TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

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PAMPLONA. Artículo de Barquerito: "Ese toro enamorado"

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SOLO PARA MANSOS (Diario de Navarra)

El peso de un toro fue en tiempos secreto profesional. Solo estaban en el secreto los carniceros, que compran las carnes, y el empresario de la corrida, que compra el alma. La bravura. ¿A quién más puede importarle cuánto pese un toro?

Hubo en su día un pleito entre los ganaderos de Salamanca y los andaluces, y más vale no meneallo, pero el pleito se resolvió bíblicamente: con las tablas de la ley. Los salmantinos sostenían que los andaluces lidiaban toros sin carnes. Y eso les parecía privilegio y agravio. Tablas de la ley son las tablillas del peso que, según norma de hace cincuenta años, tienen que hacerse visibles en las plazas de primera y segunda.

Un reglamento quisquilloso, como los aduaneros antiguos, estableció topes de peso mínimo para los toros en función de la categoría de las plazas. Un absurdo. Esa ley sigue en vigor, ha sobrevivido a los devaneos de la normativa. Lo primero que se ve de un toro en una plaza no es otra cosa que la tablilla de su peso. Ese es el absurdo. En Pamplona se hace de la cuestión una inocente burla. A cualquier toro se le asigna en tablilla un número de kilos que sea múltiplo de cinco. De modo que en cero o en cinco termina siempre el gordo.

¿Gordos? Los toros de Pamplona no están gordos, sino bien comidos. El peso no tiene nada que ver con el trapío. O casi nada. El tocino y la velocidad, la gimnasia y la magnesia. Etcétera.
En punto a toros, se está viviendo en Pamplona una semana espléndida: las láminas, el cuajo, la variedad, el trapío. ¿Y el peso? Y el peso también. De cuantas corridas van de sanfermines la más diversa de hechuras fue ésta de El Pilar ayer jugada. Dos de los toros eran del segundo hierro del ganadero titular, Moisés Fraile. Los seis corrieron el encierro con un templa exquisito. Se relamían los corredores buenos. Lo imprescindible es que los toros puedan con los kilos. En la carrera de la mañana y a la hora de la justa. Pudieron los seis. Pero el que parecía mejor de todos –el primero de corrida, el que más pesaba- pareció romperse un tendón de una mano y no llegó a verse entero. Se llamaba Campanero. Como el toro enamorado de la luna.