TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

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Desde Bilbao los "Timbales" de Paco Cerezo.

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Toreando al natural. Apunte de Paco Cerezo

Despierta la nueva temporada en pleno invierno, como florece la tempranera flor de las mimosas.

La huerta murciana y la serranía madrileña son las primeras en abrir sus puertas a los toros, dando un bocado al invierno a sabiendas de que al invierno no se le come el lobo.

Aún viva en el recuerdo la extinta temporada, ya suena el clarín de una nueva ilusionante.

Los aficionados rememoramos las grandes faenas, los toros bravos, los días de triunfo, olvidando las cornadas, pues al igual que los toreros, si no te sobrepones a ellas, no puedes seguir.

Y te recreas en las grandes faenas, en la variada interpretación de sus artífices, en su profundidad, en su técnica depurada...

Una técnica que no tiene techo.

Una técnica que ya se vislumbra en los primeros escarceos de los aspirantes, donde se nota la gran influencia de las escuelas taurinas en su función de cantera y formación de nuevos toreros, con la excepción del autodidacta que surge como de la nada, una nada que esconde un duro camino de aprendizaje a la buena de Dios.

Sin embargo, hay un punto flaco en la importante labor de las escuelas taurinas. No se puede estar a todo.

La suerte suprema, la suerte de matar.

Ahí el alumnado se comporta como cualquier reputado matador.

Cuanto más depurada es la técnica, es más chocante la mala interpretación de la hora de la verdad, que más bien parece de mentira.

El perfilarse, el marcar los tiempos, la mano que mata pegada al corazón, el deslizamiento de la muleta al pitón contrario... Toda esa belleza, cargada de emoción hasta llegar al embroque, ha desaparecido como por ensalmo.

Así vemos como preludio de la ejecución al torero como si se limpiase las zapatillas en un felpudo imaginario para verificar la suerte, que llevan a efecto con el brazo suelto y el estoque apuntando al cielo o al suelo, todo menos al morrillo, que es donde tiene que ir.

Urge recobrar la belleza y la emoción de la suerte suprema, hoy convertida en suerte postrera.

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Tampoco aficionados y espectadores no debemos ir de rositas, pues somos quienes toleramos y hasta aplaudimos la deficiente interporetación de la suerte suprema, cuando tendríamos que rechazarla de plano.

A ver si entre todos logramos que suerte tan importante recobre su antiguo esplendor.

Es cierto que todos los caminos van a Roma, pero hay caminos y andurriales.