TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

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Desde Bilbao los "Timbales" de Paco Cerezo

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TIMBALES

La Ciudad de los Sitios, el sitio de Zaragoza...

Zaragoza el lugar de esa importante feria que cierra la temporada en plazas de primera, la Feria del Pilar, donde no siempre se aparece la Virgen.

En el coso de la Misericordia se producen muy graves percances.

El pasado viernes el último con esa cogida dramática a Juan José Padilla.

Hace unos años hubo otra gravísima de Ortega Cano, al que un toro abrió en canal y puso al cartagenero más "pá allá que pacá"...

Ello parece tener cierta lógica, si esta existe en el toreo.

El coso aragones, de siempre de primera, lleva el toro acorde a su categoría, el toro hecho, el toro serio, con el complemento circunstancial de que llega con medio año más.

Me explico.

Los toros que se lidian en la Feria de Abril, en la Isidrada, con cuatro años y medio, en octubre tendrían cinco, que es lo que ocurre en este caso.

El tiempo da sentido, y el sentido añade peligro.

Como botón de muestra esa corrida del percance del torero jerezano.

Un encierro de Ana Romero, puro Santa Coloma, con edad y kilos para regalar.

Alguno llegando o rozando los seis años, cuando el toro ya no se considera apto para la lidia.

Corrida dura, dificil, que no permitió el menor descuido, ni mucho menos tropezón a los toreros.

Es la cara triste, la cara amarga de la Fiesta, y ese aviso sempiterno de que en cualquier momento puede aparecer la tragedia, cosa que no se contempla ni de lejos, hasta que sucede, pese a los afeitados, arreglos especiales y otras faenas de manufactura con las reses.

Muy de lamentar el morbo que aflora en cuanto ocurre un percance. Periódicos, radios y televisiones se ceban literalmente con la noticia y la exprimen hasta límites insospechados.

Más todavía cuando ignoran la Fiesta, dándola de lado, excepto cuando son las fiestas del pueblo, en las que se dignan conceder algún espacio, entre los espectáculos lúdicos.

Ahora las plañideras de dentro y fuera del mundo del toro se desmadran en lamentos, rebasando sin pudor el límite que separa el sentimentalísmo de la sensiblería.

Comenzando por quienes retransmiten el festejo que te tienen en un ¡ay! cada vez que el torero sufre una simple colada.

Esas labores exigen otra entereza, sobran los gritos, que ponen en tensión y asustan a quienes presencian el espectáculo.

Y ese reiterar y repetir el drama en un extraño sentido de solidaridad informativa.

Lo más lamentable y real es el percance de Juan José Padilla, el bravo torero jerezano, que es quien se va a encargar con ayuda de la ciencia de ponerse como nuevo.

Al tiempo.

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