El uno le corta las orejas a un toro de Montalvo de singular calidad, premiado con vuelta en el arrastre
El otro, bullidor y decidido, cobra la estocada de la tarde
Perera, elegante, templado y poderoso
Castellón, jueves, 12 de marzo de 2026. (COLPISA, Barquerito).- 3ª de feria. Soleado, fresco. 6.000 almas. Dos horas y media de función.
Seis toros de Montalvo (Juan Ignacio Pérez-Tabernero). El quinto, Brincador, premiado con vuelta en el arrastre.
Miguel Ángel Perera, oreja y ovación. Tomás Rufo, ovación y dos orejas. Marco Pérez, oreja y oreja. Rufo y Marco, a hombros.
ESCUPIDO de tres picotazos que apenas hicieron sangre, pronto en banderillas, el quinto toro de Montalvo, 590 kilos, voluminoso y armónico, rara pinta negra desteñida, rompió a embestir desde el primer muletazo y no dejó de hacerlo con ritmo y entrega sobresalientes hasta el final de una larga y tupida faena de Tomás Rufo. El propio Rufo pidió para el toro la vuelta en el arrastre. No era para menos. No contó el baldón de su conducta en el caballo.
No dejarse superar por las calidades del toro fue nota distintiva de una faena de rigor técnico -ni un solo enganchón-, marcada por lo abundante de las tandas por una y otra mano, en prudentes terrenos, ligadas en continuo sin apenas soltar toro, bien rematadas con el de pecho, de mucho más calado el toreo con la izquierda que el imperativo en redondo.
Con sus notas de teatralidad: pausas escénicas entre tandas, guiños cómplices al tendido, una fogosa apertura de rodillas, y el cierre de hinojos también. Salidas untuosas a muleta plegada y un desplante exageradísimo cara a cara y casi encunado, abierto de brazos el torero sobre el testuz del toro, que por tener tuvo una nobleza superlativa. Una estocada atravesada que hizo guardia. Y el final feliz de rigor: la reverencia tras la vuelta triunfal con las orejas del toro y el puñadito de arena a los labios como un juramento. Es costumbre que las vueltas en el arrastre de un toro se atengan a cierta ceremonia -arrastre lento-, pero esta vez las mulillas corrieron como si no hubiera un mañana.
Cumplida la ley del “no hay quinto malo”, la hermosa corrida de Montalvo tuvo de todo un poco. Un primer toro corretón y huido, fijado más a voces que a punta de capote, de inocuo carácter, que Perera metió en la muleta y toreó a su antojo y con llamativa suavidad. Taan dueño que llegó a enroscárselo. Una estocada. Un segundo de pobre respeto que manseó distraído pero se enceló un buen rato en el peto, se dolió en banderillas y se rajó no sin haber avisado antes con hacerlo. Se puso muy encima Rufo. Media estocada. Un tercero de buen aire y pletóricas hechuras cambió el decorado, Marco Pérez le echó los vuelos en un valeroso y templado recibo. Apertura de faena de largo con el cambio por la espalda. Un órdago. Y un planteamiento en distancia, muleta arrastrada, que convino al toro. No cobró mayor vuelo la faena: naturales dando el medio pecho pero despegaditos, toques por fuera por la otra mano, muchas vueltas en la cara del toro, sensación de seguridad, de torero puesto, final por manoletinas. Público acogedor, receptivo.
El cuarto galopó de salida pero se vino cruzado a engaños y se picó corrido. A Perera le había gustado y brindó desde el platillo. Dulzón el toro y de impecable gobierno en el toreo con la diestra de una faena de sello Perera: el empaque natural, la verticalidad innegociable, los brazos sueltos. Un alarde final: sin ayuda, una tanda con el toro traído y llevado a placer en muletazos frondosos y en tandas canónicas. Un pinchazo y una entera,
Seiscientos kilos, el sexto, una mole negra con una suerte de cárdena bufanda, fue, después del segundo pero en otra dimensión, el de peor nota de todos. Corto de cuello, muy atacado, cornicorto, bastote, ni el menor celo, mugidor, jadeante. Y jugado con luz artificial porque ya se iba camino de las dos horas y media de corrida. Marco optó por un arrimón acelerado. El ten con ten aparente tuvo por colofón una monumental estocada por el hoyo de las agujas.





