TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

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BARQUERITO. Escritos de confinamiento (12). Textos viejos (10)

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El texto viejo data de 2005. Durante unos años estuve colaborando en el Diario de Sevilla durante la feria de Abril con un comentario a propósito de la corrida del día y muy por separado y distinto de la crónica de Colpisa. Me daba trabajo, pero me divertía hacerlo. Y sacaba dinerillo para sufragar gastos. Aquel año la feria cayó en estas fechas de ahora. Este envío de tema sevillano no será el último de la semana. Quise abrir con una corrida de Miura muy aparatosa y particular.

La bitácora recién salida del horno vuelve a recalar en Arles. O en Van Gogh, que son en parte la misma historia. Y el tren.

Salud!

 

 

TEXTOS VIEJOS. 17 de abril de 2005. Publicado en DIARIO DE SEVILLA. Capítulo diario, sección DEL DIOS TORO durante la Feria de Abril. La corrida de Miura: El Fundi, Padilla y Jesús Millán.


EL DESTINO SE CRUZA CON JESÚS MILLÁN

Barquerito


POR AHORRAR UN CAPOTE se perdió un toro. Esto fue de la siguiente manera: el segundo de Miura, un monumental toro agalgado, zancudo e interminablemente largo,  echó las manos por delante; Padilla se enredó antes de tiempo y en muy mal sitio porque eran casi las tablas y hacia adentro apretó el toro en cuanto se vio forzado; en el cuarto o quinto envite vino un desarme. O mejor dicho, medio desarme, porque Padilla no llegó a soltarse del todo y el toro, por su lado, le echó la zarpa. Al capote. ¿Que quién pudo más? El capote. Mientras reñían por él, el toro perdió una mano en un hoyo. Mala pata. De esa disputa salió el toro renco.


Después de una vara avariciosa, se cayó y pareció roto. Toro al corral. Lo que hizo antes de volverse fue de interés. Su terca resistencia en la misma raya de la puerta de toriles tuvo el sello de marca Miura. Se negó a meterse hasta tres veces y otras tres se salió de la trampa. Ni a punta de capote, ni al arreo ni a voces. Hasta que al fin se vino al reclamo que sacan desde una trampilla. El capote de Padilla estuvo a punto de hacerlo trizas un sobrero del Conde de la Maza que sacó mal carácter. O sea,  genio.


Genio no tuvo ninguno de los seis miuras. Ni el que riñó con Padilla ni ninguno de los otros cinco. Hubo uno, el tercero de los seis, el de menos volumen, que sacó aviesa listeza. En Miura hay toros listos que echan literalmente la zarpa sobre la presa. La echan antes de verla siquiera. Pero es que incluso antes de hacer eso, que es como ganar por la mano a quien sea, este miura ya dio señales  de sentido. Se movió por un tendido de sol y sombra uno que vendría de no sé dónde hasta la escalera y el toro lo vio y se quedó con él. Y se movió otro con una gorra por el callejón y lo mismo. Y aunque se tape tras las tablas el que se mueve, el toro de Miura es capaz de adivinar quién.


El mismo cuarto de la corrida, que resultó con ventaja  el de más pastueña bonanza, buscó antes de morir y por detrás de la barrera a alguien que se había movido a destiempo o que no estaba donde había que estar. Ese miura de zarpa en ristre fue también el único  que se quejó en el caballo. Sonaron los estribos de aquella manera. Campanadas, campanazos. Amo del ruedo en banderillas durante un momento, largas cabalgadas, un aire distinto.


Estuvo con él muy decidido el pequeño Jesús Millán, que hace dos años hizo en la Maestranza y la tarde de su debut una machada insuperable. Resulta que el primero de los dos miuras que mató le rompió un tobillo. Como suena. Y que con el tobillo roto tuvo corazón suficiente para matar el otro que le esperaba. Corazón suficiente y las dosis de sedante necesarias. Un triunfo épico aquel. Parece olvidado.


No es justo. De un simple rizo con un capote se pueden escribir hasta octavas reales. Los toreros de prosa se escurren de la memoria. Millán no tuvo más fortuna que aquella, que no le sirvió ni para ir a torear en Pamplona. La corrida de Miura, por supuesto. Se plantó y dijo que nones. Le esperaba ésta al cabo de dos años. Las cosas del destino. No volvió la cara, que no es poco. Hasta salió a hacerle un quite por gaoneras al sobrero tan desatado del Conde de la Maza.


Pero con una corrida de Miura, incluso con una de tan general bonanza como la de ayer, no basta con no volver la cara. Hay que discurrir distancias, terrenos y momentos, porque todos los toros tienen su lidia, que quiere decir, entre otras cosas, el momento exacto en que pueden entregarse. Adivinar ese momento es cuestión de intuición.


La intuición de El Fundi, por ejemplo, que volvió a dar en Sevilla una hermosa tarde de toros. Da gusto ver andar a El Fundi tan sereno. Tan dueño de todo: del toro, del ambiente, de su cuadrilla, de sí mismo. Da gusto, sí, sentirlo tan tranquilo. En los medios, descarado sin el menor arrebato, puesto desde el primer muletazo, tan fácil como si estuviera tentando. Pero tan inspirado como el que más se sienta: esos pases de pecho, dos o tres naturales, tres o cuatro trincheras. Firmado: El Fundi. Con dos miuras buenecitos, que los hay

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CdB 14 de abril. 2020. Bitácora. Van Gogh, revisitado. Treinta días de confinamiento en Madrid.

El sol de Van Gogh, que no te abandona nunca. Cartas a Theo. Paisajes contados, pintados. El huerto de la abadía de Montemayor. Tarascón.

VAN GOGH es adictivo. El Van Gogh de Arles y el de la vecina Saint-Rémy, donde se gestó la segunda mitad de su estancia de dos años y medio en la Provenza. En Saint-Rémy vivió casi confinado los últimos doce meses de esa época, tan azarosa y fértil. En poco más de dos años dejó pintados casi la cuarta parte de sus cuadros. Doscientos. La cifra asombra. Deslumbrante.

El primer día que Van Gogh puso pie en Arles estaba nevando. 21 de febrero de 1888. Se lo cuenta a su hermano Theo en la primera de las muchas, muchísimas cartas que se cruzaron en una copiosa correspondencia de casi veinte años. Y escribe: “Los paisajes nevados contra un cielo tan hermoso como la nieve son idénticos a los paisajes de invierno que pintan los japoneses”. Impresión de recién llegado, que en menos de un mes sufrió los fríos y las heladas de un cruel golpe de invierno y el azote de dos semanas de mistral. “Tan seco y frío que se te pone carne de gallina”.

Pero comprobó también la mudanza tan singular del tiempo. Vio florecer un almendro no dice dónde. Lo pintó con el cuidado y la técnica de los artistas japoneses que tanto veneraba. Instalado en la rue Cavalerie, se empeñó en uno de sus primeros estudios: la senda flanqueada de plátanos que lleva desde la estación a la Place Lamartine. Por donde se llega a Arles. Y por donde se sale. En tren, naturalmente.

Si se conoce el país, se entiende en el sobrio relato de la primera carta que el viaje de París a Arles discurrió por la primitiva línea de Lyon a Marsella, por Avignon y Tarascón, cuatro de las diez ciudades blancas de la colección de paisajes que Joseph Roth describió tan apasionadamente treinta y tantos años después de la llegada de Van Gogh, que venía, igual que Roth, huyendo de un París que le asfixiaba.

Con prosa de alucinada lucidez y, por tanto, próxima a la de las muchas cartas que sin pretensiones literarias remitió desde la Provenza a su hermano, a veces se recrea Van Gogh .Una enumeración de un frondoso huerto de marjal junto a la abadía benedictina de Mont Majour. “..un cañizal, una viña, hiedras, higueras, olivos, granados de flor gruesa de vivos tonos anaranjados, cipreses centenarios, fresnos y sauces, encinas…” . Y una impresión sucinta de las ruinas de la propia abadía: “…escalera semiderruidas, restos de ventanas ojivales, bloques de peñas blancas cubiertas de liquen y trozos de muro desplomado esparcidos por el verde suelo herboso”. Todo lo cual se traspuso al cabo del tiempo a un óleo muy abigarrado. Una puesta de sol. De las más luminosas de la historia de la pintura.

El tramo ferroviario de Nimes a Arles tenía que estar necesariamente en uso en aquel invierno de 1880, pero también el de Lyon a Arles por Aviñón sin el desvío de Nimes,  y para el viajero de París sería más conveniente esta otra ruta. Solo que si llegas a Arles desde Nimes, tienes la fortuna de cruzar por los dos puentes o viaductos sobre el Ródano que unen o separan Beaucaire y Tarascón. En Tarascón confluyen las dos líneas. Las dos ciudades, enfrentadas por dos anchos brazos del río, conocieron época de un esplendor ya perdido.

El paisaje “de inmensas rocas amarillas, de imponentes formas embrolladas” que menciona en la carta de la nieve Van Gogh es el del camino de Aviñón, donde el paisaje suave se rompe de repente y pasajeramente. Medir los pasos y paseos de Van Gogh por el entorno todo de Arles es un trabajo fascinante y no sé si interminable o ya terminado.

La senda Van Gogh en la ciudad está rigurosamente señalada. Identificadas todas las imágenes. Los cuadros no están aquí. Hay que venir de casa con el catálogo más o menos entrevisto. O estudiado, como hacen los peregrinos japoneses. Pero, si no, la sorpresa sola sobra. Las pinturas cegadoras de esos dos años y medio se han difundido por todo el mundo. Más que las de cualquier otro pintor contemporáneo. Más que Cezanne, más que Gauguin.

La adicción no solo es insuperable, sino que va creciendo con el paso de los años. El número extraordinario, formato folio, que Le Figaro lanzó con motivo de la exposición Van Gogh en el museo d’Orsay en 2014 se sigue reeditando sin desmayo. En Madrid estaba a la venta a principios de año. Lo compré en el kiosco de Puerta Cerrada, que es, junto con el de Ópera, el mejor del barrio. Quiosqueros de tercera generación. Saben ponerte la imagen de uno de los autorretratos de Van Gogh por delante. Para que piques un irresistible anzuelo. Por nueve euros y veinte céntimos. Vale la pena.

A esta hora tendría que estar durmiendo en casa, y así será dentro de nada, pero con el cansancio del largo viaje de siete horas en el tren de Marsella y no con la paz tan laxa que conmemora justamente treinta días de confinamiento. He contado cuarenta y ocho balcones en el tramo de calle que puede contemplarse desde mi atalaya. Y veinticuatro buhardillas. Han pasado dos gorriones de cortejo a mediodía. Vuelo por delante de mi balcón. En el jardín del número 10, que fue en tiempos patio de convento de monjas hospitalarias, anidan muchos pájaros. Los mirlos cantan. La idea del barrio como un paraíso. No tanto.

Última actualización en Miércoles, 15 de Abril de 2020 22:56