Debut casi apoteósico del torero de Ayora en Azpeitia
Se vive como una fiesta una lúcida y resuelta faena completa y redonda a un excelente toro de Loreto Charro
Sin reconocimiento dos trastos metódicos de Daniel Luque
Tarde desdichada de Borja Jiménez con la espada
Azpeitia, 30 jul. (COLPISA, Barquerito).- 1ª de feria. Entoldado. 3.300 almas. Dos horas y veinte minutos de función.
Seis toros de Loreto Charro.
Daniel Luque, saludos y saludos tras aviso. Borja Jiménez, silencio tras aviso y silencio. Samuel Navalón, que sustituyó a Marco Pérez, una oreja y dos orejas. Paseado a hombros.
Notables pares de Curro Javier y Víctor Manuel Martínez.
LOS CUATRO PRIMEROS toros de Loreto Charro fueron de parejas hechuras. Negros los cuatro, corretones, salieron a cañón y lamieron tablas a galope tendido. Con más pies que ninguno el primero, que fue el que más humilló y mejor se empleó en el caballo, pero al cabo el más apagado de los cuatro, venido abajo demasiado pronto, la cara entre las manos, un par de amagos de oliscar. Agarrado al piso, dicen bien los revisteros mexicanos. Noble y tardo. A la voz se lo trajo Daniel Luque en trasteo complejo, suficiente y seguro, y rematado de estocada sin puntilla. Costó no poco cuadrar al toro de tan descolgado.
Justo de fuerzas, el segundo, apenas sangrado en una vara protocolaria, esperó y se dolió en banderillas. Bien gobernado, jugado primero en la distancia, pero luego en la corta y asfixiante, y muy tapado, consintió, pero no del todo. El intento de Borja Jiménez por caldear con el circular invertido de tanto efecto se quedó a medias. Noble, el toro le dejó columpiarse muy encima y desplantarse con descaro. Los muletazos previos a la igualada tuvieron bonito aire, pero fueron cerrando al toro en tablas y en terreno de chiqueros. Borja no encontró manera de pasar con la espada: ocho pinchazos, tres descabellos, un aviso.
Regaron el ruedo tras el arrastre del segundo y lo dejaron libre de polvo. Con una larga cambiada de rodillas en tablas se estrenó en Azpeitia Samuel Navalón. Picado al relance, el tercero, el más vivo del cuarteto, cortó en banderillas y, aunque un punto celoso de partida, dio juego. Toro de notable fijeza. Una faena de volcánica apertura -de rodillas, tanda mixta, un molinete acrobático-, un segundo tramo acelerado pero valeroso -firmeza innegociable- y un tercero de notables logros: naturales largos, algunos ayudados de la espada para planchar la muleta, toreo embraguetado con la diestra, dos circulares inversos más que elocuentes y, antes de cobrar la que iba a ser la mejor estocada de la tarde, una tanda de cuatro bernadinas -o valencianas- sin espada y abrochadas con el de pecho. Una oreja. Y entonces sonó el zortziko de Aldalur en ambiente menos solemne de lo habitual.
Luque saludó al cuarto con lances de rodillas sin apenas eco. Tampoco lo tuvieron otros dormidos previos a un mero picotazo trasero, que no llegó ni a inyección. Sangró el toro más en banderillas que en el caballo. Toro sin entrega, ganas de soltarse. Y público muy ajeno. Coro a la pamplonesa, pero muy desafinado en la meseta de toriles. Sin reconocimiento un trasteo de autoridad, cerebral, de sobria apariencia, con momentos de toreo a placer, el toro moldeado a capricho de Daniel, que tuvo que enfadarse más con la gente que con el toro, y se lo acabó enroscando, trayéndolo y llevándolo, y obligándolo. Tarde, la gente entró en la faena, a pulso, pero demasiado larga, sin concesiones, y subrayó su final. Una estocada trasera de muerte lenta.
Luego saltaron los dos toros que se salieron del guión. Un quinto castaño de más cuajo que los otros, áspero y complicado, a la defensiva, y un hermoso y terciado quinto, negro salpicado, que fue, por todo un poco, el toro de la corrida: el estilo, el ritmo, la fijeza, la alegría. Borja Jiménez se batió el cobre con el quinto, Navalón le cortó las orejas al sexto en una deslumbrante exhibición de talento, recursos, imaginación, todavía más firmeza que antes. Faena resuelta y redonda, desde el inicio, en el platillo el cite para el cambiado en distancia y sacando el muletazo por abajo, hasta el final sin treguas ni pausas, algún gesto de más, pero el cuerpo de un conjunto de templado dibujo, llamativa ligazón, seguridad impropia de torero nuevo y el regusto de algún pasaje enroscado y magníficos broches de pecho. Estocada por derecho, dos orejas, un clamor. Atómico.





