A hombros el torero limeño y con él un firme y solemne David de Miranda
Talavante, sobrado y entregado, castigado por fallar con el descabello
Corrida cinqueña, destartalada y dispar de Victoriano del Río con un primer toro de muy buena nota
Pamplona, Jueves, 9 julio de 2026 (COLPISA, Barquerito).- 5º de San Fermín. Calor severo y bochornoso. Nublado al final. Lleno. 19.700 almas. Dos horas y media de función.
Cinco toros de Victoriano del Río y 1, tercero, de Toros de Cortés.
Talavante, silencio tras aviso y saludos tras aviso. Roca Rey, dos orejas y silencio tras aviso. David de Miranda, silencio y dos orejas.
LASTRADA POR muchos tiempos muertos, lidias morosas, lentas y caprichosas transiciones en el caso de Roca Rey, dos o tres faenas de nunca acabar, fallos con la espada o el verduguillo en los casos de David de Miranda y Talavante respectivamente, y castigada, en fin, por la condición y el juego irregulares de los toros, la corrida de Victoriano del Rey fue en conjunto un espectáculo por debajo de las expectativas, que terminó con dos salidas a hombros,
El toro más completo fue el primero, de alzada sobresaliente, que estuvo a punto de comerse el caballo de pica. Contra él se arrancó tan solo verlo asomar por el portón de cuadrillas, se empotró literalmente con el peto y metió los riñones como ningún otro lo había hecho en la feria. Fijo debajo también en un segundo viaje al caballo, salió del encuentro galopando.
Talavante le había hecho poco caso antes de banderillas. Tampoco después. Ni siquiera lo brindó. Pero ya en la primera arrancada -cite para una tanda de estatuarios ganando terreno- quedó claro el son del toro. Ritmo que iba a mantenerse constante a lo largo de la primera faena de aliento de la tarde. Talavante se fue cambiando alternativamente de mano en tandas reunidas, ligadas, bien tiradas. Pronto y descolgado el toro, fiel colaborador fiable de una faena de sello propio, pero sin exagerar los términos. En la tanda final, cumplidos ya treinta y pico muletazos, Talavante se regaló con un hermoso cambio de mano. Una estocada desprendida y atravesada sin muerte. Eran 610 kilos de toro bravo. Solo al sexto intento con la espada de cruceta lo despenó Talavante. Justo entonces cayó un aviso.
El segundo de la tarde, Roca Rey a escena -ambiente incondicional, más banderas del Perú que nunca entre las peñas- no tuvo la categoría ni el son del primero, pero sí una elasticidad ya sensible en el recibo de capa, delantales y verónicas a medio compás sin apenas vuelo. Con ese saludo, firme y suelto, y con un arriesgado quite por saltilleras apuradas al límite, Roca se reencontró con su público de siempre y volvió a sentirse el coro que desde sus primeros pasos por Pamplona lo reconoce: “Pe-rú, Pe.rú, Pe-rú…”. El himno de batalla. Ceremonioso brindis desde el platillo, y al tajo: una faena patrón, sistema Roca, con casi todos sus aditamentos: apertura de rodillas en distancia cambiándose el toro y la dosis obligada de toreo fundamental, ajustado, mandón, muletazos cargados y lineales, pasos perdidos cuando el toro pidió algo más, pausas – demasiadas- y paseos -unos cuantos-, el molinete de rodillas, el circular inverso, el péndulo y una estocada hasta el puño letal. Una oreja, dos. Sin ellas se arrastró el toro, que fue tan elástico como noble.
Luego se torció la cosa. Muy abierto de cuerna, el tercero, del hierro de Cortés, bravucón en varas, suelto, se llevó puesto el quite de la tarde. Saltilleras de David de Miranda, todavía más apuradas y apretadas que la del quite previo de Roca Rey. Tan firme como suele, David abrió por estatutarios sin rectificar una faena calmosa, de buen dibujo, sin apretar, pero frustrada al cabo de una docena de viajes porque el toro se vino abajo sin solución, la cara entre las manos, el renuncio inconfundible del toro que se aflige. En tablas, cuatro pinchazos y un sartenazo en los bajos.
El toro de la merienda, pechugón, corto de manos, sin papada, abierto de cara, tardaba en arrancarse, pero cuando lo hacía, galopaba arreando. No peleó en el caballo. Lo vio claro Talavante, que ahora se animó a brindar, abrió de rodillas frontal en los medios y pretendió sin éxito ser reconocido, Con las dos manos sujeta la gente los bocadillos. No se aburrió Talavante, zancadas impostadas, relajado, dueño del toro, casi un juego, en la corta distancia más todavía. Reducido, se encogió el toro. Desplantes de rodillas. Qué trajín. Un pinchazo sin soltar, una estocada, un aviso. Tanto gasto para casi nada.
Cabezón, corto de cuello, fea traza, el quinto, picado muy trasero, no se prestó al juego de Roca Rey, que le abrió muchos huecos y ni así. Aplomado, se puso probón. Muchos tiempos muertos, pero Roca tiró por la calle de en medio. Una estocada tendida y un descabello.
Dos horas de festejo. Pesaba cuando saltó un sexto ofensivo, veleto, ligeramente paso, distraído, que puso en jaque a un banderillero de David de Miranda y tuvo que resolver el tercio el tercero de cuadrilla. Los doblones de apertura fueron excelentes, cautelares también. Con ellos se armó de confianza el torero de Trigueros para embarcarse en una faena larguísima, en asfixiante distancia, sin trampa ni cartón la firme compostura, la taleguilla teñida de sangre, el muletazo corto por sistema y una estocada echándose encima del toro. Dos orejas.
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Cuaderno de Bitácora.- Hay dos Villavas. La antigua y la nueva. La nueva es una ciudad, o villa ¡vaya!, moderna. La traza urbana es irregular porque el mismo espacio lo es. La arquitectura -la ciudad creció hacia arriba- es digna, no ofende. La antigua es la ciudad particular, la distinta, la original, la histórica, etcétera...





