MADRID. Crónica de Barquerito: "Entrega de Castella, jandillas complicados"

Jueves, 23 de Mayo de 2019 00:00
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Impávida firmeza, el torero de Béziers firma brillantes momentos con dos toros por él sometidos

Corrida por debajo de lo habitual

Digna confirmación de Ángel Téllez

Madrid, 23 may. (COLPISA, Barquerito)

Jueves, 23 de mayo de 2019. Madrid. 10ª de San Isidro. Primaveral. 22.035 almas. Dos horas y cuarto de función. Los toros, con divisa negra en luto por Fernando Domecq Solís. Seis toros de Borja Domecq. Cinco con el hierro de Jandilla y uno -5º-, con el de Vegahermosa. Sebastián Castella, ovación tras aviso y silencio tras aviso. Emilio de Justo, silencio en los dos. Ángel Téllez, que confirmó la alternativa, silencio y silencio tras aviso. Dos excelentes pares de José Chacón al segundo.

LA DE JANDILLA fue la más liviana de las ocho corridas que se llevan de feria. 550 kilos de promedio. En feria de amplia mayoría de toros cinqueños –hasta cuatro corridas completas-, no entró en este turno más que uno, con el hierro de Vegahermosa, quinto de sorteo, el de más cuajo de los seis. Fue corrida llamativamente astifina. Los cuatro primeros lo fueron desde la cepa al pitón. El tercero, dos garfios impresionantes pero ligeramente reunido, el mejor hecho. El cuarto, más abierto, el más ofensivo de los seis. Bajos de agujas, cortos de manos. La corrida, en tipo. A falta de un grado para Madrid porque las siete corridas precedentes, las siete sin excepción, han sido de unta pan y moja. Tremendo el escaparate. No se recuerda un San Isidro de tan despampanante trapío por la pasarela.

 

Si la corrida toda se hubiera movido y empleado en serio, las diferencias tan notorias con todo lo visto por delante, no se habrían dejado sentir tanto como lo hicieron. Del galope de salida privativo del jandilla clásico no hubo noticia. Estuvieron a punto de volverse en la puerta de toriles dos toros. Escarbó de fiero uno de ellos, el segundo, nada más descararse. De discreta nota en el caballo, viveza en banderillas, la corrida vino a quedar marcada más por el genio que por la bravura. Más por la listeza que por la entrega. Los toristas de las Ventas pitaron en el arrastre a los dos primeros. En plena lidia del sexto, una voz anónima castigo al ganadero: “¡No me ha gustado la corrida!”. Y se subrayó la sentencia con no pocos aplausos. Tampoco haría feliz al ganadero.

Castella hizo cuanto pudo –y pudo mucho- por lucir los dos de su lote y, según frase de moda, “tapar sus defectos”. Supo hacer de la necesidad virtud y eso lo hizo más que bien. Ahormar el fondo fiero del segundo con unos doblones extraordinarios, traérselo templado y despacio, ligarlo sin rectificar, descararse entre pitones cuando se paró el toro y tragarle a modo cuando se encajó entre pitones El recibo de capa con ocho lances bien tirados y media de remate tuvo el mismo buen aire de la faena toda, que, bien cubicada,  pecó, según costumbre, por exceso y abuso. Larguísima. Una estocada desprendida. Lo reclamaron para salir a saludar, pero Castella rehusó.

El cuarto, distraído de salida, metió los riñones en una vara primera pero se escupió de la segunda. A Castella le había entrado el toro en la cabeza y, a tercio cambiado, quitó por chicuelinas nada vulgares, ceñidas, airosas. En el remate del quite el toro se le echó encima y le hizo perder la montera. Un toro de embestidas eléctricas cuando, tras una exhibición de impavidez insuperable de Castella en tres cambiados por la espalda librados en el último suspiro, tocó embestir por abajo y no por arriba. De esas embestidas tortuosas por su electricidad hizo provecho el torero de Béziers en dos tandas de riesgo y mérito, en los medios, sin red. Un viento repentino no dejó estar con la mano izquierda cuando más candente estaba la cosa, que ahí se torció. Y se vino inesperadamente abajo el toro.

Emilio de Justo, esta vez hombre fuerte del cartel, no se encontró a gusto ni con el hermoso tercero, que, picado trasero, cabeceó de agresivo y llegó a desarmarlo en un gañafón de escalofrío, ni con el cinqueño de Vegahermosa, que romaneó de bravo en un primer puyazo pero acusó las secuelas de un segundo muy trasero. No acoplarse, no dar con la distancia, un agarrotamiento que pareció inseguridad. La excelente estocada con que tumbó sin puntilla al quinto pareció una liberación.

Era, además, la primera de las solo dos confirmaciones de alternativa de San Isidro. La de Ángel Téllez, que se ganó la gloria de novillero el pasado verano en las Ventas con una faena cuentan que memorable. Torero de buen corte, firme, sereno, de calmoso asiento, preparado, que maneja engaños con soltura y que pasó la prueba sin desmayo. Falto de fijeza, áspero, el toro de la confirmación desparramó la morada sin celo ni entrega. La faena, justificatoria, fue de buen aire. Excelente una estocada cobrada al segundo intento. Tardó en volver a escena: un quite por discretas chicuelinas en el quinto y, a su hora, el único jandilla colorado, picado atrás como casi todos. Un quite por saltilleras, el lance que Roca Rey desenterró del baúl hace dos años y que ahora ha suprimido del repertorio. Versión menor la de Téllez, que apostó de muleta por la temeridad –y a punto de ser arrollado en la apertura de rodillas y de largo- y no volvió la cara. Muletazos embraguetados notables, pero sueltos. Hasta que el toro empezó a revolverse antes de pararse. Se pasó de tiempo Téllez.

Postdata para los íntimos.- El tríptico miniatura de La Giralda con todos los carteles de la feria y, en la portada, la foto en color de Carmelo Espinosa dibujando de paisano un natural de una placita de tentadero. Sería en una de las muchas ganaderías de Jaén, que es su tierra. No se puede adivinar si la vaca es erala o utrera porque el vuelo del natural embarcado le tapa la cara. Es colorada. El natural de medio pecho tan del toreo de los años 60 y 70, cuando Carmelo, antes de hacer fortuna con sus estupendos bares -los Giraldas de Chamberí y de la avenida Donostiarra. y su laureado restaurante de Claudio Coello 24-,intentó la aventura del toreo profesional. El tríptico es una de esas joyitas de la tipografía artesanal de Madrid. La crisis hizo renunciar a los cartelitos de mano a muchos patrocinadores. Se repartían por cientos en la boca del metro de Ventas. Y ya  no. Solo La Giralda. Cocina andaluza. Amplia la carta. Arroces de bandera.

Otros años me acercaba antes de feria a La Giralda de la calle (de) Hartzenbusch a recoger dos o tres trípticos. Y un crianza de Rioja siempre a punto. Invitado por el jefe. El del pase natural. Una barra elegante. Como la de los sitios buenos de Sevilla. Esta vez, solo el lunes, me hice con uno. Lo llevo en un estuchito. En el corazón

 

 

Última actualización en Viernes, 24 de Mayo de 2019 12:14