Corrida desigual de Núñez de Cuvillo, la de más cara y volumen de lo que va de feria
Para Talavante la guinda, para Daniel los dos huesos
Tarde muy ventosa
Público de aluvión
Sevilla, martes. 21 abril de 2026. (COLPISA, Barquerito).- 11ª de abono. Nubes y claros, ventoso. No hay billetes. 12.500 almas. Dos horas y media de función.
Seis toros de Núñez del Cuvillo.
Manzanares, silencio en los dos. Talavante, oreja y palmas tras aviso. Daniel Luque, oreja y silencio tras aviso.
Buenos pares de Juan Contreras, Antonio Punta y Jesús Arruga, Los tres saludaron.
EL PRIMERO de la corrida de Núñez del Cuvillo, blando y suelto en dos varas, fue un toro facilito, de ir y venir antes de acabar tomando el camino de las tablas. Se levantó viento - en Sevilla se dice “aire”- y Manzanares no pudo ni componerse ni lo intentó.Trasteo reiterativo, plano. Y una estocada.
También el segundo, molido a capotazos y recostado contra el caballo de pica, fue toro facilito, pero solo Talavante -o tal vez no solo él- supo adivinar lo sencillo del asunto. En in quite de Daniel Luque por chicuelinas, y larga, el toro quiso bien. El aire dio tregua y Talavante abrió entre rayas con largos muletazos por abajo, la rodilla flexionada, muy abierto el compás. Todo fue luego coser y cantar. Faena salpicada de invenciones habituales en el repertorio propio: el remate de trinchera ligada con el moliente y el de pecho. O mejor aún, el broche de tanda con un natural despacioso y enroscado. La música se arrancó después de la cuarta tanda. Ya no sonó más en toda la tarde. Salvo en los arrastres e intermedios. Con el fondo de los músicos, Talavante abundó en los detalles ligeros, los juegos malabares, los medios molinetes, los desplantes y los guiños al tendido. La faena perdió el ritmo de sus primeros compases, pero se celebró de la misma manera. Una estocada sin puntilla.
El cupo de los toros facilitos se acabó. El tercero, de buena nota en el caballo, pagó el castigo. Se quedó debajo a las primeras de cambio -apertura de Luque por banderas- y, entre encogido y afligido, se paró muy pronto. Fue toro noble, pero muy mirón. A palo seco, y sin eco en los tendidos de momento, Luque se plantó en la corta distancia, encajado muy de verdad, asumiendo los riesgos propios, sin aburrirse ni divertirse tampoco. Sacar muletazos limpios fue tarea de mérito, pero solo cuando Daniel se metió entre pitones y se desplantó sin pestañear, entró la gente en acción. Una tanda de mondeñinas airosas cosidas con un cambio de mano y el del desdén contó para la mayoría mucho más que toda la seriedad precedente. Una estocada de excelente ejecución. Se supo después que Luque habría brindado a Morante por las cámaras de televisión con palabras muy sentidas.
Los tres toros más ofensivos se corrieron en la segunda mitad. Manzanares, trapacero con el capote, volvió a pelearse con el viento y a pretender que el toro obedeciera a la voz y no al engaño. Sin ser facilito, el toro tampoco fue un enigma. Pero enigma o no, quedó sin resolver. Un trasteo muy aburrido, sin una sola idea. Y una estocada.
Talavante recibió al quinto con faroles mal logrados por culpa del viento. Escarbador, el toro olisqueó antes de meterse en faena Talavante. Una faena interminable -iba a sonar un aviso antes de pensar en cuadrar Talavante- de aparatosas maneras, pausas y más pausas, miradas al tendido y también excelentes remates de pecho que fueron como resortes. Más el grano que la paja, demasiados enganchones y se desinfló el globo de repente. Metisaca y entera.
Astifino y bien armado, las manos por delante con aire entre agresivo y defensivo, el sexto fue el más difícil de los seis. Fondo de genio, incierto y probón, no hizo otras cosa que puntear y cabecear. Luque tragó todavía más que en la primera baza. Talones clavados en la arena, incluso cuando el toro se le quedó debajo. Una estocada trasera, un descabello.
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Cuaderno de Bitácora.- Algunas observaciones botánicas elementales: los magnolios de la plaza del Museo están más despampanantes que nunca. A la sombra de los dos ficus gigantescos que la Administración cuida como si fueran ancianos enfermos, muy ancianos y no tan enfermos. Dos piezas de museo. Los naranjos, como los de toda la ciudad: frondosísimos. Pero aquí no se ha podado porque no amenazaban.
En la calle Circo, la que rodea la Maestranza entre la calle Adriano y la Puerta del Príncipe, se echan en falta las buganvillas de siempre. Tal vez florecieron antes de tiempo y se ajaron, Y no solo: la flor de las jacarandas del paseo Colón, lo mismo. Aquel manto malva con las fachadas de la calle Betis al fondo y al otro lado del río tenían efecto sedante para la mirada.
La mirada desde la azotea noble de la plaza. El sol quemaba estos últimos días. Hoy se podía otear el horizonte. La culpa de todo lo que pasa o no pasa se echa este año a las lluvias del invierno. Lluvias como nunca se habían conocido. Todavía el alcantarillado de la calle Gravina se deja sentir. Fue una de las calles inundadas. No la única.





