Emilio de Justo le corta las orejas a un cuarto de poderoso temperamento y Borja Jiménez se entrega con un quinto de extraordinario son
Dos caras de la bravura
Corrida de notables hechuras
Víctor Hernández firma muletazos de gran calidad
Azpeitia. Viernes, 31 de julio de 2026.- 2ª de feria. Templado, soleado. Lleno. 3.900 almas. Dos horas y media de función.
Seis toros de Murteira Grave. Vuelta en el arrastre para el cuarto, Bogotá, número 40.
Emilio de Justo, silencio y dos orejas. Borja Jiménez, silencio y saludos. Víctor Hernández, oreja tras aviso y ovación.
Brega notable de Antonio Chacón.
Al finalizar el paseíllo de la segunda corrida de la Feria de San Ignacio 2026 de Azpeitia, la comisión taurina de la localidad guipuzcoana ha entregado a Borja Jiménez el premio al triunfador de la feria de 2025, mientras que Joaquim Murteira Grave ha recogido el premio Ayuntamiento de Azpeitia al toro más bravo de la feria de la temporada pasada.
EN LA SERIA y cuajada corrida de Murteira Grave vinieron dos toros sobresalientes. Cuarto y quinto. Al cuarto, bravo sin mácula, al ataque hasta casi la última hora, le dieron la vuelta en el arrastre por petición plebiscitaria. Le cortó las orejas Emilio de Justo por una faena de riesgo y méritos particulares. La exigencia propia de la bravura, pero también su entrega y su nobleza. Toro de extraordinaria cuerda, de ritmo tan intenso como el de la propia faena, que fue de son creciente, con un capítulo mayor: tres tandas ligadas con la izquierda en los medios, francamente buena la primera con el toro todavía crudo, mejor la segunda con el toro atemperado y superior a las dos previas la tercera con el toro mecido en la muleta.
En el preámbulo, Emilio se dobló en un ten con ten de acento dramático. Como si toro y torero estuvieran midiendo las fuerzas. No sin sufrir, se impuso el torero, y ese fue, entre todos, el logro mayor. Al sentirse dominado, el toro amagó con recular. Entonces llegó una segunda mitad de faena distinta, no tan grave ni tan intensa, más airosa. La sorpresa de ver al torero cacereño, de natural sobrio, poco amigo de veleidades, descararse en una tanda de redondos cobrada sin espada, la propina de una trenza de muletazos patente Daniel Luque y, antes de la igualada, una exquisita madeja de media docena pura caricia.
En la ebriedad propia del caso, Emilio había dejado irse al toro cerrando a tablas junto a toriles -el único renuncio durante toda su lidia-, pretendió sin éxito ni fortuna recibirlo con la espada -dos vanos intentos- y acertó a rectificar sobre la marcha, le cambió terrenos y se fue con fe tras la espada. Una estocada tendida, una rueda de peones de efectos letales y gloria para las dos partes. En un burladero del callejón estaba casi camuflado Samuel Navalón, paladeando todavía su triunfal debut de la víspera, y a él le brindó Emilio la muerte del toro, Bogotá de nombre.
El quinto de corrida fue tan bravo como el cuarto, pero mucho más templado. Sin la potencia ofensiva del cuarto, pero mejor estilo, sin tanto temperamento y, a cambio, el ritmo acompasado propio de lo que los ganaderos llaman “calidad”. Calidad o clase, subrayada por un sinfín de embestidas regulares por las dos manos. El toro se picó corrido, se enceló con el caballo y galopó en banderillas muy de verdad. Con los mismos derechos que el cuarto para merecer la vuelta en el arrastre. Con él se soltó Borja Jiménez, se dejó ver en cites a distancia y también en la corta. No cabía esconderse porque fue toro de los que no paran de embestir, por las dos manos, donde fuera. Algo entrecortado el fluido de la faena, un exceso de acumulación, son declinante. Dos pinchazos y un estocada apurada que tumbó sin puntilla a este quinto, que se llamaba Guapo y había sido protestado de salida no se sabe por qué.
El hueso de taba de la corrida tan encarrilada de murteiras fue el sexto, que galopó de partida, cobró lo mínimo en el caballo y, después de una extravagante apertura de faena de Víctor Hernández -de rodillas en los medios, de largo-, enterró pitones y se reviró a partir de entonces sin remedio, se venció y acostó por las dos manos, no paró de revolverse y cabecear. Fue toro distraído pero buscón.
Los dos primeros de corrida, cárdenos ensabanados, pinta exótica en la casa Murteira Grave, fueron dos cromos. El primero, muy llorón, venga a mugir, pegó muchos taponazos. El segundo, de buena nota en el caballo, fue de dócil fondo. En una faena de desigual hilván anduvo seguro Borja Jiménez. Emilio se pasó de faena sin motivo con el primero. Al terceo de corrida, que se entregó pero sin la claridad de los dos campeones, le pegó Víctor Hernández los muletazos más despaciosos de toda la tarde en una faena que tuvo de coda una variante de la trenza a la manera de Daniel Luque, una estocada desprendida y dos golpes de verduguillo.
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Cuaderno de Bitácora.- En Legazpia y en Zumárraga resisten en pie pero demasiado deterioradas naves industriales que fueron en su día la razón de la riqueza ciega de Guipúzcoa. Son ruinas. No se sabe qué hacer con ellas. En Azpeitia va a comenzar a finales de año la demolición de la instalación que trajo a la villa su época de mayor prosperidad: la acería que fue de la familia Ucín. La prosperidad generó empleo y multiplicó la presencia de industrias auxiliares y dependientes. La fábrica de Marcial Ucín creció en la ladera primera del monte Arauntza, que cierra el valle de Iraurgi por su flanco oriental. Es de dimensiones más que notables y, sin embargo, no agrede ni rompe el paisaje, sino que se ha acoplado tanto con él que parece parte imprescindible.





