinta y tantos grados. Con el calor de verano a los toros bravos les hierve la sangre.Yo iba a haber ido. Por ver los toros de La Quinta, por Morante siempre y por Daniel Luque, que me parece un torero extraordinario. Me ha podido el cansancio. Renuncié. Me arrepentiré mañana por no haber ido.
En la calle del Arenal tenemos una réplica y plagio del Palacio Farnesio romano. Réplica mal copiada y con pegote. Y podría hasta dar el pego si no fuera un edificio tan mal tratado. Se conoce como el Palacio de Gaviria, ahora casi en desuso. Fue un capricho de banquero, como tantas otras cosas de los nuevos ricos del siglo XIX español. El original, obra maestra de la arquitectura renacentista italiana, data de casi tres siglos antes. Eso prueba que lo clásico es lo que no pasa de moda. La moda moderna no puede ser clásica. Salvo raros y contados casos.
La Plaza Mayor de Madrid es una de las plataformas predilectas por el turismo gregario, que es la plaga del barrio central de Madrid. Plaga creciente, invasora como la marabunta. La Puerta del Sol vuelve a estar en obras. Alguien robará. No tengo la menor duda. La Plaza Mayor no deja de ser una inmensa terraza de verano. El deterioro de los comercios abandonados de su flanco oeste es muy de lamentar. En la mitad del tramo de la desidia, se alza el museo más visitado de Madrid: el Museo del Jamón, que tiene entrada también por la cava de San Miguel. No lo recomiendo. Cerca, en la calle de Ciudad Rodrigo, Casa Rúa. Bocadillos de calamares fritos, que no pasan de moda.
La Puerta del Sol es un desierto gastronómico con una excepción: las tartas y las napolitanas de La Mallorquina. Hay cola para comprar rosquillas. La planta alta es un escondite bueno. Y un mirador de las obras, que ahora mismo son una sinrazón..
PD: Mañana, rejones, no envío crónica. Ni razones de este pueblo.