diario LA RAZÓN
Los aficionados de Barcelona han adquirido una condición mítica entre los aficionados taurinos: son la Resistencia. Tienen un pedigrí, un grado, se han ganado el respeto del mundo de los toros, como se lo ganan ciertos soldados que han estado bajo el fuego, que han entrado en combate. Porque, como sabemos, el antitaurinismo, que los desinformados podrían confundir con una cierta actitud pacifista, suele sostener sus opiniones con violencia.
En Barcelona, los enemigos de los toros hacen pasillo a la entrada de la plaza y escupen e insultan a los espectadores, que a veces tienen que entrar en el edificio escoltados por la policía. Algunos amigos me han referido escenas que lo dejan a uno pensativo y triste: niños de siete u ocho años, jaleados por sus padres, que profieren insultos irreproducibles aquí a quienes entran a un festejo. Es decir, la Barcelona que ha sido siempre espejo de la liberalidad, de la novedad, de la modernidad, comportándose según los patrones de una eterna España negra, energuménica y vociferante. En mi juventud, mirábamos a Barcelona con la boca abierta, con una mezcla de envidia sana y orgullo por ciudad interpuesta (porque también la considerábamos un poco propia, un poco de todos, más universal que ningún otro lugar del país). Era el crisol por antonomasia: con su vida golfa permisiva, con sus editores mitológicos, con su «gauche divine», con casi todos los escritores del «boom» latinoamericano campando por sus calles, con su «nova cançó», con la efervescencia de su diseño y su arquitectura. Joder, qué ciudad, qué años. ¿Qué se fizo el Rey don Juan, los infantes de Aragón do se fueron?..LEER MAS





