TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

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"Antoñete, el gran clásico". Artículo de Barquerito.

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Agencia Colpisa

El último paseíllo de Antonio Chenel Antoñete en traje de luces fue hace algo más de diez años. El 1 de julio de 2001 en la plaza de Burgos. Acababa de cumplir 69 años. Todavía acariciaba la idea de llegar a torear en público a los 70. Lo impidió un ahogo con síntomas de grave arritmia mientras lidiaba el primer toro de corrida, que fue ya el último de los apenas mil que pudo matar en una vida taurina definida por una insuperable pureza clasicista –canon del toreo- pero marcada por percances particularmente inoportunos y una irregularidad atribuida a su mercurial carácter y al rigor de su espíritu independiente.

El escritor taurino Jorge Laverón, estudioso de la carrera de Chenel, definió en un impecable libro –“La Tauromaquia de Antoñete”- las varias etapas de su larga carrera como matador de toros, desde la corrida de la alternativa de 1953 a la de la retirada irrenunciable de 2001. “Antonio Chenel, Antoñete, torero. El mejor. Toreros de los toreros. Y figura a los veinte años. Acabado a los treinta. Acabado a los cuarenta. Mito a los cincuenta. Desde los años negros al mito, siempre el mismo, siempre el mismo: el maestro”.

El texto de Laverón subraya, con la idea del torero mítico, la importancia de la segunda vida taurina de Chenel: entre 1981, año de su reaparición formal tras cinco años de retiro, y 1985, año de su segunda retirada formal. Esta segunda retirada, como la de 1975, no fue en realidad la última, pues, encarecido su papel de mito entre aficionados nuevos y antiguos, todavía Antoñete vivió una tercera y breve vida profesional por dos cursos más, los de 1987 y 1988. En Bilbao, el 27 de agosto de 1988, le brindó a Manolo Chopera, el apoderado más querido de cuantos tuvo, la muerte del toro Moscón, sangre santacoloma del hierro de Dionisio Rodríguez, y a todos, incluida la gente de su cuadrilla y su familia, sorprendió con el anuncio de que ése era el toro del adiós.

Sin embargo, no lo fue del todo exactamente. Reclamado para festivales benéficos de toda índole, Chenel se mantuvo en los ruedos luciendo traje corto o campero tres y cuatro temporadas más. Para celebrar los 60 años de vida, vestido de verde manzana y oro –terno de estreno riguroso- mató en la plaza de Aranjuez en julio de 1992 un bravo toro cinqueño de Marcos Núñez. No a puerta cerrada, sino solo para amigos invitados, testigos privilegiados de una fiesta singular. ¿La última lección magistral para una audiencia íntima y fiel? Tampoco. En 1998 decidió celebrar sus 65 años en Las Ventas matando, de luces, dos toros de Las Ramblas en festejo que la Comunidad de Madrid le organizó a modo de homenaje.

Fueron dos faenas de una increíble perfección formal. La imagen de ese Antoñete sesentón, ya abuelo, que se transfiguraba en la cara del toro y en terno de luces, resultó una provocación irresistible y ese mismo año 98 llegó a torear en la feria de Antequera, en festejo mixto, junto a Pablo Hermoso de Mendoza y Curro Romero. Corrida que figura con letras de oro en el expediente, porque, volteado seriamente cuando toreaba de capa, se sobrepuso al percance y dominó al toro con quince muletazos de antología y una estocada certera.

El año 99 volvió a vestirse de luces Chenel nueve veces más y a cuajar en Jaén un toro de Victoriano del Río que el propio maestro tenía por una de las más felices de  su vida. Todavía el año 2000 toreó Chenel en la feria de Jaén una corrida en tarde inclemente de viento y lluvia, y cumplió sordo trabajo de maestro con un toro complicadísimo. Ponce, anunciado aquella tarde, ha contado que insinuó a Chenel suspender la corrida atendiendo a los elementos y al estado del piso. Y Chenel se negó en redondo.

La idea de que Chenel ha sido un torero de toreros –que, dentro de la profesión, se entiende por elogio de máximo reconocimiento, el “maestro de maestros”- se debe a varias razones. La primera, su longevidad y su vocación, que van íntimamente unidas y que, como prueba del tiempo, dejan en claro el amor al oficio, que es la llamada “afición” por antonomasia. La segunda, su entereza y resistencia para sobreponerse a toda clase de infortunios, contratiempos, accidentes y reveses: fracturas o lesiones graves de hueso –lo llamaron “el torero de los huesos de cristal”-, cornadas graves en Madrid, Frejus, Palencia, Logroño, desordenes de vida familiar, con dos parones de dos temporadas, las de 1962-1963 y las de 1970 y 1971.

El gran empresario taurino José Luis Lozano ha dicho que, desde que lo conoció hace sesenta años, tuvo la sensación de que Antoñete vivía en torero las veinticuatro horas del día y que todos los días los estuvo viviendo así, y hasta el último de todos ellos. Los días de sus tres temporadas de figura rampante y primeriza, los de las temporadas de declive, irregularidad y hasta en blanco, los de su resurrección sonora tras tres faenas memorables en Madrid –la del toro de Cameno de agosto del 65, las del toro blanco de Osborne y un bravo toro de Carlos Núñez en el 66-, los de su segundo declive abúlico que parecía presagiar un final de torero esencial, pero maldito o bohemio.

Las otras dos razones del magisterio incontestable serían, de un lado, el peso formidable de su concepto clásico en la década de los 80, para convertir el toreo en una actividad espiritual más que física; y, de otro, su aparición del todo inesperada como comentarista autorizado, respetado y sabio de las retransmisiones taurinas de Canal Plus o los programas taurinos de la Cadena Ser a partir de 1991. Durante veinte temporadas, incluso en fases duras de su quebradiza salud, Chenel fue fiel a la audiencia y adquirió, con su lúcida palabra sabia, una popularidad que de paso engrandeció su propia figura de torero ya encajado en las páginas nobles de la historia del toreo.

Criado en la misma plaza de toros de Madrid, donde su cuñado era mayoral, Antoñete se educó de niño y adolescente viendo torear en las Ventas a los grandes toreros de los años 40, que determinaron su vocación: la majestad de Manolete, la pureza de Pepe Luis Vázquez o Pepín Martín Vázquez. La vocación se fundió con el instinto emulador de los toreros que se pretenden clásicos, que fue el caso de Antoñete. Con el hervor de la vocación vino el conocimiento del toro en la plaza. Él ha sido un torero urbano y no campero: caso rarísimo, que es parte de su singularidad.

Las bases del clasicismo son dos: una espiritual –la torería, es decir, la manera de estar y ser en la plaza muy distinguidamente- y otra técnica, que en la tauromaquia de Antoñete llegó al prodigio: el entendimiento del toro, el sentido de las distancias y de la colocación en cualquiera que fuera la distancia, el manejo perfecto de los engaños, la resolución con la espada, el temple que acomoda la velocidad del toro al pulso del torero, el ajuste y el remate, la ligazón. Y, desde luego, el valor, que tiene de espíritu tanto como de inteligencia o arte.

Ese clasicismo propicia las faenas breves, y no hay ninguna faena mayor de Chenel que no lo haya sido. “Con veinte o veinticinco muletazos basta. ¡Para qué más..!”, decía muchas veces. No le gustaba que le llamaran ni “figura”, porque no lo fue en el sentido convencional del término, ni “torero de arte” porque sentiría que el arte, en su caso, se sobrentendía. El arte desnudo y puro, como la poesía renacentista, por ejemplo. Con alguna concesión barroca mínima, como esa media verónica recostada de vuelo encrespado que un día le salió en Madrid a la fuerza.

No fue torero de repertorio largo y tal vez por eso los cites con la izquierda de largo –y espadazo a las bambas de la muleta para marcar engaño-  sean tenidos por una de las obras maestras de su legado. La herencia de Antoñete dejó en César Rincón, primero, y en El Cid, después, pero de distinta manera una huella reconocible. No la única. Porque el espectro de los toreros clásicos es siempre más largo y duradero que el de los que no lo son.