TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

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BARQUERITO. Escritos de confinamiento (7). Textos viejos (6).

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Una bitácora extravagante: En Arles tenia que estar durmiendo a estas horas de la noche en que dejaron de ladrar por fin los perros

El texto viejo es la crónica de una corrida de la Vendimia de Nimes. De septiembre de 2015. La alternativa de Roca Rey.

Salud!

 

 

CdB 10 de abril. 2020. Escritos de confinamiento (8)

Campanas, perros, La Mamma. Viernes Santo en San Trofimo. Arles sin toros

DESPUÉS de los aplausos rituales de las ocho en los balcones se oye ladrar nerviosos a los perros de la calle. Los paseantes y los confinados. Ladra uno y parece dar a entrada al coro. En segundas residencias del entorno de Madrid capital es costumbre extendida dejar perros guardianes entre semana. La guardia se hace ladrando. Y pasa lo mismo que en estas calles de barrio viejo.

Creo que el perro recobra un instinto perdido o domado pero siempre latente. Sobre el sentido del ladrar se ha escrito largo y tendido. Pero sospecho que no se ha estudiado el asunto en las circunstancias de estos días. Calles vacías, sonidos recuperados y antes ocultos. Por ejemplo, el tañido de campanas que apenas se tocaban y sentían hace un mes. Las de la Colegiata, San Pedro, San Miguel o San Andrés. ¿La Almudena también? Lo dudo. Curiosidad sin satisfacer.

Por el bar de Otero pasaba en tiempos el sacristán de San Pedro, que era, además de sacristán, campanero. En la festividad del Viernes Santo el doblar de campanas en señal de duelo se sigue respetando en las iglesias donde se oficia la liturgia pascual. Por ejemplo, en Arles, donde tendría que estar ahora mismo. Justamente ahora. Recién cenadito en La Mamma, rue de l’Amphitheatre: un bien servido plato de roquefort, una jarrita de cuarto de vino tinto -un cuartillo, decía en el pueblo de mi difunta madre, que nació  por cierto un Viernes Santo-, un tiramisú casero de receta saboyana y un chupito de limoncello en copita helada.

No en la terraza, donde los fumadores ajenos al ruido vitriólico de la verbena de la Place Voltaire; tampoco en el salón delantero, que es el noble, iluminado por puerta acristalada de bistrot; sino casi en la trastienda, frente al horno grande donde se fraguan las pizzas, que gozan de fama en toda la ciudad y se pueden reservar por teléfono y recoger siempre a tiempo y a punto.

Las mesas del rincón del horno son más tranquilas que las del salón. La barra de servicio estaba en tiempos justo a la entrada. Pero un invierno, hace tres años, la signora Laura decidió trasladarla al fondo, en la zona del horno, en manos de pizzaiolos bien enseñados.

He conocido tres pizzaiolos en los años que llevo de cliente fijo, y amigo fiel de la casa y la familia. Primero, un muchacho oriundo de Taranto, en la Apulia, italiano del sur, que soñaba con irse a vivir con Inglaterra porque no veía futuro en Arles. Un paisano o un primo, un pariente de la Apulia, le había contado que en Londres un pizzaiolo joven y experto se podía hacer rico, y hacer viajes a Nueva York, y hasta quedarse a vivir allí. Un año llegué por Pascua y había volado el tarantino soñador. En los restaurantes, y en los hoteles, no procede preguntar por alguien que sospechas o das por seguro que ya no trabaja allí. Pero me tomé la confianza de hacerlo. Respuestas vagas. Entonces conté lo de Londres. El vuelo del aguilucho. Una película. Del sueño del pizzaiolo no tenían noticia.

Dos años después estaba trabajando en el restaurante italiano de la esquina de la rue du 4 septembre. Un restaurante ful. Con barra a la calle castigada por altavoces. Aquí no se encargan pizzas ni creo que las hagan. Serán de supermercado, porque en la otra esquina, en chaflán, hay uno de esos que abren todos los días del año y tienen casi de todo. En Arles no hay bazares chinos. Sí teterías árabes, pero apenas en la almendra del casco viejo. Supongo que el pizzaiolo se arrepentiría, como siempre que se viene de un desengaño y se despierta.

El pizzaiolo que remplazó al emigrante chamuscado era un pacífico prejubilado. Tupida cabellera cana, gafas que a veces se empañaban con los vahos del horno, fuerte. Muy habilidoso y ágil en el manejo de la paleta, que parecía en sus manos un ligero juguete. Como un palíllo del diábolo. Hombre de pocas palabras. El oído atento, pero las órdenes llegan en La Mamma siempre por escrito y en papel de copia, como en los restaurantes clásicos.

Cuando la huelga salvaje de los ferroviarios franceses, la primera de las dos que he vivido en primera persona, el viejo pizzaiolo me llevó hasta Nimes la noche en que estaban a punto de dejar de funcionar los servicios mínimos. Que dejaron. Y en ese viaje, en coche, por la carretera antigua, la secundaria, ya de noche, descubrí lo que siempre había presentido: su cordialidad, su apacible conciencia de hombre feliz y ya de vuelta. Su olfato, herramienta clave del pizzaiolo bueno. Saber en qué momento se fundió la mozzarella sin tener que mirar el reloj. El perfume del orégano, en fin. Y el retiro bien ganado. Llevaba trabajando desde los diez años. Medio siglo. No entendía las razones de la huelga.

Al lado del horno había, y ahí seguirá, una silla de asiento de anea y respaldo de madera, como la del cuadro de la época Arles de Van Gogh, la de su dormitorio de la Maison Jaune, y en esa silla se sentaba el pizzaiolo entre aviso y aviso de pizzas. Margarita, romana, napolitana. Solo las reinas de la tradición italiana.

El puesto lo heredó la misma dama que llevaba la barra. Me pareció no una conquista nueva del feminismo, que echó en Francia raíces hace tanto, sino una ruptura con la imagen convencional del pizzaiolo, papel reservado para varones exclusivamente. El cambio no se habrá notado. La clientela, la misma. Venían en busca de la pizza de encargo y en el mostrador de pagos se paraban a hablar con la dueña. Un rito.

El Viernes Santo choca en una ciudad tan pagana como Arles, donde se desmocharon y desacralizaron tantas y tantas iglesias. San Julián, San Cesáreo, San Honorato, Santa Ana. De los conventos apenas quedó más rastro que el de capillas reconvertidas en salas de exposiciones o en centros de acción cívica o política. Se salvó San Trofimo, en la plaza de la República. Por una razón de sentido común. El pórtico y el claustro son obras maestras del románico. El templo, de otra manera, también. Y aquí habrán doblado a las tres de la tarde las campanas. Doblando a muerto. Las campanitas de La Major, que es la parroquia capital pese a su escasa relevancia, tocan todas las tardes a la hora de los toros. Este año la feria de Pascua se suspendió.

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TOROS. Crónica de la corrida de Nimes.

Se juega el pellejo Roca Rey

Alternativa emocionantísima del torero peruano

Ponce firma una faena relevante y poderosa con un toro difícil

Alardes soberbios de Juan Bautista con los aceros

Corrida de tres hierros y muy desigual. Un excelente juampedro.

Nimes, 19 sep. (COLPISA, Barquerito)

Nimes. 4ª de la Vendimia. Lleno esponjado. Soleado, fresquito, algo ventoso. Dos horas y cincuenta y cinco minutos de función. Cuatro toros de Victoriano del Río -1º y 6º bis, con el hierro de su nombre, y 2º y 3º, con el de Toros de Cortés- y dos toros -4º y 5º- de Juan Pedro Domecq. Enrique Ponce, oreja y dos orejas tras dos avisos. Juan Bautista, oreja tras un aviso y dos orejas tras un aviso. Andrés Roca Rey, que tomó la alternativa, oreja y oreja. Picaron bien Puchano y Paco María a segundo y quinto. Ovacionado Iván García tras banderillear al primero.

LA MATINAL DEL SÁBADO de la Vendimia –Diego Ventura y El Juli, y más nadie- fue una corrida pastiche. Dos de los tres toros de Victoriano del Río que El Juli mató no tenían el menor trapío. El otro pasó por mínimos. Inválidos los tres. El Juli firmó alguna cosa suelta notable, pero estuvo desdichadísimo con la espada. De los tres toros despuntados de Sampedro que toreó Ventura, el primero fue excelente; los otros dos se apagaron tras llevar clavada una decena de hierros en el morrillo. Esos dos fueron muy enmorrillados. Como dianas. Mucha gente, más de dos horas, mucho calor. Un espectáculo impropio de feria mayor.

La corrida vespertina, del cupo de las interminables, fue un chorro de emociones. Se esperaba y anunciaba la alternativa de Roca Rey como uno de los dos acontecimientos de la feria. Y lo fue. Por una razón irrebatible: el joven torero peruano se jugó alegre o dramáticamente la vida. Sin trampa ni cartón, sin renunciar a nada, desafiante. Desde el mismo comienzo –siete mandiles ceñidísimos para saludar al toro de la alternativa, de Victoriano del Río, bien armado- hasta la hora de enterrar arriba la espada para acabar con un sexto bis, sobrero del propio Victoriano, que no hizo más que pegar hachazos, tarascadas, gañafones y cornadas al aire.

Toro descompuesto, revoltoso, violentísimo, tan agrio como el que más. La bayoneta calada, las antenas puestas, pura gresca. No es que fuera toro de sentido –tuvo a su merced a Roca Rey tendido en el suelo e inerme y no llegó a hacer por él- sino que solo se defendía a trastazos. Habría procedido una faena de castigo y aliño, y fuera. Pero Ponce y Juan Bautista llevaban para entonces un botín de tres orejas cada uno, y Roca se sintió obligado a igualarlos en premios.

Habría podido ser con el sexto de sorteo, uno de Juan Pedro Domecq gacho, abierto de palas y negro zaino, que se lastimó al cobrar la primera vara, se quedó cojo y fue devuelto. Roca puso a la gente de pie al lancear de capa con arrojo insuperable: el capote a la espalda y en los medios sin más preámbulos, gaoneras de ajuste mayúsculo, una larga cambiada de rodillas y otra en la suerte natural y en vertical de lindo dibujo; y un galleo de frente por detrás. Casi todo en el mismo paquete. Pareció empezar otra corrida.

Retomar el hilo después de los triunfos bastante redondos de Ponce y Juan Bautista parecía misión imposible. No para este torero nuevo tan ambicioso, que ya en el toro de la alternativa anduvo firmísimo, relajado, caído de hombros, toreando con los vuelos, o intentándolo al menos en serio. A ese primero lo mató de buena estocada con vómito. Al sexto de un sopapo formidable. Una cogida pareció abrirle la herida todavía sin curar del toro del muslo derecho. Roca Rey celebró el triunfo cojeando. Éxitos paliativos del dolor. Gran escaramuza.

Los cuatro toros restantes fueron distintos de todo: de hechuras y condición. Salió beneficiado Juan Bautista, porque el tercero fue, de los cuatro de los Del Río, el de mejor aire: fijeza, nobleza, entrega y ritmo; y el quinto, de Juan Pedro, remangado pero estrecho de sienes, finas cañas, gran remate, tuvo bravo son pero no se negó a nada. Estaba o estaría rendido tras una faena de no perdonar ni una baza, pero todavía tuvo el detalle de arrancarse al cite de Juan Bautista a recibir con la espada. Y, hasta el puño el estoque, la generosidad de rodar sin puntilla.

Juan Bautista hizo del descabello del toro de Victoriano que mató por delante un espectáculo de arte. Mandó taparse a todo el mundo, la muleta blandida y jugada con la zurda, y despenó con impecable puntería al toro. Con los dos supo templarse, aunque abusando del toreo ecléctico tan del gusto francés, que intercala y salpica las series en la suerte natural con juegos de manos, toreo cambiado, faroles y, siempre, espléndidos pases de pecho. Roca Rey había salido a quitar al quinto algo temerariamente –chicuelinas y tafalleras, una buena revolera- y la réplica de Juan Bautista fue terminante: crinolinas, gaonera y revolera. Y ahí queda eso.

De las dos faenas de Ponce la mejor con diferencia fue la primera porque el toro de Victoriano no llevaba las orejas colgando precisamente. Hubo que pelearse. Apareció el Ponce de formación y poder camperos, dominador, sabio saco de recursos, inteligencia para administrar las alturas del toro sin violentarlo, suavidad cuando el toro pidió la cuenta. Y valor. Y una notable estocada de la que salió cojeando.

La cojera iba a condicionar los terrenos de la otra faena tanto como un ligero viento que en tablas revolvía demasiado. Toro pajuno, apagadito, edulcorado, cuyo fondo de bravura solo apareció a la hora de doblar con una resistencia impensada. El trabajo de Ponce, teatralizado hasta la exageración –cosas de aquel Javier Conde que aquí tuvo su público-, tuvo su parte pomposa y hueca, pero también pulso del bueno para aquilatar las medias embestidas casi agónicas del toro, venido abajo en tablas. Las pausas se celebraron como si fuera toreo del caro. Después de vender humo al peso, Ponce tuvo el gesto de tirarse a matar como si le fuera en el empeño no se sabe cuánto.

 

Última actualización en Lunes, 13 de Abril de 2020 19:51