TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

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MADRID. Crónica de Jorge Arturo Díaz Reyes: "Adolfo y Ferrera, oro viejo"

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El trapío y la personalidad de los adolfos, la torería de Ferrera, el valor de Castaño y Aguilar y el acierto de las cuadrillas brindaron una gran tarde de toros.

Ficha del festejo: Jueves, 30 de mayo de 2013. MDRID. Plaza de toros de Las Ventas. 22ª de San Isidro. Sol y uves en trade fresca. Casi lleno. Seis toros de Adolfo Martín, bien armados, en tipo y temperamento de la casa, 1° y 6° aplaudidos de salida. 4° y 6° ovacionados en el arrastre. Antonio Ferrera, saludo tras petición de oreja y oreja .Javier Castaño, silencio y vuelta tras aviso. Alberto Aguilar, saludo y silencio tras aviso.

Incidencias: Saludaron, David Adalid y Fernando Sánchez tras parear al 2° y Marco Galán y de nuevo Fernando Sánchez tras parear al sexto.

Con hilos de oro viejo trenzó Antonio Ferrera dos lidias completísimas, a dos exigentes adolfos, uno aplaudido de salida. Del primer lance a la última estocada, torero en todos los tercios, capaz, dueño de los terrenos, dominador, valeroso y emotivo, con capa, banderillas, muleta, espada y en el toreo a cuerpo limpio. Todo un director de lidia

Este otro Ferrera, menos espectacular  y más rotundo, rindió  a Las Ventas, plaza que no pocas veces le ha negado el pan y la sal. Hoy no. Hoy le pidieron las orejas con vehemencia tras las dos faenas. Le concedieron una. Eso es lo de menos, lo de más es como llenó la tarde con esencias antañonas, con evocaciones del romántico torero decimonónico, con esa seguridad de torero maduro y poderoso, de cuando los matadores protagonizaban y dirigían todos los tercios. Como revivió el auténtico sentido de la lida; poderle al toro. Sí señor, eso fue lo que hizo hace un rato el torero de Bunyola en el catedralicio ruedo.

Faenas con norte, lanceando con verdad, eficacia y por eso mismo con belleza, para parar, para colocar en suerte, para quitar. Seis pares de banderillas puso y se quedó de perfil, desplantado bajo las ovaciones atronadoras. Sesgos, cuarteos, quiebros, por los adentros, por las afueras, pero siempre por la cara, y luego templando al toro por medio ruedo, sin engaños, con solo su cuerpo.

Muleta en manos, diestra y siniestra, veraz y suficiente, a la medida del talante de sus toros, que se revolvían, los mandaba, que se paraban, los aguantaba, que no repetían los buscaba, de uno en uno, pero siempre ahí, por encima. Ejecutó al primero con estocada total delanterita, saludando tras una fuerte petición denegada, y al cuarto, cinqueño, con otra estocada y descabello preciso, para la oreja.

Pero es que la tarde toda fue reminiscente, de toros, de lidia, de contenido. Una tarde que no tuvo lugar para la retórica, para la pose, para las posturitas, porque los adolfos no lo permitían. Una tarde, quizá la más densa de la feria por la imponencia del trapío, por su temperamento, por esa soberbia del auténtico toro que sale a vida por vida, y a no dejarse tocar las nalgas de nadie. Dos aplaudidos de salida, dos aplaudidos en el arrastre, dos tumbos, y sobre todos ellos, y sobre todos los de las otras corridas, “Marinero”, el sexto, cinqueño, cuajado, bello en el tipo de su raza, número 7, de 554 kilos, cárdeno claro, listón en negro, con un par de velas, que tomó desde los medios tres estupendas varas de Tito Sandoval quien también se fue ovacionado.

Y los banderilleros de Javier Castaño. David Adalid y Fernando Sánchez con el segundo, y Marco Galán y de nuevo Sanchez con el quinto, en dos tercios de lujo saludados ambos montera en mano. Qué tíos, lucir así en la misma corrida de Ferrera y con esas púas. Cuatro tercios de banderillas de auténtico lujo.

Por su parte, el salmantino, el de los miuras, herido en la mano por su primer toro, fue a la enfermería, corrió turno y salió a lidiar al gran “Marinero”, mucho toro, vendado y con la motera puesta, quiso, luchó, apostó por quedarse ahí, pero siempre al filo del desborde. La gente aunque lo notó, valoró el significado que daba lo que tenía en frente, y al final, tras un pinchazo, media tendida, el descabello y un aviso, le hicieron dar la vuelta, después del arrastre glorioso.

Alberto Aguilar, trabajó a destajo, con más decisión frente al quedado tercero que como el otro le buscó las cosquillas y le desarmó. A uno lo mató al primer viaje, al quinto, corrido turno, le marró varias veces siendo avisado.

La corrida duró dos horas treinta y cuatro minutos, larga, pero nadie se cansó, y la gran mayoría se quedó hasta despedir la terna con aplausos y gratitud e irse contenta sin que hubiese anochecido. Qué diferencia con lo de ayer. Es que hubo toro y lidia... y emoción.