TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

  • Incrementar tamaño de la fuente
  • Tamaño de la fuente predeterminado
  • Decrementar tamaño de la fuente

ESCRITOS DE CONFINAMIENTO (16). TEXTOS VIEJOS (15)

Correo Imprimir PDF

El texto viejo, de vuelta a la feria de Abril de 2005, es un elogio del toreo de capa de Fernando Cepeda, de un concepto heredado de su maestro, Manolo Cortés. y emparentado con la llamada escuela rondeña, o sea, Antonio Ordóñez. Pero ni cité a Cortes ni cité a Ordóñez ni supe tampoco adivinar que Morante iba a romper todos los moldes. Claro que torear como Cepeda tan despacito -el compás puro- a un toraco de Samuel Flores, no todo el mundo. ¿Y cuando sean los días de la feria de Abril que viene, o sea, la que no va a venir, qué textos viejos voy a rescatar? Ni idea.

La bitácora fresca iba a seguir merodeando por La Escala, pero una confesión de José María Peridis me hizo cambiar de ruta y me dejó marcado el día. Al final, volví a La Escala. A comer en las afueras pescado de roca. El célebre suquet de Peix.

Salud!

 

DIARIO DE SEVILLA. DEL DIOS TORO. 12 de abril de 2005.


CEPEDA, UN TORERO DE OTRO COMPÁS


Barquerito


HAY UN COMPÁS para torear que se tiene por propio de Sevilla. También hay un donaire que se reclama como específico de Sevilla. El donaire es el salero, una gracia chispeante. El compás es otra cosa. Otro compás. No por afán de enredo, los hay que adscriben ese otro compás a lo que se entiende por toreo de Ronda. Disquisiciones bizantinas. Suculentas. Se han escrito muchas cosas sobre tan divino asunto. Las más claras no han conseguido ni abrirse paso ni ser divulgadas propiamente.


En realidad, el toreo es cosa tan sustancial que no procede perderse en adjetivos. El toro viene y tú te quitas, decían las primeras tauromaquias. Hay que ponerse, dicen las nuevas. Nada más. Matizar entre el compás sevillano y el rondeño no conviene.  Por si acaso no salen las cuentas. Sevilla se reclama cuna del toreo con poderosas razones. Pero las razones de Ronda son las mismas. El debate es viejo.


Mejor dicho, era viejo. Porque ha dejado de haber tal debate. También es cierto que el sentido del compás al torear ha cambiado de armonías. Como la música, por ejemplo. Las artes son hijas de su tiempo. Todavía se escucha hablar de cuando en cuando del toreo eterno. Como si hubiera tal cosa. Y se habla de la eternidad con añoranza, lo cual entraña una incorregible contradicción en los términos. La añoranza implica una pérdida. Y no es eso.


Ayer mismo toreó Cepeda a compás un toro de Samuel Flores. Un toro que no fue ni más ni menos manso que los demás de la corrida, pero que siquiera tuvo docilidad suficiente como para dejar a Cepeda torear a compás. Con el capote, que es lo que se espera siempre que torea Cepeda, que toreaba últimamente tan poco; y sobre todo con la muleta. Ese preciso y rítmico desmayo de Cepeda con el capote es seña del compás clásico. El toro viaja mecido de verdad. Hasta ese primero de la corrida de Samuel, que echó las manos por delante y se vino con la violencia propia que casi todos los toros tienen de salida. Los toros de Samuel suelen ser de salida muy abantos. Distraídos, muy corretones, sacan trote de caballo de tiro. No galopan. No es sencillo redondear con el capote si no se sabe torear más que bien. Cepeda es de los que mejor sabe. No sería justo hacer comparaciones, porque ahora mismo hay un puñadito de toreros que están en la empresa de llegar a torear de capa a compás.


Por ejemplo, El Juli, que esta tarde torea en Sevilla la última de sus tres tardes de feria. O Morante, que ha pasado por la feria sin marcar el paso pero ha dejado un acento y una huella. La estela de cinco, seis, siete lances algo recargados pero traídos con hermoso compás. O Serafín Marín, que firmó cuatro verónicas que por su aguante y su velocidad se han  quedado ya en la antología de una feria tan frondosa como la de este año. No se trata de medir las dimensiones del alma, porque no puede ser y además no se puede.


Con todo, esa firma de Cepeda se sale de norma. Es otra cosa. Y eso que no le dejó redondear ninguno de los tres toros a los que antes o después echó los vuelos para traérselos mecidos y librarlos con la mayor suavidad posible. La historia de la feria de San Isidro recoge en sus más de cincuenta años de vida las aventuras de unos tres mil toros. Un océano de datos y más datos. Se pierde en ellos cualquiera. Pero hay un quite de Cepeda a un toro de Manolo Chopera, de la feria del 88 ó del 89, que todavía no ha olvidado nadie. Nadie que lo viera. Es una de las leyendas de las Ventas. Una leyenda viva porque ahí está Fernando Cepeda.


Cepeda y su compás. De toreo posado en las plantas de los pies, que es la clave del compás. Posarse. No plantarse de golpe, sino dejar caer el peso del cuerpo como si uno se abandonara. Y sacar los brazos con el mismo abandono. Y, claro, meter al toro en el propio compás, no escupirlo del engaño, vaciarlo con son parejo al de la entrada y, al cabo, enroscarlo para el lance siguiente. El segundo lo tomará el toro con más pausado ritmo que el primero. El tercero, con todavía más que el segundo. Etcétera. Aquel quite de Cepeda de hace ya tanto tiempo fue la expresión pura de ese milagro. Hay películas que dan fe.


Compás y pulso muy parecidos  tuvieron unos cuantos muletazos de esa faena de ayer en la Maestranza. El toro dejó de rebrincarse de pronto y, cuando se asentó y se avino, Cepeda toreó con la cintura, que marca el ritmo del compás tanto como los brazos. Por las dos manos. Hubo un pase de pecho y otro cambiado que fueron verdadera maravilla. Suspender los brazos hasta dar al cuerpo entero ingrávida apariencia. De modo que se tiene la impresión de que flota el torero y al tiempo flota el toro.  Un espejismo.

===============================


Escritos de confinamiento. 18 de abril de 2020. Madrid

UNA DE LAS HUELLAS de la pandemia se queda impresa en los pulmones y los tiñe de negro. Se lo he escuchado decir a José María Peridis, que se vio hace tres semanas atacado de súbito por el covid-19. El ataque debió de ser como el de las manos de un estrangulador. Sintió que se ahogaba, que se estaba ahogando, pero tuvo la lucidez suficiente como para en ese mismo momento pedir que lo llevaran a urgencias médicas, y lo llevaron no luego sino ya. Eso le salvó la vida.

De la convalecencia en una habitación aislada de hospital ha sabido hacer un sentido relato. Ha comparado la cámara con una celda monacal. Solo tenían acceso a ella los sanitarios y los enfermeros, todos protegidos por mascarillas y por tanto enmascarados. Para todos sin excepción ha tenido palabras de reconocimiento ni atropelladas ni pomposas, sino tan de verdad y tan directas como las mismas con las que ha descrito la neumonía: los pulmones negros.

Su humor refinado de viñetista ha asomado al hacer referencia a la medicación, que le servían a través de un ventanuco –el diminutivo cántabro- unas manos anónimas. Un ventanuco es como un torno de convento. Parece que una de las pastillas diarias era del tamaño de una ficha grande de casino. Ha insinuado que la soledad y el silencio han sido parte de la cura. Le han preguntado que cómo mataba el tiempo, no con esas palabras pero sí con el mismo sentido, y ha dicho que en silencio y en soledad se encontraba divinamente. Tampoco ha sido esa la palabra precisa, pero eso ha querido decir. Y lo ha dicho con su voz queda, que ya era queda antes de la convalecencia y ahora sonaba, en cambio, con una fuerza interior distinta. Una celebración.

Que si se había llevado al hospital lápices y pinturas para poder seguir dibujando sus ingeniosas viñetas para El País, donde lleva a diario haciéndolas desde 1976, cuando se fundó el periódico. Sin faltar ni una sola vez a lo que en el gremio de la Prensa se llama la cita. Y que no ni pensarlo, que había salido de casa con lo puesto. En cuanto recibió el alta, volvió a la cita. Esta semana, ya en casa, la viñeta de la reaparición, aunque caústica, desprendía el optimismo propio de la edad: 78 años. Dichoso en la celda. También fuera de ella.

De modo que me he echado a la calle con más ganas de lo habitual. Habían regado la calle con desinfectante aromatizado y se sentía como la llegada de una segunda primavera. La visita ritual al kiosco de Puerta Cerrada y, luego, en busca de las pastas de jengibre del Obrador de San Francisco. Hice cola ayer, pero cuando llegó mi turno se habían vendido todas. Esta mañana todavía más larga la cola pero mejor movida. Hubo suerte, hice acopio. No media docena, sino ocho. Para toda la semana.

A nada se parecen ni el sabor ni el aroma de esas pastas de receta secreta, ligeramente quemadas del molde, todas idénticas, teñidas del color castaño de la melaza y la canela con que se funde en el horno el jengibre, blandita la costra como la del macarrón de almendra que tanto se gastaba por León. Los macarrones de La Coyantina ¡madre mía! Receta de una pastelería de Valencia de Don Juan que dio con una fórmula singular. No arábiga, como la del mazapán de Toledo o los macarons de la Provenza, sino cristiana.

El punto de la pasta de almendra o de la de avellana, que son tan afines como diferentes, mide la pericia de los grandes pasteleros. Los de Oviedo, Daroca y Huesca. Los guipuzcoanos también. Por ejemplo, Casa Otaegui. La sucursal del Antiguo, el barrio pueblo que limita con Igueldo, Ondarreta y Miramar, recibe a diario –los lunes, descanso- las delicias del obrador central. Si quieres recuperar el genuino sabor de la magdalena pura, Otaegui. Y si el plumcake de fruta escarchada a la inglesa, igual. Y la panchineta, sutileza insuperable coronada por granitos de almendra molida.

El Obrador no es pastelero, sino un panificio en toda regla. Las pastas de jengibre son una concesión al público infantil. Hay cerca hasta cuatro colegios de primera enseñanza. La Paloma, el Vázquez de Mella, San Ildefonso y el Sagrado Corazón. Laicos los tres primeros. El de las monjas, en la confluencia de Don Pedro y Redondilla, es un edificio sencillo pero complejo –la esquina es ángulo agudo- y tiene el acento propio del neomudéjar madrileño.

Pasé por Redondilla después de haber repetido la ruta benigna de Nuncio, Anglona y la plaza de la Paja, a esas horas poblada de más perros que amos. Una monja estaba encerrado el cubo municipal de basura, Las ruedas chirrían cuando vacío. Mucha gente en el mercado de la Cebada. En el revistero de la entrada todavía quedan trípticos de la ruta Dalí en el Alto y el Bajo Ampurdán. En los dos. La página de hostales antiguos que ayer cité a propósito de Ca la Neus menciona a Dalí como asiduo del restaurante. Lo pongo en duda. De la mesa predilecta de Dalí, otro día.

Y ahora, el postre. La coda de esta historia sin rumbo. Hay que volver a La Escala, para comer. No donde los herederos de Arquimedes, sino en el tenido ahora por mejor comedor de la ciudad: El Molí de l’Escala. Desde el decreto del confinamiento, La Vanguardia viene publicando a diario en media página una sección comer –el logotipo, entre dos corchetes, un tenedor y una cuchara- dedicada a entretener en la cocina a la gente confinada. Recetas de distintos chefs catalanes. El nivel, muy alto. El miércoles fue Jordi Jacas, el alma de El Molí, y su suquet de escórpora al all i pebre. El suquet de Arquímedes entró en la historia por su punto y su variedad de pescado, entre ellos tal vez la escórpora, hermoso pez de roca. Como un dragón. Fuera de las tierras de habla catalana, se llama cabracho. Es lo mismo. Con la carne de la escórpora que no vaya a ir a la cazuela, se prepara un fumet –un fondo- que vendrá a hervir después de una previa y lenta cocción de ajos fileteados, sofrito de tomate, cinco ajos fileteados de primeras y otros cinco después, pimiento verde –medio-, cuatro patatas –de Figueras-, pimentón de La Vera, medio vaso de vinagre y, finalmente, el all y pebre (ajo con guindilla de Cayena). Cuando el hervor, los filetes de escórpora limpios de espinas, ni gruesos ni finos.  entonces dejar estar hasta que se sienta y detecte en la cazuela el chup chup, que es el juguito, el suquet que da nombre al plato. El principio de Arquímedes, o sea.