TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

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BARQUERITO. Escritos de confinamiento (11) Una crónica vieja (9)

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El texto viejo es la crónica de la segunda corrida de las ocho propias del calendario de San Fermín, Año 2006. Toros tremendos de Dolores Aguirre. Uceda Leal se libró por pelos de una seria cornada. Un banderillero entonces recental, Álvaro Montes, poco después encuadrado en la cuadrilla de El Juli, me llamó la atención por su talento precoz. Fue corrida de las de pasar miedo. Hace un mes, todavía en Castellón de paseante y ya enterado de las suspensiones de Fallas y Magdalena, me hice el cálculo caprichoso de que tal vez en julio y en Pamplona precisamente podría empezar la temporada. Y ahora está claro que no.

Y la bitácora fresca del día, sobre el caballo de La Camarga, elaborada con la ayuda de dos libros que a mano tengo: una guía excelente de la Camarga, que compré hace mucho tiempo y a precio de ganga en la librería de viejo de Gilles Barbero, que tiene una colección extraordinaria de carteles taurinos, y el librito de Joseph Roth que inauguró la colección de Paisajes Narrados de la Editorial Minúscula el año 2000. Lo daba por perdido en las montoneras de casa. Pero ayer, en pleno paseo confinado y virtual por Arles, apareció en mitad de la manigua para relectura deleitosa a la hora de la siesta.

Salud!.

Textos viejos: 8 de julio de 2006. TOROS. Crónica de la corrida de Pamplona.

Uceda Leal salva el pellejo de milagro

 

Ileso, sólo vapuleado y con la taleguilla destrozada tras ser cogido en la ingle por el primer toro de Dolores Aguirre, el único bueno de una corrida imponente y difícil

Pamplona, 8 jul. (COLPISA, Barquerito)

Seis toros de Dolores Aguirre, de gran cuajo, muy ofensivos, altos de agujas, con mucha plaza. Corrida de muy desigual empleo en el caballo, lidiada a la defensiva y deslucida en conjunto. La falta de fijeza y un repetido intento de huirse fueron notas negativas. La movilidad y la presencia, las positivas. Fue buen toro el primero, de noble estilo. Uceda Leal, vuelta al ruedo y silencio. Dávila Miura, silencio y silencio tras un aviso. Fernando Robleño, silencio en los dos.

Pamplona. 4ª de feria. Lleno. Veraniego.

LA CORRIDA DE de Dolores Aguirre sacó el cuajo de siempre o más, pero sólo dio un toro notable. El primero de los seis. Casi seiscientos kilos, pero repartidos equilibradamente. Volumen descomunal, cuerna abierta. Muy ofensivo, se medio descaró y emplazó de salida. Al posarse en la misma boca de riego, su estampa de toro desafiante creció dos palmos. Friote, algo abanto, tardó en arrancarse en serio. Tardaron mucho en llegarle. Un puyazo corrido, fu al caballo en la segunda puesta y, al relance y en el segundo viaje, una vara en toda regla, larga, muy sangrada. Picaba Manolo Mazo. No suele temblarle el pulso. Aunque hubo quien protestó que el puyazo fuera tan largo, a la hora del balance resultó solución providencial.

Apretó el toro sin ahogarse, se sangró hasta la pezuña y vino a quedarse bastante suave. Desentumecido y descolgado, rompió en pesante tranco de medio galope, fue pronto en banderillas, se iba algo suelto pero volvía contrario. Fue, en conducta general, un toro muy clásico en el encaste Atanasio. Una punta de brusquedad, pero el toro humilló, atendió al toque, metió la cara y repitió con codicia. Si no iba o venía tapado, se descaraba como en la salida, desparramaba la vista. Esa gota de toro mirón fue parte de su personalidad. Tanto como su potencia o su movilidad.

Uceda Leal vio lo que había delante antes de ponerse y brindó al público. A todos sorprendió con una apertura temeraria: un molinete de rodillas dibujado sobre el primer viaje del toro a la querencia. Reclamado para el segundo de serie, el toro se vino en viaje más forzado y menos controlado, Uceda siguió de rodillas, pero en el embroque se le metió el toro por la mano izquierda y lo empaló por la ingle. El susto fue extraordinario. En el suelo buscó el toro a Uceda y lo volvió a empalar y sacudir, se lo echó a los lomos y lo bañó con la sangre que por lomo y costillar había esparcido como un reguero el duro puyazo de Manolo Mazo. La elegante taleguilla de seda albaricoque estaba rota en dos sietes a la altura de ingle y bragueta, Uceda parecía conmocionado. Culera y entrepierna estaban teñidas de sangre. Se pensó en una cornada grave.

Fue excelente el quite de toda la gente –Bermejo, Campano, Eduardo Dávila- y el toro soltó la presa para atender a reclamos y capotes. Apoyado en la barrera, Uceda se refrescó y repuso. No tardó en volver al toro. Algo nervioso, y quién no, pero tan convencido como antes. Sólo que en mejor terreno: le tapó al toro su natural querencia de toriles. Y ahora, le puso la muleta por delante y lo trajo embarcado y tapado. Respondió el toro con templado viaje. Una tanda buena, jaleada, emotiva. Y otra igual enseguida. Perdió pie Uceda Leal en un tropezón pero no hizo por él esta vez el toro. Antes de que llegara al quite la gente, ya estaba Uceda en el cacho otra vez. El embroque de la voltereta primera tuvo su golpe de fortuna: si Uceda llega a estar de pie y no de rodillas, la cornada habría sido de las trágicas. Esta caída le dio a Uceda nuevo asiento y confianza.

No llegó a encendérserle del todo la lámpara de las grandes ideas, pero Uceda supo aguantarle al toro dos pruebas y otras tantas miradas. Todo fue por la mano derecha, salvo una tanda menor por la izquierda. El toro se empleó por ese lado sin gana ni recorrido. Antes de cambiar la espada, Uceda se bebió un buen buchito de agua. Todo el mundo tenía la garganta seca. Después, Uceda tomó una decisión no fácil de entender: atacar en la suerte contraria y salir por el terreno en que más pesaba el toro. Un pinchazo. Pero el segundo ataque fue idéntico y entonces cobró una estocada de bella factura, inapelable. No de la categoría de otra que cobró en el cuarto toro para tumbarlo sin piedad ni pena. Ese cuarto, que derribó en varas pero salió zumbado del derribo y el coleo, se frenó distraído, mugió y se defendió. Ni un duro por él. Salvo esta estocada extraordinaria.

Lo más brillante del resto de corrida lo hicieron con el capote Fernando Robleño, firme y templado en el recibo del sexto, y Álvaro Montes, banderillero de la cuadrilla de Dávila Miura. La manera de sujetar y adormecer los arreones del quinto de corrida en banderillas, y antes y después, dejaron ver en el joven Montes un capotero de mucha calidad. Eduardo Dávila anduvo desconfiado con sus dos toros: un segundo sin ninguna fijeza y andarín, y un quinto ababosado, apagado, mansote. Robleño hizo esfuerzo y gasto con un tercero blando de mucho dolerse que pegó trallazos a final de embroque. Y repitió sin mejor suerte con el sexto. Un toro cinqueño que por la mañana se había descolgado del encierro y sembrado cierto pánico. Del toro se cuenta que estuvo en los sanfermines  de 2005 de sobrero. Se contaba. Fue toro de espectaculares huidas, formidable presencia y terrible resaca.

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CdB. 13 de abril. 2020. Madrid. Escritos de confinamiento. (11)

Fin de fiesta. Caballos de la Camarga. La visita de Joseph Roth a la Roma de los galos. Viaje de vuelta. Dos maletas a rastras. El tren de las 8 y 10.

DESDE LA invención en 1965 de la feria de Arles, la corrida del lunes de Pascua, menos mundana que la del domingo, ha tenido el sello de la dureza. Toros duros de manos, agresivos. Aire de corrida antigua: por la fiereza latente, la manera de pelear en varas y de aprender y resistir. Iba a haber sido esta vez una de Miura. No pudo ser.

Se ha convertido en tradición que la mañana del lunes se celebre un festejo de rejones que suele darse a plaza llena. Antes de domarse, el caballo es en la Camarga una especie de dios salvaje. Se tiene por símbolo de la libertad nómada. Reclamado por su instinto, galopa en manada con un brío fantástico por su ritmo. Y sorprendente por su docilidad gregaria al sentirse libre, suelto y solo. No tan solo.

Hay un mediometraje de los años 50, Crin Blanca, de Albert Lamorisse, que cuenta en clave casi mágica la historia de un niño y un caballo camargués en comunión. La película se rodó entera en una Camarga todavía más virgen, mucho más que la de ahora. El tordo en sus distintas fases es el pelo propio de la raza. La raza, tenida por autóctona, debe de derivar de un cruce antiguo instalado en las ciénagas del grandioso delta del Ródano.

En su brillante  y didáctica Guide de la Camargue, publicada en 1986, Pierre Dupuy no suscribe la tesis de que la camarguesa sea raza cruzada con la árabe, y predominante en el cruce. El temperamento dulce del caballo una vez domado abonaría la tesis. Sus características físicas –talla llamativamente corta, remos cortos y ligeros servidos por flexibles y potentes tendones, el dorso combado, largo el tronco- sostienen la idea romántica de que el caballo camargués es “un reflejo del sol y del clima, y, además, del hombre y de su civilización”, según lírica definición de un Georges Bideault que dirigía a fines de siglo la remonta y el criadero de Uzès.

La especie bordeó la extinción en el periodo de entreguerras. En 1927 –datos siempre fidedignos de Pierre Dupuy- se contaban tan solo quinientos ejemplares. Mil en el censo de 1892. Tres mil quinientos en 1807. Cuatro mil en 1551. La curva descendente llevaba al abismo. Hasta que a mediados de los años 60, cuando la película de Lamorisse había sorprendido a medio mundo, los propios criadores del país elaboraron un libro genealógico que vino a fijar para siempre la regla genética. Y su peculiar condición.  “Sobrio, veloz, ágil, valeroso, resistente, capaz de aguantar abstinencias prolongadas y de cumplir trayectos largos”. Los ojos saltones y sus muy tupidas y luengas crines blancas completan el retrato.

El caballo dejó de trabajar en el campo cuando la agricultura se mecanizó. Al racionalizarse en la Camarga la cría de bovino charolés, lemusín y americano de Arizona y Florida, cesó su actividad de pastoreo. Y a partir de entonces vino a ser lo que ahora es: ayuda clave en el manejo campero de la raza camarguesa brava y de lidia y, en fin, caballo de paseo, que luce en las cabalgatas solemnes de septiembre, cuando la feria del Arroz.

Y no solo. Hace ahora dos años, cuando murió Luc Jalabert, jinete extraordinario –rejoneador profesional mientras estuvo activo-, criador de bravo y agricultor después, el empresario que relanzó a principios de siglo los toros de Arles, los caballos camargueses, enlutadas las mantas bajo las sillas de montar, sueltos los estribos,  llevados de las riendas por vaqueros destocados, formaron en el sepelio una especie de guardia de honor en el fúnebre desfile desde las Arenas del anfiteatro hasta las gradas de San Trofimo.

En “Las ciudades blancas”, la colección de artículos que Joseph Roth escribió en 1924 para el Frankfurter Zeitung dando cuenta de su primer y único viaje a la Provenza -“a las ciudades con que había soñado de niño”- se incluye una parada breve en Nimes y Arles, agrupadas las dos ciudades en un solo capítulo. No es el mejor de los diez de la serie, que seguramente se fue publicando por entregas. El mejor de todos es, por cierto, el penúltimo. Una descripción de Marsella verdaderamente fuera de serie, obra maestra.

En el reporte conjunto de Nimes y Arles, sale ganando Arles. “Toda la ciudad tiene algo de la serenidad fresca y antigua de un claustro y mucho de piedra vegetativa y de vivo mármol. Muros, paredes, monumentos y fragmentos cobran vida al cabo de los siglos y se vuelven aún más vivos con cada siglo que pasa. Los viejos muros adquieren cada año mayor sonoridad, como viejos violines. Arles posee estas piedras vivas”. Y un poquito más: “Arles es también una ciudad blanca, pero tiene el blanco plateado de la edad, no la blanca pompa de la eterna alegría. Está al sol como un atardecer cubierto del musgo verde de los recuerdos”.  El texto, de la lograda traducción de Adan Kovacsics para la edición española de Editorial Minúscula, Barcelona, año 2000.

Y a esta hora de la noche, en fin, estaría cerrando yo maletas, dos siempre, y las dos pequeñas cuando es viaje de diez o más días, El tren de Arles a Nimes, que es el Marsella San Carlos a Burdeos San Juana, a las 8 y 10, para empalmar en Nimes con el ave-talgo de Marsella a Madrid. Con tiempo bajo, no se sirve el desayuno de los martes antes de hora, enfilo cuesta abajo la Ronda que circunda el Anfiteatro, tomo la rue Voltaire desierta, cruzo la plaza silente, despacio arrastro al paso el equipaje por la calzada adoquinada de la rue de la Cavalerie y me vuelvo en la esquina de 4 septiembre para contemplar la última silueta del circo y la fuente Amadée Pichot, que no se parece a ninguna y, empotrada en un chaflán, ornada de piezas cerámicas, es seña de vida como cualquier fuente. Bordeo la place Lamartine, casi tan ovalada como el propio anfiteatro, dejó a la izquierda el Gran Ródano apacible, enfilo la rue Talabot y entro en un diminuto paraíso: la Gare. La estación.

Última actualización en Lunes, 13 de Abril de 2020 23:30