TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

  • Incrementar tamaño de la fuente
  • Tamaño de la fuente predeterminado
  • Decrementar tamaño de la fuente

BILBAO. Los Timbales de Paco Cerezo.

Correo Imprimir PDF

Leo con gusto la crónica siempre fiable de Carlos Illán, del pasado jueves en la feria de Abril de Sevilla.

Sin embargo, y como siempre, sus comentarios no van por airosas sevillanas, por que a Carlos le gusta la profundidad de la zambra.

Que no se anda por las ramas, para entendernos.

Además, cuando coincido con él, generalmente en las Corridas Generales (¡que bien me ha quedado esto, con redundancia y todo!), siempre me cuenta la corrida que yo he visto.

Y es que lees a otros y parece que en vez de en Bilbao han estado en las corridas de Talayuela, por decir algo.

Puntos de vista. No más.

Pero a lo que vamos.

Me extrañó en su crónica el modo de valorar la labor del Cid, en la que dice poco más o menos que el torero de Salteras realizó una faena pulcra, coronada por un soberbio volapié, lo que puso en sus manos una oreja de poco peso.

Aquí vienen mis dudas.

Tengo leído y entendido que la estocada bien realizada es lo que se dió en llamar la suerte suprema, la hora de la verdad.

¿Entonces?

Quizá al estar desacostumbrados por tantos años en que la suerte suprema apenas se realiza como Dios manda, no le damos la importancia que tuvo y casi la ha perdido por completo, y el reseñar la buena ejecución no pasa de ser testimonial, como la estocada Lagardere.

Pero si París bien vale una misa, una estocada a ley debe valer toda una faena, más cuando la labor muleteril ha tomado la cadencia monótona de la noria y la longitud inacabada del horizonte.

Se me ocurre una solución nada salomónica de andar a mitades.

Sí el volapié del Cid fué soberano, cosa que creo a pies juntillas, admirado Carlos, en vez de una oreja, había que concederle las dos.

Así la oreja otorgada tomaría peso.

Sería de peso.