SAN SEBASTIÁN, Guipúzcoa. Crónica de Barquerito: "Tres toros notables de El Parralejo"

Domingo, 12 de Agosto de 2018 00:00 administrador
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Podría haberse repetido el balance triunfal de hace un año, cuando el estreno del hierro en una plaza de primera con una corrida de cuatreños.

Pero esta vez se quedó sin vuelta en el arrastre un tercero de gran calidad.

Ni con un primero y un sexto de exquisito fondo llegaron a redondear Curro Díaz y Luis David Adame.

Una oreja para Curro frente a las cuatro del año pasado con un cartel de toros y toreros casi idéntico


San Sebastián, 12 ago. (COLPISA, Barquerito)

Domingo, 12 de agosto de 2018. San Sebastián. 2ª de la Semana Grande. 3.000 almas. Estival y luminoso. Abierto un cuarto del párpado de cubierta. Dos horas y veinte minutos de función. Seis toros de El Parralejo (José R. Moya). Curro Díaz, saludos y una oreja. López Simón, saludos tras aviso en los dos. Luis David Adame, saludos y vuelta tras un aviso.

LA CORRIDA DE El PARRALEJO fue parecida a la de hace un año en este mismo escenario. Aquí se lidiaron por primera vez seis parralejos cuatreños en una plaza de primera. De este hierro benjamín solo se habían lidiado hasta entonces novilladas en Madrid, Sevilla, Valencia y en Pamplona, que fue su plaza probeta. El estreno se saldó entonces con un éxito de crítica y público, como se decía del teatro taquillero pero bueno, y los toreros salieron contentos.

Se repitió el cartel del estreno casi al calco. No solo los seis toros de El Parralejo, de hechuras varias, cuatro en tipo -el tipo fijado y abierto en Jandilla-, un cinqueño cuajado y embastecido, y un cuarto gigantón de más de 600 kilos. También dos de los tres de terna: López Simón y el menor de los dos hermanos Adame, Luis David. Joselito, el mayor de los Adame, fue cabeza de cartel en aquella otra baza inicial. Cuajó un toro monumental, descaradísimo. Una de las mejores faenas y de las mejores de su firma en sus muchas temporadas españolas. La faena de la feria. Era el toro más alto que el propio Joselito. Y, sin embargo, pudo el torero de Aguascalientes con él. Por evitar una segunda coincidencia de dos toreros mexicanos y hermanos en un mismo cartel, o por lo que fuera, quedó Joselito apeado de la repetición. Su puesto vino a cubrirlo Curro Díaz, que nunca había toreado en Illumbe antes.

En esta segunda edición de parralejos de Semana Grande saltaron tres toros de buena nota, pero distintos. Distintos el aire, las líneas y las hechuras; distintas la condición y la suerte. Fueron primero, tercero y sexto. Se abrieron en lotes aparte los dos toros más dispares del sexteto, los que la desigualaban. El cinqueño castaño y carifosco que llevaba en el gesto y la postura la huella de la edad, y el carnosísimo y algo destartalado cuarto, de cuello grecorromano, que fue el de mejor nota en el caballo y el único que puso a prueba la excelente forma de la cuadra de Bonijol. Del caballo que sea.

De manera que dos de los toros exquisitos -la exquisitez de la sangre Jandilla- entraron en un solo lote, el de Luis David Adame. El tercero de los buenos fue el que partió plaza. De los tres de buenas hechuras, los tres exquisitos, este primero fue el más corto de manos y, pese a echarlas por delante en los tres primeros viajes, ya había descolgado antes de ir al caballo, y tanto que de puro humillar cobró un volatín completo y a cámara lenta. La voltereta se cobró factura y, por frágil, el toro perdió las manos o claudicó más de lo debido al venir obligado. La calidad del toro fue transparente.

Todavía más la del tercero, que salió embistiendo de la segunda vara con son del caro. Toro de primer orden. El año pasado le dieron la vuelta en el arrastre a un quinto que no llegó a los niveles de este otro. Pero a este tercero le pegaron en el arrastre una ovación sensible. El sexto, en fin, fue, dentro de lo exquisito, toro de pajuna nobleza. No solo el pastueño embestir, sino hacerlo a ritmo de vals. Igual que el de la vuelta al ruedo de hace un año. Hace un año se resolvió el asunto con cuatro orejas y casi cinco. Y esta vez con solo una, y de las que cortan los mulilleros y el lacero con sus demoras postizas.

Si Curro Díaz no se cobra con el primero dos pinchazos y media estocada tendida, es posible que le hubiera cortado una oreja al primero, y entonces sobraba la del cuarto, la de los mulilleros. Y si Luis David Adame no se atora tanto con el gran tercero y se ahorra los vanos y vagos alardes con el beatífico sexto -y lo mata por arriba y a su hora-, el saldo de orejas podía haber sido el mismo de hace un año. Pero no lo fue.

Los muletazos más logrados de la tarde se los pegó Curro Díaz al primero, pero en series rehiladas y no propiamente ligadas y, sobre todo, espaciadas en pausas de paseos teatralísimos, de los de dejar el toro aparte y recorrer más de la mitad de la senda de las rayas. Cada vez que volvía Curro a la cara, el toro seguía allí, como el diplodocus de Augusto Monterroso. Y vuelta a empezar. En corto o en distancia. Siempre y a todo quiso el toro con su franca embestida.

Lo que pasó con el tercero fue que Luis David no se lo esperaría tan en serio -no torrencial la embestida pero casi- y, un punto desasosegado, tuvo que perderle pasos por sistema, o pegar tirones para librarse, que es tanto como firmar la rendición. Los que vieron el toro se lo hicieron saber. Con el sexto, más sencillo el trabajo, y mejor compuesto, más sereno, el Adame menor se templó en una primera mitad de faena bien cosida y templada. Hasta el alarde de partida, con cambios por la espalda, tuvo aire del bueno. La segunda mitad de faena, más larga que la primera, fue una apuesta constante por el toreo cambiado de espalda en circular, los desplantes y no poco de lo que Joaquín Vidal definió como “torear al revés”. Una estocada estudiada pero morosa, ni a recibir ni al encuentro, de muerte lentísima. Y una clamorosa renuncia a descabellar.

Muy afanoso López Simón en sus dos turnos. Con un segundo protestado por presunta pero no consumada cojera y con el quinto, que fue el más duro de pelar de los seis. Por reservón e incierto, por áspero también. Demasiado largas las dos faenas. Demasiado monótonas también. La segunda de las dos faenas de Curro Díaz fue de porfiar mucho, de insistir en los paseos de pasarela tan sin sentido y de dar, con oficio de veterano de guerra, con la clave para manejarse: al hilo y por fuera, al toque. Como los clásicos. No todos.

Postdata para los íntimos.- Parece que los domingos se corta el tráfico rodado de la calle Matía. Solo pasan bicicletas y patinetes, pero no he visto más que un patinete -eléctrico, por supuesto- y medio centenar de bicis ancladas en los amarres de la plaza de la Gascuña, que, a mitad de la calle, es como la plaza mayor de El Antiguo, el barrio casta de San Sebastián, mi preferido. Aquí no ha llegado la invasión voraz de turistas que poco a poco van destruyendo como marabunta la Parte Vieja, y la destruirán.
La Parte Vieja, el Bulevar, la Avenida y, posiblemente, la playa de la Concha también. "¡Pero cómo voy a venir a San Sebastián y renunciar a un bañito en la Concha...!", le oí decir esta mañana a un pasajero que iba en busca del mar. De lo que queda de mar a esa hora después del mediodía en que la playa es solo un rompecabezas de toallas, toldos y bañistas de agua mansa. Mansa pero fría. La mañana era espléndida. En La Concha y en Ondarreta, que es la plaza de El Antiguo, la buena, la de perder pie antes y salir zumbando de la resaca cuando el marecito manso te resaca hacia dentro sin que tú lo sepas ni sientas. Se seca uno antes. Sol solano y picante. Mañana lloverá. Nubes altas en Igueldo.
Por la calle Matía no habia un alma. Desde que desmontaron el tíovivo, la plaza parece mayor. Ahora se ven los bancos de madera y piedra, los arbolitos que lo sombrean y hasta el recuerdo de una fuente vieja y desecada. La plaza fue durante años el centro de acción de todas las reivindicaciones de la izquierda radical. Miles de reivindicaciones convirtieron la plaza en un lugar marcado por su sello político y por la vindicaciòn de la violencia como recurso de acción. Las cosas han cambiado. Han cambiado mucho. La misma calle también. El edificio donde el Antzara, uno de los bares de toda la vida del barrio, fue demolido por ruina y durante dos años y medio el bar estuvo clausurado.
Con inmensa alegría descubrí ayer que el bar había vuelto a la vida. Muy cambiado también. Ahora está la barra a la derecha y no a la izquierda. Toda la decoraciòn de garito rural guipuzcoano de gusto cashero -cashero de caserío- ha desaparecido. A mí me encantaba aquel banco corrido de madera donde te podías estar un rato largo con el vaso largo en la mano, el vaso sidrero donde se servia el tinto de la casa, por noventa céntimos, o el especial, o crianza, por euro y veinte. Ahora va todo por copas. Los precios han subido un poco, no tanto como en la Parte Vieja y aledaños. Siguen las croquetas, las bolas, las rabas, la tortilla. Los bocatas inmensos. Han quitado las fotos de los remeros de Orio. Pero en el piso primero, justo encima del Antzara, ondean las dos banderillas amarillas con el lema de siempre: "¡Aupa Orio!". Porque el dueño del bar, que parece un galán de cine, y su hijo son de Orio y regatistas.
Última actualización en Domingo, 12 de Agosto de 2018 21:45