TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

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BARQUERITO. Escritos de confinamiento (16 y 17). Textos viejos (16)

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El texto de los Cuadernos de ayer 18 llegó sin corregir y lo reenvío en la versión que tendría que haber llegado. Había dos documentos con la misma signatura y entró el que tendría que haber eliminado. Soy un zoquete. Dos corresponsales me han pedido la repetición de la receta del suquet. No tengo a mano el recorte de La Vanguardia del miércoles pasado. Lo que sí aclaro es que los ajos -cinco y cinco- se echan en dos tiempos distintos. Ajos aparte, incluí correcciones y un par de matices. Habrá más recetas porque pienso quedarme en el Ampurdán un par de días más. Quédate en Figueras, me dicta la conciencia. Una nota: casi todos los topónimos citados han ido en versión castellana y no en catalán, como debiera. Yo los tengo en catalán tan interiorizados -l'Empordà, l'Escala, Figueres, Roses, Sant Martí, Sant Pere.Girona…- que se me hace raro tirar del traducido.

El texto viejo rescatado es la crónica de la última corrida de toros celebrada en la Monumental de Barcelona, y última de Cataluña antes de la proscripción. La corrida no tuvo la carga emocional de la víspera (Morante, El Juli y Manzanares, una estupenda corrida de Cuvillo con sobrero de regalo incluido) ni tampoco el final apoteósico: los tres espadas por la Gran Vía a hombros de los capitalistas pero arropados por cientos de gentes que se echaron a la calle después de la corrida y llegaron hasta el paseo de San Juan, un recorrido de cuatro manzanas del Ensanche. Lo viví en primera fila, antes de tomar el 7 (autobús) hasta el hotel en Pau Claris y lo recuerdo como uno de los más emocionantes episodios taurinos que he vivido nunca. La fiesta de la clausura tuvo aura de tristeza.

Y la fresca del día. Sigue la parada en La Escala, que se demorará un día más. O dos. Parece que va a llover.

Salud!

 

Escritos de confinamiento. 18 de abril de 2020. Madrid

Peridis, pulmones negros, silencio, soledad. De vuelta al Obrador y a La Escala. Pastas de jengibre. La leyenda de Arquímedes y su suquet

UNA DE LAS HUELLAS de la pandemia se queda impresa en los pulmones y los tiñe de negro. Se lo he escuchado decir a José María Peridis, que se vio hace tres semanas atacado de súbito por el covid-19. El ataque debió de ser como el de las manos de un estrangulador. Sintió que se ahogaba, que se estaba ahogando, pero tuvo lucidez suficiente como para en ese mismo momento pedir que lo llevaran a urgencias médicas, y lo llevaron. No luego sino ya. Eso le salvó la vida.

De la convalecencia en una habitación aislada de hospital ha sabido hacer un sentido relato. Ha comparado la cámara clínica con una celda monacal. Solo tenían acceso a ella los sanitarios y los enfermeros, todos protegidos por mascarillas y por tanto enmascarados. Para todos sin excepción ha tenido palabras de reconocimiento ni atropelladas ni pomposas, sino tan de verdad y tan directas como las mismas con las que ha descrito la neumonía: los pulmones negros.

Su humor refinado de viñetista ha asomado al hacer referencia a la medicación, que le servían a través de un ventanuco –el diminutivo cántabro- unas manos anónimas. Un ventanuco es como un torno de convento. Parece que una de las pastillas diarias era del tamaño de una ficha grande de casino. Ha insinuado que la soledad y el silencio han sido parte de la cura. Le han preguntado que cómo mataba el tiempo, no con esas palabras pero sí con el mismo sentido, y ha dicho que en silencio y en soledad se encontraba divinamente. Tampoco ha sido esa la palabra precisa, pero eso ha querido decir. Y lo ha dicho con su voz queda, que ya era queda antes de la convalecencia y ahora sonaba, en cambio, con una fuerza interior distinta. Una celebración.

Que si se había llevado al hospital lápices y pinturas para poder seguir dibujando sus ingeniosas viñetas para El País, donde lleva a diario haciéndolas desde 1976, cuando se fundó el periódico. Sin faltar ni una sola vez a lo que en el gremio de la Prensa se llama la cita. Y que no, ni pensarlo, que había salido de casa con lo puesto. En cuanto recibió el alta, volvió a la cita. Esta semana, ya en casa, la viñeta de la reaparición, aunque caústica, desprendía el optimismo propio de la edad: 78 años. Dichoso en la celda. También fuera de ella.

De modo que me he echado a la calle con más ganas de lo habitual. Habían regado aceras y calzadas con desinfectante aromatizado. Se sentía su olor como la llegada de una segunda primavera. La visita ritual al kiosco de Puerta Cerrada y, luego, en busca de las pastas de jengibre del Obrador de San Francisco. Hice cola ayer, pero, cuando llegó mi turno, se habían vendido todas. Esta mañana todavía más larga la cola pero mejor movida. Hubo suerte, hice acopio. No media docena, sino ocho. Para toda la semana.

A nada se parecen ni el sabor ni el aroma de esas pastas de receta secreta, ligeramente quemadas del molde, todas idénticas, teñidas del color castaño de la melaza y la canela con que se funde en el horno el jengibre, blandita la costra como la del macarrón de almendra que tanto se gastaba por León. Los macarrones de La Coyantina ¡madre mía! Receta de una pastelería de Valencia de Don Juan que dio con una fórmula singular. No arábiga, como la del mazapán de Toledo o los macarons de la Provenza, sino cristiana.

El punto de la pasta de almendra o de la de avellana, tan afines como diferentes, mide la pericia de los grandes pasteleros. Los de Oviedo, Daroca y Huesca. Camilo de Blas, Manuel Segura, Ascaso. Los guipuzcoanos también. Por ejemplo, Casa Otaegui. La sucursal de la calle Matía, en el Antiguo, el barrio pueblo que limita con Igueldo, Ondarreta y Miramar, recibe a diario –los lunes, descanso- las delicias del obrador central. Si quieres recuperar el genuino sabor de la magdalena pura de convento castellanoviejo, Otaegui. Y si el plumcake de fruta escarchada a la inglesa, igual. Y la panchineta, sutileza insuperable coronada por granitos de almendra molida.

El Obrador de San Francisco no es pastelero, sino un panificio en toda regla. Las pastas de jengibre son concesión al público infantil. Hay cerca hasta cuatro colegios de primera enseñanza. La Paloma, el Vázquez de Mella, San Ildefonso y el Sagrado Corazón. Laicos los tres primeros. El de las monjas, en la confluencia de Don Pedro y Redondilla, es un edificio sencillo pero complejo –la esquina es ángulo agudo- y tiene el acento propio del neomudéjar madrileño.

Pasé por Redondilla después de haber repetido la ruta benigna de Nuncio, Anglona y la plaza de la Paja, a esas horas poblada de más perros que amos. Una monja estaba encerrado el cubo municipal de basura, Las ruedas chirrían cuando vacío. Mucha gente en el mercado de la Cebada. En el revistero de la entrada todavía quedan trípticos de la ruta Dalí en el Alto y el Bajo Ampurdán. En los dos. La página de hostales antiguos que ayer cité a propósito de Ca la Neus menciona a Dalí como asiduo del restaurante. Lo pongo en duda. De la mesa predilecta de Dalí, otro día.

Y ahora, el postre. Hay que volver a La Escala. Para comer. No donde los descendientes de Arquimedes y la Neus, la Nieves, sino en el tenido ahora por mejor comedor de la ciudad: El Molí de l’Escala.

Desde el decreto del confinamiento, La Vanguardia viene publicando a diario en media página una sección Comer –el logotipo, entre dos corchetes, un tenedor y una cuchara- dedicada a entretener en la cocina a la gente confinada. Recetas de distintos chefs catalanes. El nivel, muy alto.

El miércoles fue Jordi Jacas, el alma de El Molí, y su suquet de escórpora al all i pebre. El suquet de Arquímedes entró en la historia por su punto y su variedad de pescado, entre ellos tal vez la escórpora, hermoso pez de roca. Como un dragón. Fuera de las tierras de habla catalana, se llama cabracho. Es lo mismo.

Con la carne de la escórpora que no vaya a ir a la cazuela, se prepara un fumet –un caldo de fondo- que vendrá a hervir después de una previa y lenta cocción de ajos fileteados, cinco de primeras y otros cinco después, sofrito de tomate, pimiento verde –medio-, cuatro patatas –de Figueras-, pimentón de La Vera, medio vaso de vinagre y, finalmente, el all y pebre (ajo con guindilla de Cayena). Cuando el hervor rompe, los filetes de escórpora limpios de espinas, ni gruesos ni finos. Y entonces dejar estar y hacer hasta que se sienta y detecte en la cazuela el chup chup chup, que es el juguito, el suquet que da nombre al plato. El principio de Arquímedes, o sea.

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AGENCIA COLPISA. 25 de septiembre de 2011. Crónica de la corrida de Barcelona: 2ª de la Mercè.

Una preciosa faena de José Tomás en la última de Barcelona

Y un toro de calidad de El Pilar. El adiós a los toros en Cataluña y en la Monumental no pudo equipararse en fuerza ni pasión al festejo por todo memorable del pasado día 24

Barquerito

Barcelona. 2ª de la Mercè. Lleno. Veraniego. Seis toros de El Pilar (Moisés Fraile). Corrida terciada. De mayor cuajo los tres últimos. Primero y, sobre todo, segundo fueron de excelente son. Sin fuerza el tercero. Cuarto y quinto protestaron. Bueno el sexto. Juan Mora, de verde botella y oro, saludos en los dos. José Tomás, de pizarra y oro, dos orejas y saludos tras un aviso. Serafín Marín, de carmesí y oro, saludos y dos orejas. Sacaron a hombros a los tres matadores.

ERA LA ÚLTIMA tarde de toros en Barcelona y, sin embargo, las emociones de la despedida no tuvieron ni la carga ni el acento ni la fuerza de la función memorable del sábado. La plaza de toros, condenada como tal, estaba abarrotada, pero ni consignas, ni pancartas, ni palmas por bulerías ni bulla ni coros ni jarana. Ni casi música, que sonó en apenas dos faenas y en los intermedios. Muy discretamente. Una gran ovación al asomar las cuadrillas y al romperse el paseo. Los toreros aplaudieron a los espectadores, los tres besaron el puñadito de arena que va con la liturgia, pero se echó en falta la esperada pasión.

La fiesta mayor del sábado pareció literalmente irrepetible veinticuatro horas después. La euforia del sábado se había transformado de pronto en resignación y el ambiente de la corrida fue esta vez apagándose progresivamente. José Tomás no llegó a ponerse ni acoplarse con el quinto de la tarde, que fue incierto y deslucido, le tocaron un aviso y ni un ajustado y destemplado quite por gaoneras –de largo la primera, exageradamente encima las cuatro que completaban quite- sirvió para dejar regusto alguno del último toro que mataba en Barcelona el torero de Galapagar, pretendido emblema de gran parte de la Cataluña taurina.

Una generosa decisión del palco premió con dos orejas una faena desigual y una soberbia estocada de Serafín Marín al último toro de corrida, que será seguramente el último en la historia de la Monumental. Y sacaron por derecho a hombros a Serafín y a José Tomás, que había toreado con rara perfección caligráfica al notable segundo de la tarde, y con uno y otro se llevaron a Juan Mora, que no pudo redondear.

Las puertas de la plaza estaban para entonces cerradas, y sólo se permitía salir por un pasillo muy reducido abierto en la cancela principal. En el exterior aguardaba un millar largo de personas con la intención de entrar como al asalto para vivir en masa las últimas horas del toreo en Barcelona. Ya era de noche. El control fue muy severo y dio la impresión de estar supervisado y dirigido por las fuerzas del orden. Un grupo de aficionados de la Unión Taurina de Cataluña se llevó a hombros a Serafín Marón por la Gran Vía hasta el hotel. José Tomás fue metido en su furgoneta, a Juan Mora lo condujeron a hombros calle Marina arriba.

Nada que ver con el clamor de la víspera, que tuvo caótica fuerza y brotó a borbotones. Ahora las ceremonias resultaron pálidas, contenidas, parciales. La corrida no fue, como espectáculo, ni cosa cálida ni siquiera templada. Ni fría. Quiso la casualidad que los dos toros de verdad buenos se jugaran de primero y segundo; el tercero rompió la racha casi en seco; el cuarto se aplomó; el quinto renegó y punteó engaños; y la bondad del sexto, buen ritmo al descolgar por la mano derecha, se encontró cansado a todo el mundo, menos a Serafín Marín, decidido como fuera a poner rúbrica propia en este festejo testamentario. Tal vez pesara esa tristeza funeraria de entierro de los toros en Barcelona. O la distancia sectaria que los incondicionales de José Tomás pretenden imponer donde sea. La bacanal del sábado se había comido el protagonismo de José Tomás en esta hora final.

Y, sin embargo, es probable que la primera de las dos faenas de José Tomás fuera, en punto a razones, estética, formalismo y ritmo, una de las mejores de su larga antología. Y de los últimos cinco ejercicios. Lo más celebrado por la gran masa fue una tanda de cinco molinetes, rareza mayor, transfigurados en muletazos de gran distinción y de suerte cargada, como tantos de los que, expurgados de fotos y textos sagrados, prodiga Morante. Los cambios de mano, resueltos con inteligencia y firmeza; el toreo enroscado, despacioso, ligado y pulido por las dos manos en tandas generosas de hasta seis y siete; la postura en los medios casi posada; dos faroles de adscripción vitista; muchos paseos y pausas también; la voz aguda y tenue en cites y golpes, que se oía bien porque la banda de música había sido proscrita por deseo del maestro. Una gran estocada.

Y, antes, ya de salida, una gavilla de casi docena de verónicas de mano baja, embraguetadas y acompasadas, algo torcida la cabeza al encajarse en el sentido de la salida, y media muy bonita. Los mulilleros entretuvieron el enganche y el arrastre del toro con la manifiesta intención de provocar que el palco premiara la faena con el rabo. Se enrocó el presidente, pero entre un banderillero y un alguacilillo llegaron a cortar el rabo. El delegado salió del callejón con gestos elocuentes para que se devolviera el rabo a su dueño, que era el carnicero que desguaza los toros de Barcelona. Habrá caprichosos que paguen por el rabo cortado que no se cortó. Esta es ciudad de negocios.

Mora toreó con firmeza vertical, compasito y ritmo al buen primero, pero se pasó de faena y abusó de esos muletazos cambiados y al desdén que algunos llaman “carteles de toros”. Un cartel de toros llevaba Serafín Marín pintado en el capote. De la mano de la María Franco, la misma artista a quien los Matilla habían encargado el cartel del abono de la Mercé. La cartelería de estas dos últimas corrida de abono trajo polémica: la gente de Tomás encargó a Barceló un cartel por separado y sólo con la corrida suya, que trató de venderse como el oficial. María Franco protestó con la misma vehemencia con la que pinta.

Una montera como un capitel jónico, un cuerpo de torero fragmentado como un rompecabezas, suaves colores azules, rosas y cremas en el cartel de oficio. La esclavina del capote de Serafín vino pintada de verde. En las vueltas, las cuatro rayas de sangre de la senyera catalana. Y, a mano, y en negro, la fecha del adiós. No se entendió con ese capote Serafín, que acabó lidiando el tercer toro con  muletazos de pitón a rabo. Una hora después se apagó para siempre la luz.

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Escritos de confinamiento. 19 de abril 2020 CdBitácora. Madrid-La Escala (virtual)

Va a llover en La Escala, ya está lloviendo

Los once músicos de bronce del Passeig del Mar. Sardanas

Un hombre del tiempo

Gambas blancas

SEGÚN ALFRED RODRÍGUEZ PICÓ, el meteorólogo de La Vanguardia, para hoy domingo se esperaban en la costa catalana olas de metro y medio. Y de tres para el miércoles en el Ampurdán. No importa que las olas de La Escala batan en la escollera griega, que ha resistido firme incluso temblores de tierra. Pero en los salientes de la ciudad vieja y en la ronda causarán daños. Y en el Passeig del Mar, probablemente más. La ola llegará a destino mucho menos brava, pero a zona expuesta sin protección. Si el temporal persiste, habrá estropicios. No habrá pesca.

En el paseo, a cincuenta metros del Neus Mar, se instaló hace no tanto una escultura muy particular. Tiene nombre: Homenaje a la Cobla. Homenaje o Monumento, de las dos maneras. Se dice La Cobla y basta. En bronce y en las dos hileras preceptivas aparecen en tamaño natural los once músicos de la orquesta, la cobla. Cinco sentados delante. Detrás, y en pie, los otros seis. Están tocando una sardana.

Once músicos pero doce instrumentos, diez de viento, uno de cuerda –el contrabajo- y uno de percusión, el tamboril, que, sin melodía asignada en la partitura, tiene papel preciso, mínimo e imprescindible. Con una sola nota seca subraya la melodía inicial o entre pausas de una flauta –el flabiol- y da paso a las distintas tiradas de pasos de danza.

Para cobla se compusieron cientos de sardanas. Uno de los más célebres, compositores, Josep Vicens, autor de quinientas piezas, era natural de La Escala y aquí fundó cobla municipal y una coral de pescadores, porque la habanera estuvo de moda muchos años en toda la costa. A Vicens, apodado l’Avi Xaxu (el abuelo Xaxu), está dedicada una plaza en el caso viejo, el Nucli Antic, que ahora es apenas una almendra rectangular en el paisaje de la ciudad que fue creciendo hacia dentro y hacia el Montgó a partir de los años 70.  El padre del Xaxu era barbero. En la playa del Nucli Antic se bailaban los viernes por la noche sardanas. La cobla se sentaba en un tablado a socaire del viento. La playa, el centro de la ciudad, su escaparate y su mercado, era a la vez puerto pesquero. La sardana se bailaba después de hacerse a la mar los barcos. Seis u ocho. Con descanso en el intermedio.

De todos los instrumentos de viento de la cobla, sin contar el flabiol, dos son los que mejor identifican el sonido de la sardana: la tenora y los tibles, que son parientes próximos del clarinete, sin su delicadeza, y remoto de la chirimía, con toda su ruda y elemental potencia. El sonido del tible es agudo. El de la tenora, grave. Se conjugan de maravilla. Los solos en el contrapunto son trepidantes, estallan.

La sardana moderna nació en Figueras a mediados del XIX por obra y gracia de un músico, Pep Ventura, que marcó una época y creó para siempre escuela. Es una composición sencilla aunque al oído pueda no parecerlo tanto. Música reconocible, por tanto. Propia del Ampurdán en origen, convertida, igual que la danza en corro mediterráneo, en música nacional por el catalanismo militante. Una seña de identidad, digamos. Postiza pero arraigada.

La cobla de bronce salió de manos de un cirujano, Francesc Anglés, que ejerció a la vez la medicina y la escultura figurativa, no se sabe si hiperrealistas o naïf. De toda su obra, más corta que larga, la del grupo de La Escala es la de mayor reconocimiento. La escultura estuvo colocada en la plaza del Ayuntamiento desde su primera instalación hace cuarenta y tantos años, pero se vio castigada por el vandalismo tantas veces que en 2011 la cambiaron de emplazamiento.

Hubo polémica, pero fue un acierto. A la intemperie, a merced del viento, los músicos dan la espalda al mar, que no romperá contra ellos como lo hará en la ronda. En la ronda y su entorno hay esculturas de homenaje al pescador y a la mujer del pescador, muy distintas, de más valor que el de la cobla, pero no tan originales ni tan livianas. Nada que ver ni la una ni las otras con la obra contemporánea de Chillida, Oteiza o Pablo Serrano. Nada, nada.

Poco antes de que La Vanguardia se arrancara con su serie de recetas y cocineros de fama establecidos en Cataluña, la sección de El Tiempo sufrió un cambio casi teatral. Página entera para cerrar el cuaderno central –“Vivir”-, que atiende sobre todo pero no solo la información local –Barcelona- y la regional. En manos de Alfred Picó, y con la ayuda de un buen diseño gráfico –hasta nueve mapas de previsión, el de Cataluña, el de mayor tamaño y relevancia-, la página nueva ha ganado no solo en dimensión. Es amena. Como la de los periódicos británicos. Este domingo salió el sol a las siete y ocho y se puso a las ocho y treinta y cuatro. Mañana lunes saldrá a las siete y seis, y se pondrá a las ocho y treinta y cinco. Se van haciendo los días más largos. Poco a poco.

La sección de texto de El Tiempo está siempre titulada. Como una noticia. La de hoy: “Paraguas y manga larga”. Más claro, agua. Vienen dos borrascas, muchas horas de precipitaciones, los pantanos están llenos, atentos a los ríos y sus ramblas, viento moderado de levante, temperaturas en descenso, incluso lluvia de barro esta noche. La Escala no se libra.

Ambiente fresco. El jueves será ya de otra manera. El dictamen sobre la altura del oleaje –Estado de la mar- procede de fuente oficial no citada, pero el recuadro de predicciones sale de la pluma de Picó, y se sale de la común. Una transcripción parcial del recado de hoy: “Más de un pescador asegura que, si los peces saltan fuera del agua, se acerca lluvia o tormentas. Antes de un cambio de tiempo importante, los murciélagos chocan con las paredes, las arañas se esconden y se alejan de las telarañas. Las gaviotas chillan mucho y vuelan alto.” Etcétera. Si los intestinos de las vacas se retuercen y ventosean, malo: dos o tres días de lluvia seguidos. Llama la atención que los murciélagos se desorienten tanto.

Y, sin embargo, ayer empezaron a faenar los pesqueros de Tarragona y San Carlos de la Rápita, en la Cataluña sur, las capturas de gamba blanca fueron copiosas y las de cigala también. La gamba rosada, solo en el Ampurdán. Es distinta. Los pescadores asumen el riesgo de romper el obligado confinamiento. Hay foto en La Vanguardia. Tres cajones de pescadero, solo la copa de otras tantas pilas que montan tanto como la o las anunciadas para hoy. La subasta, con mascarillas. No podrá sentirse como suele la voz del subastero, que es única en cualquier lonja.

Última actualización en Domingo, 19 de Abril de 2020 22:14