El más honroso de los galardones de Sevilla para distinguir dos faenas de caro, pinturero y risueño trazo
Variada, noble y bella corrida de Jandilla
Sevilla, 26 sep. (COLPISA, Barquerito).- 2ª de San Miguel. Calor asfixiante. No hay billetes. Dos horas y tres cuartos de función.
Seis toros de Jandilla (Borja Domecq Noguera)
Emilio de Justo, una oreja y saludos. Roca Rey, silencio y una oreja. Pablo Aguado, dos orejas y oreja tras dos avisos, a hombros por la Puerta del Príncipe.
CORTO, PRONTO Y candente, agilidad, fijeza y carácter, el primer toro abrió el camino de una corrida de Jandilla galante, propicia y de particular nobleza. Seis toros, doce orejas. Siete, al desolladero. Una para la entrega esforzada, meritoria, cabal de Emilio de Justo, que tumbó sin puntilla al bello primero, el mejor hecho de los seis. Otra para Roca Rey, que remató con una de sus proverbiales, inapelables estocadas hasta el puño una faena más subrayada por la música que por el consenso público con un toro jabonero o albahío de franciscana, inocua bondad y pulido temple.
Y tres más y casi cuatro para Pablo Aguado reencarnado en el propio Pablo Aguado que hace siete años cobró aquí mismo las cuatro de un lote de Jandilla probablemente más completo que el de esta baza tan singular. Las dos de un tercero de goloso morrillito, las manos por delante, calamocheos en una segunda vara solo señalada, suelto y por definir hasta el momento en que en el primer lance de un quite de Emilio de Justo cobró un volatín completo para dar de lomos contra la arena bien mullida de la Maestranza.
Aguado le había sacado los brazos en el recibo con lances bien tirados, sello propio por todo: por la manera de componerse posado y por la soltura, el ajuste, la aparente facilidad. Solo en el primer muletazo de lo que iba a ser una faena de risueño trazo seguro enterró el toro pitones, pero se repuso al punto y sin demora. Fue el toro partitura que Aguado se encontró casi de repente o sin esperarlo. El toro puso la letra, Aguado la música, que se arrancó por cierto en el momento preciso, cuando el toro rompió a embestir con son dulcísimo. El pulso de Aguado fue clave: una primera tanda acompañando el viaje en la media altura, una segunda parecida pero más encajada, una tercera de manifiesta torería, es decir, posadas las plantas, parecía la muleta mecerse sola, la compostura propia del caso, caídos los hombros, dejados brazos y manos. Muy fácil.
Ligeramente abierto el compás, a pies juntos también, cosidas o ligadas las tres tandas que dejaron claro el paisaje, un alboroto monumental cada vez que Pablo remató tanda. Y, en fin, una manera airosa de llegar a la cara del toro y, sobre todo, de salir de ella con marchosería. Apenas una tanda con la zurda, que tuvo espuma propia. Y una segunda breve mitad de faena que tuvo en un ayudado rodilla en tierra cosido con el molinete preceptivo en el canon sevillano su guinda más sabrosa. Todo en los medios y seguido, cortísimas pausas porque la colocación fue impecable. En un suspiro, pero suspiro hondo, todo el hechizo. Y, soltando el engaño en la reunión, una estocada.
Dos orejas y la puerta del Príncipe, en lista de espera, porque se precisan tres para salir por ella. Tardó en llegar, se hizo esperar, porque el sexto, el más largo de todos, muy de menos a más y muy más, colaborador imprescindible, herido de estocada trasera cuando ya la plaza era un hervidero, resistió en pie y en los medios, no se descubrió para el descabello y solo al tercer intento acertó Aguado con la punta de la espada de cruceta que dicta sentencia. Dos avisos, pero el clamor se impuso: cayó la oreja que faltaba, premio para una faena bastante más profusa y elaborada que la del tercer toro, de ideas y soluciones fluidas, de toreo pintado, improvisado y dibujado –“carteles de toros”, suele decirse”-, sembrado de improvisaciones, y entre ellas una memorable tanda rodilla en tierra de ajuste especial.
Los desplantes y los molinetes propios del repertorio sevillano o del toreo de gracia. Faena construida de golpe en golpe, un abaniqueo al paso previo a la igualada fue sensacional. Una tanda frontal, un paseo lejos del toro antes de buscar la igualada que sirvió para calentar todavía más la intriga de los capítulos tocados por una nota común: el juego de perderle y ganarle pasos al toro sin forzarlo ni castigarlo. Puro convencimiento. Y la frescura exquisita del repertorio tan conocido y seguro del toreo de capa de firma propia.
El cuarto jandilla no quiso pelea. Al segundo, que galopó y humilló como los buenos, no le convinieron ni la muleta retrasada ni el arrimón o encimón o como se diga de Roca Rey, que apostó por el quinto como si le fuera en ello toda su fama. Se lo dejó llegar hasta la misma reunión por la espalda lo indecible y en la distancia cero se expuso sin que se le fuera un pie.
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Cuaderno de Bitácora.- La pieza más singular de la exposición temporal del Museo es una cabeza o un busto de una Dolorosa que se quedó sin terminar, sin que la cabeza llegara a encajarse en un tronco y sin siquiera estar terminada. Despojada de cualquier ornamento, sin corona ni abalorios, cubierta con pintura negra lo que debería haber sido su cabellera y negro también un falso chal que cubre el escote. En una vitrina, ella sola. La última pieza antes de abandonar la sala es una imagen de la feria de Mairena del Alcor, un óleo de reducidas dimensiones pero donde no sabe más gente ni más figurantes. En primer plano, dos labradoras a un lado y al otro, un caballero a caballo enjaezadísimo a quien una dama enamorada sirve un refresco. Amorosamente. Y al fondo, los perfiles de Mairena como en las pinturas renacentistas y holandesas. Mairena envuelta en una bruma azul. A comienzos del siglo XIX.





