TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

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BARQUERITO. Escritos de confinamiento (14). Textos viejos (12)

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El texto viejo, del 6 de abril de 2005, va a cerrar este paréntesis de tres días en la feria de Sevilla. De hace quince años. Trata del toro tan distinto que Fernando Cuadri creó en su ganadería. Encaste minoritario, lo propio de una ganadería cruzada -¡no todas!-, y un toro de morfología y conducta fijadas y reconocibles. Si no te gustan los toros, abandona la lectura, porque solo de toros, de los cuadris, se habla aquí. El torero de la voltereta, Leandro Marcos. El toro, Fritero.

La bitácora fresquita, acaba de salir del horno, trata de Ampurias, una de las tres colonias griegas del Mediterráneo español y villa romana de cierta importancia. Las ruinas y el museo son la joya del término de La Escala. Cuento algo de mi vieja relación personal con esas ruinas, que he revisitado más de una vez.

Salud!

DIARIO DE SEVILLA. DEL DIOS TORO. 6 de abril de 2005


Toros de Cuadri. Cartel de toreros: Curro Díaz, Leandro Marcos y Sergio Aguilar.

¿UN TORO, UNA LOCOMOTORA O QUÉ?

Barquerito

EL MISMO DÍA en que El Cid salió por la Puerta del Príncipe lidiaron los Cuadri en Madrid un toro en una corrida concurso. De esa corrida se ha hablado poco y no  bien. El éxito de El Cid eclipsó el concurso, que estaba reservado a ganaderías con encaste Santa Coloma. Cuadri entró en ella por la parte que le toca, que es una parte de la ganadería. Desierto el premio. Mala señal.  El primero de los seis toros que ayer echó Cuadri en Sevilla fue el de rasgos más santacoloma de los seis.

Un raro toro. El cuello plegado, las cañas cortas y finas, la caja muy cargada. Los datos sobre el peso de los toros deberían ser irrelevantes pero no lo son. En Sevilla se ven muy de lejos. Si no se dispone de programa de mano, ni cuenta. Pero Cuadri tiene por costumbre batir las marcas de peso en cualquier feria. Así que, si lidia Cuadri, se mira el marcador. Los que viven las corridas de Sevilla desde la víspera habían anticipado, además, que dos de los toros pasaban de los 600 kilos. El sorteo quiso que fueran  últimos de corrida. Dos tanques.

En contraste,  ese primero de corrida parecía un extraño pajarraco. No se puede decir que el toro fuera feo. Ni flaco ni ligero. Se dejaba mirar y ver. A cierta distancia, porque no paró de sacudir estopa. Apareció algo derrengado y frío, estuvo a punto de sentarse antes de ir al caballo, calamocheó con genio en dos varas y, luego, apalancado en las manos, como si fuera un toro hecho con dos mitades distintas, pegó derrotes al aire. Tuvo final de manso, que no es común en la ganadería. No siempre el toro fiel en tipo a la línea de encaste es el que mejor responde. Aquí se vio.

Pero es que Cuadri ha acabado creando un toro propio. Un toro de anchos, amplios y largos lomos, ni alto ni bajo de agujas, chato muchas veces, con cuello musculadísimo. Se diría que es un toro acochinado si no se tuviera en cuenta su formidable volumen.

El primero de los dos que pasaban de los 600 kilos era de esos. Cuadri es ganadería con cinco o seis líneas fijas. De todas ellas, la más regular es probablemente la de ese quinto toro. ¿Con el cuajo de un rinoceronte? No vale la comparación. ¿Con el de una locomotora de vapor? Se admite la metáfora. Hay cuadris que atacan como trenes. Los ha habido, se entiende. Y los habrá. Y ayer hubo ese inmenso quinto que imponía inmenso respeto con su sola presencia. Y al atacar, más todavía.

Una locomotora de aquellas se tomaba su tiempo. Son las leyes del vapor. El toro de Cuadri que ataca en tromba no se toma ese tiempo. Arrea como en una exhalación. La embestida es distintiva, original, propia. La corrida de ayer no debió de gustarle a nadie. Pero es que no hay corrida que no tenga dentro algo. No fue tampoco cosa de buscarlo con lupa. La misma densidad de los toros de Cuadri se encarga de hacer visible sus rasgos de rango. Si se abunda en la metáfora del toro como una locomotora, se llega sin más a otra metáfora implícita: la de los toros con carbón. Cuando se puso a jadear en mitad del combate, en el contraluz del crepúsculo, pudieron vérsele al toro los alientos. Le salían por los ollares como señales de humo. Pinturas de guerra. El primer viaje del toro se aguantaba. El segundo, ya no tanto. Al tercero se salía el tren de la vía. No arrollaba, porque arrollar es de mansos y éste no lo fue. Pero repetía con celo del bueno y, si no se le engañaba, se comía al que estuviera delante. Al torero. No es sencillo cambiarles a estos trenes las agujas en marcha.

En plena batalla salió el torero prendido de lleno y volteado como un pelele. No pasó nada por milagro. Y porque llegó a tiempo la gente al quite, y el quite se hizo con serenidad, y porque el lance fue al cabo de fortuna. Ese toro, el único de verdad distinguido, llevaba el nombre de Fritero.

Con ese apodo se estuvo anunciando hasta su retirada hace tres o cuatro años un picador francés muy valiente, muy certero y muy torero. Este Fritero picador, como un épico Ajax, era y seguirá siendo de una corpulencia casi ciclópea. Fortísimos brazos, inmensas manos, cuello de luchador grecorromano. Y también cabellos rubios, glauca mirada y ojos claros. Después de batir al toro que fuera, para corresponder a grandes ovaciones, se destocaba. Dejaba ver una humilde sonrisa casi infantil y avergonzada. En Francia toreaba donde fuera llamado. Todos los paraísos toristas, porque paraísos son, lo reclamaban. En ellos se oía casi a coro su nombre, su apodo: Fritero. El gran Fritero. Cuadri ha sido como ganadero ave segura de los paraísos de la Francia torista. La lengua azul le ha cerrado a él, y no sólo a él, la puerta del paraíso este año. Esta misma corrida de Sevilla, con ser lo que fue, habría tenido en Francia sus admirados clientes. Aficionados clásicos

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CdB 16 de abril. 2020. Madrid. Escritos de confinamiento.

Razones de La Escala. El solar de los Maranges. Las ruinas de Ampurias. Sacrificio de Ifigenia. Esculapio mutilado. Pesquerías.

HE ESTADO echando cuentas y sale que conocí La Escala hace cincuenta y cinco años. Tardé en volver veinticinco. Y quince en volver a volver. Y, luego, más veces, incluso en escapadas de doce horas, ida y vuelta desde Figueras, con paseo, entre otros vagabundeos de busca, hasta el museo arqueológico y las ruinas, donde estuve de becario dos semanas de verano. ¿Dos o tres? Cribando escombros, barriendo, despejando muros, aprendiendo a distinguir entre estucos y piedras de la Ampurias romana y la Emporion griega, que se solaparon en parte y fueron, una y otra, abandonadas cuando la piratería asolaba por sistema la bahía.

Casi cegados por una ilusión óptica, un espejismo, los arqueólogos viven las ruinas como si ya no lo fueran, saben reconocerlas, descifrarlas y reconstruirlas en una memoria inventada. El trabajo de excavar ruinas a pleno sol es menos sacrificado que el ejercicio de perseverancia y fe que implica la empresa. No es obsesión, sino el deseo irrenunciable de volver a la vida una ciudad muerta y enterrada hace cientos de años, como en el caso de Ampurias. Un milagro.

La ciudad no ha podido llegar a ponerse en pie. Era un absoluto imposible. Las mismas ruinas habían ido siendo no vandalizadas pero si expoliadas. El más noble edificio de  La Escala es la casa solariega –pairal, en catalán- de los Maranges, una familia de militares, abogados y políticos liberales asentada a principios del siglo XIX que probablemente fueron terratenientes pero no caciques. El apellido es raro, puede que oriundo de la Cerdaña, donde la aristocracia industrial catalana y mercantil tiene su segunda residencia. Masías reconstruidas, repulidas, escondidas, aisladas.

No sé si la dinastía de los Maranges de La Escala sigue viva y activa. La casona, sí. En los imponentes muros de fachada se quieren ver piedras labradas de Ampurias trasplantadas cuando no tenían ni dueño ni precio. Ni siquiera valor como piezas históricas. De eso hace dos siglos. Si la casa, Can Maranges, pudiera verse exenta y no agobiada por las viviendas de la manzana que ocupan, se dejaría contemplar. No como ruina, sino todo lo contrario.

En la tercera visita a La Escala, y tercera llegada a Ampurias, comprobé que había cobrado carácter propio el Museo, algo descuidado en los años sesenta y no expoliado, pero sí vaciado de piezas cobradas en préstamo perpetuo por el Arqueológico de Barcelona. Acondicionado, modernizado, luminoso, se había convertido en museo didáctico de nivel. En un ejemplo, además, de imaginación. Con ella se representan las dos ciudades, la griega y la romana, como probablemente fueran. O no fueran, pero hubieran podido ser.

En la boca del museo se ha reconstruido un idealizado foro romano con su enlosado de mansión patricia. En torno a él, la ciudad romana, apenas levantada, pero bien señalada, con sus dos cardos perpendiculares, su geométrica retícula urbana, sus amenidades y hasta sus árboles de jardín. Pinos y cipreses cercan como una pantalla el espacio de las ruinas rescatadas de túnel del tiempo. Hay que pagar para verlas entrada. No es cara.

En el punto clave del museo, el mosaico del sacrificio de Ifigenia, policromía rutilante, la mejor de todas las piezas de su género en los museos españoles. En la tienda del museo se venden cráteras, cubiletes, cuencos, vasos y páteras artesanales. También armas y objetos de bronce a escala. Postales del mosaico de Ifigenia y de la estatua mutilada y venerada de Esculapio.

Lo que no cupo en el museo es el resto de más edad y más solera: el Moll Grec, el muelle griego, la seña muda del valor estratégico de Ampurias como ciudad portuaria y pesquera. La Escala no tendría sentido sin su pasado de pesquería. Las anchoas no son un reclamo banal, sino el pan nuestro de cada día. Es impagable la imagen del muelle empotrado en la orilla de una ensenada. En pie al cabo de los siglos. Perenne olor a mar.

Última actualización en Jueves, 16 de Abril de 2020 21:57