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Se torea como se és. Juan Belmonte

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BARQUERITO. Escritos de confinamiento (6). Textos viejos (5)

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El texto viejo, encontrado en un pendrive que tenia perdido, trata de Castellón en 2015 con un homenaje sentido a Pepe Sospedra y a sus inolvidables arroces marineros.

El de la dieta confinada evoca las ruinas romanas de Nimes contempladas desde la ventanilla del tren

Salud!

 

CdB 09032015. Textos viejos. 9 de marzo de 2015.

Castellón

ANTEANOCHE había en uno de los mostradores del Mesón Navarro seis cabezas de cordero asadas en una fuente. Solo faltaba el punto de temperatura del microondas. La bomba atómica. Hay tantas maneras de comerse un cordero que más vale no entrar en el asunto. El sexo de los ángeles, las cabezas de cordero.

¿Edad del cordero? Esa es otra. Lechal, recental. Y esas cabezas, que duelen no poco. Láminas de ajo, un chorrito de vinagre. Las cabezas se ponen boca arriba. Para que no se vean los ojos. La mirada del cordero degollado, que es tan triste. La mirada de la víctima indefensa. Una cabeza de cordero se conserva bien en la nevera o en fresquera tres o cuatro días. No ha hecho falta esperar: pasé por el Navarro a las diez de la noche a tomarme mi riojita de crianza y no había ni rastro de aquellas cabezas.

Las cabezas son vísceras, si toca clasificar los alimentos por categoría. Pensar con las vísceras. Las patitas de cordero se cocinan con primor infinito en La Rioja, en Cantabria y en el norte de la provincia de Palencia. En Aragón hacen con los sobrantes del cordero auténticas obras de arte. Y si te gusta el arte, adelante. Pero los seis bodegones de anteanoche en el Navarro ya no están colgados en el museo. Se vendieron.

En estos días de Magdalena, el dinero corre que vuela. No hay mucho dinero: proliferan los bares de bocadillos. Pero los Navarro son los restaurantes para carnívoros de Castellón y resisten. En las parrillas de las tres casas de la familia –uno, en la calle de Don Amadeo de Saboya, otro en la plaza de Tetuán (a la espalda del gótico edificio de Correos) y un tercero en Obispo Climent, entre la Calle Mayor y el carrer Pescadors- se asan en brasas de temperatura bien medida toda clase embutidos sin curtir: salchichas blancas, rosadas, rojas y negras, longanizas del país, morcillas, chuletas, filetes.

Y se tuestan lonchas de pan que, una vez tostadas, se llaman en catalán “torradas” y, en dialecto de Castellón, “torraeta”. Es el pan pagés/payés, de hogaza de trigo, que tiene, como todo, su punto de tostura. Ni mucho ni poco. Suele servirse acompañado de dos morteros minúsculos. Uno, de salsa de tomate; otro, de ajoaceite muy cremoso. Aquí no se ven botellas de mostaza. De plástico las unas y la otra. Castellón tendrá sus pros y contras, como todo el mundo, pero aquí no hay ni MacDonalds ni BurgerKings ni nada parecido. Las manos y cabezas de los corderos, las tripas, los entresijos, la sangre, el flujo de las vacas locas.  Todo eso se pone en una bandeja. Boca arriba o boca abajo.

¿Y tú? Prefiero el cuenco de tomate triturado con ajo y aceite de Cabanes que sirve de aperitivo Pepe Sospedra en el Taninos –antes Casa Sara-en la calle de Joaquín Costa, entre la Avenida de Barcelona y la Ronda de Magdalena. Un restaurante delicado. Con un invernadero o patinillo donde crece generosamente la aspidistra tropical. Lo de Pepe son, antes que nada, los arroces. En ferias hace uno meloso de alcachofas, galeras y sepias cuya espuma esponjada se agarra a las paredes del caldero en que se cuece como la lapa a la roca. Dos jeques de un emirato vinieron a comer un día a Casa Sara aconsejados por un goloso y se sintieron tan a gusto que, después de un arroz de mariscos, pidieron otro, y hubo que ir a buscar langostas al Grao (el Puerto), y se esperaron hasta que se hizo el arroz a su fuego y tiempo dos horas después. Y cuando terminaron con el arroz, probaron todos los postres de Pilar Sospedra: tartas de coco y turrón, flanes de café, la célebre goshua vasconavarra, un culís casero de chocolate con fresones. La religión prohíbe a los pajes de los Reyes Magos la ingesta del carajillo de ron, que, tributo al imperio catalán en las Antillas, es un clásico de Sospedra. En Castellón hay restaurantes catalanes y no catalanes. El de Sospedra es de los primeros. Calidad. Hay fiestas de calçots en temporada, y baberos a propósito. Los emisarios del emirato le ofrecieron a Sospedra no sé cuánta pasta para que se fuera a vivir con ellos –a la casa del Emir- y a enseñar a guisar arroces a escuadras de pinches asiáticos. Cheque en blanco. Y no.

Los buques petroleros descargan en el Grao de Castellón y son las señas de su horizonte marino en línea de espera. Petróleo por arroz. Un arrozal es un campo misterioso. Apenas en Castellón, salvo en la zona norte. En Vinaroz, langostinos. En Bencarló, alcachofas. En Bechí, la clementina. En Veo, el níspero. Y la torraeta con aceite de Cabanes, Vilafamés y La Pobla Tornesa. Una cooperativa: el Pla de l’Arc. Los emires están en ello. Aquí resiste el olivo lo que haga falta. Va a subir de precio el aceite porque baja el petróleo. Y viceversa. La cabeza de cordero se asa con agua y vinagre. En la calle Pérez Galdós, junto a la Ronda de Mijares, vendía ayer una mujer bolsitas de cinco cabezas de ajos morados por un euro. Cabezas de ajo. Problema: ¿cuál será el precio de un diente de ajo? Solución: se multiplica el número de cabezas de ajo por los dientes de cada una de ellas y se divide el producto por cien céntimos de euro. La piel o pellejo de un diente de ajo tiene textura de seda. El carajillo de los Sospedra lleva en el fondo granos de café. Si sobas la seda del ajo, pásate luego los granos por los dedos. Los dedos de las manos.

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CdB 9 de abril 2020. Escritos de confinamiento (7)

Nimes: El genio de Talabot, huellas de Roma, cruasanes de mantequilla, Ibis, Ibis

TENDRÍA que estar ahora mismo camino de Arles haciendo noche en Nimes. En uno de los dos Ibis que hay detrás de la estación de ferrocarril. La Gare. Que es un notable y difícil edificio de dos plantas. En lugar clave del generoso vestíbulo –un piano a disposición de quien quiera tocarlo, una bien surtida librería con prensa, dos ascensores, escaleras mecánicas, techos abovedados o no- se rinde homenaje a Paulin Talabot, el ingeniero francés que en el segundo tercio del XIX fue pionero en la construcción y desarrollo de los ferrocarriles franceses. Un busto de bronce espléndido, ahora no recuerdo si instalado sobre peana romana o en una hornacina. La inscripción en letras doradas -¿o grabada en mármol?- , fiel a la retórica francesa, reconoce a Talabot su protagonismo indiscutido como ingeniero y empresario. Su espíritu visionario.

Venerable personaje. Uno de los santos laicos de la cultura francesa. Yo lo tengo en mi altar. La línea de Lyon a Marsella fue su magna ópera prima y Nimes, punto más o menos intermedio entre las dos capitales, resultó  beneficiada en el trazado del trayecto. Por delante de Avignon.

No he estudiado las razones de la preferencia, pero sí sé que la de Nimes es una estación palacial, de relativo lujo, y la vieja de Avignon, enfrente de las murallas, no tanto. Lo particular de la de Nimes es que los trenes circulan por la segunda planta y no por la primera. Y lo curioso es que en la planta baja no se siente ruido alguno a pesar de la densidad de circulación.

Nimes es un nudo de reparto. Nudo ferroviario, se ha dicho siempre en castellano. Hacia Marsella, hacia Lyon, hacia Narbonne –y de Narbonne a Toulouse-, hacia Clermont Ferrand. Hacia la Grau de Roi, su más cercano mar. Hacia la frontera de Port Bou pasando por Perpignan, pero también hasta el túnel de Le Perthus que atraviesa el Pirineo en un tramo de diez kilómetros, desemboca en el Alto Ampurdán y se detiene en Figueras, donde tendría que haber hecho noche ayer, y anteayer y el lunes también.

La conquista romana ya señaló a Nimes como sitio de privilegio. Lo prueban dos edificios realmente magníficos, la Maison Carreé y el Coliseo, destinados a oficios bien distintos. Los turistas japoneses, ejemplo insuperable de disciplina viajera, prefieren la comodidad del templo, su orden impecable, sus simetrías perfectas y la luz y el sagrado silencio de su interior. El ámbito debe de serles familiar.

El óvalo del Coliseo no consiente tanto. Las arcadas están bien alineadas, las sucesivas rehabilitaciones fueron limpiando las impurezas de piedra castigada y el circo, tan ligero pese a su volumen, se deja contemplar a pesar de estar cercado por tres de sus cuatro ángulos: el monumental Palacio de Justicia, las últimas viviendas y negocios del casco antiguo –el mercado, el Ayuntamiento, la Torre del Reloj-  y una línea menor de edificios en rotonda al cabo de la cual se instaló hace poco el pomposo, pretencioso y singular Museo de la Romanidad.

La Maison Carreé es un edificio exento, rectángulo visible por cualquiera de sus cuatro lados. El espacio interior del Coliseo carece del opaco silencio de los templos romanos, pero su sonoridad es excelente. Sorprende en una tarde de toros. El hotel emblema del Nimes taurino, el Cheval Blanc, muy elegantón, hace frente al Coliseo. La crisis obligó a reconvertirlo en alojamiento turístico. El comedor, de aire inglés, funciona como siempre. En la barra se puede pedir vino. Los de la Ribera del Ródano y Nimes, los tintos, son francamente buenos.

Los dos grandes legados de piedra romana marcaron el signo de la ciudad. Ni siquiera la revolución del ferrocarril descompuso su fisonomía. Entre la estación y el territorio propio del Coliseo se construyó un lindo bulevar –un paseo de estación clásico- que lleva el nombre de un militar, el mariscal Feuchères, benefactor de la ciudad, capitán general de la región y oficial distinguido en los Sitios de Zaragoza de 1808 no como sitiado sino como sitiador. Si glorioso pasado napoleónico y su destino imperial. Y, sin embargo, fue personaje desdichado. A la muerte de Feuchères ya estaba Talabot manos a la obra.

La reforma del Bulevar Feuchéres, completada hace tres años, fue un acierto. Una amplia acera central alberga en un lateral el rumor de una acequia artificial. Hay fuentes de surtidor, chorrito del piso, y también de llave y grifo. El arbolado es el propio de las ramblas catalanas: plátanos de paseo. No es un paseo frondoso, pero siempre presta. Centro de la ciudad, su nervio de circulación, pero sin apenas tráfico rodado. Es lugar silencioso, salvo a la hora de salida de un liceo. A las cuatro y pico de la tarde.

Delante de la fachada noble de la estación, la delantera digamos, ese bulevar tan bien plantado confluye con otro que lleva el nombre de Paulin Talabot. El café de la estación se llama Paul, pero no por Talabot, sino por la cadena de panaderías ilustradas nacida en París hace casi un siglo y recién instalada en España. En Madrid, en la calle del Arenal, casi en la Puerta del Sol, en los bajos del Palacio de Gaviria, se abrió a principios de año el primer Paul de la capital. Mayor que el de la estación de Nimes, pero igual de tentador. El cruasán, las crepes, los gofres, las tartas, los pasteles, los bocadillos, las ensaladas y un soberbio café de la Costa de Marfil.

Es más cómodo el Paul de Nimes que el de la calle del Arenal. La estación de Nimes tiene dos salas de espera, tal vez tres, una de ellas a la vuelta del bronce de Talabot, pero es más sensato esperar en las mesitas del Paul, altas o bajas, siempre en estado de revista y distanciadas como si estuviera prevista una epidemia.

Los dos Ibis de Nimes están en la trasera de la Estación. La red de los Ibis y familia está muy bien pensada. El caso de Nimes, por ejemplo: dos hoteles céntricos, siameses, comunicados por una puerta interior que los separa y distingue. El Budget –el barato- y el Styles, que no tanto. La diferencia de precios es sensible. El desayuno del Styles es mucho mejor. La sala para desayunar, mucho más amplia. Y se puede leer el Midi Libre. Procurando no mancharlo de mantequilla.


Última actualización en Lunes, 13 de Abril de 2020 19:50