TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

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PAMPLONA. Artículo de Barquerito: "Los altibajos"

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SOLO PARA MANSOS. DIARIO DE NAVARRA.

Lo que han tenido en común los doce primeros toros de San Fermín ha sido una alzada fantástica. Toros de los que montan tanto como los burladeros de Pamplona, que son los más altos de España, y, naturalmente, tanto o más que los propios matadores. Si dividiéramos los toreros en altos y bajos, y se pusiera el listón entre una categoría y otra en el metro setenta, saldría que cuatro de los seis espadas de estas dos primeras sesiones toristas pertenecen al grupo segundo. Ferrera, Joselillo, Rafaelillo y Robleño.

La talla, tanto con la longitud de los brazos o el tamaño de los avíos, es determinante en el toreo. Sobre todo, si se trata de vérselas con toros de tanta altura como los de esta docena recién despachada. Entre las muchas categorías diferenciales del toro de lidia cuenta no poco la que los distingue por su altura de agujas. La cota de la cruz, la cruz de la cota, que se reconoce mejor cuando está el toro de perfil y no de frente.

Las siluetas de los toros se trazan por el perfil de largo y no el frontal. Pero el que se pone delante de un toro sin más armas que un capote, una muleta o un par de banderillas sólo dispone de la vista frontal. A un toro conviene, entonces, poder vérsele la penca del rabo. Señal de que el toro es bajo. O de dimensiones razonables.

La corrida de Dolores Aguirre fue altísima para ser del encaste del que procede: Parladé-Tamarón-Conde de la Corte. La de Miura, siendo alta, no lo fue tanto. Lo propio del miura clásico es su flamante cruz. Gran cima. No solo eso. El toro que mejor se dio en la corrida de Dolores fue el más bajo de los seis. O el menos alto. No peleemos por ese matiz.

En esta miurada de ayer pasó algo parecido. El toro de más vivo fuego –el segundo de la tarde, cárdeno cinchado, de tronco redondito- era el que menos montaba y el que mejor se movió. Con la elasticidad de los toros proporcionados. También se empleó con diligencia el tercero, que fue alto de agujas, pero descolgó. Descolgar es casi tanto como humillar, pero no sólo al embestir sino antes de hacerlo. Descubrirse, dejarse ver. O sea, ser de fiar.