Damián Castaño, debutante en Pamplona, firma la faena más sensata con un noble quinto toro
Dos estocadas le valen a Colombo un paseo a hombros
Extremadamente teatral y moroso Manuel Escribano con el mejor lote
Pamplona, 14 jul. (COLPISA, Barquerito).- 10ª y ultima de la Feria de San Fermín. Soleado, ventoso. Lleno. 19.400 almas. Dos horas y media de función.
Seis toros de Miura.
Manuel Escribano, palmas tras aviso y silencio tras aviso. Damián Castaño, palmas y ovación. Jesús Enrique Colombo, oreja y oreja, a hombros.
LOS SEIS miuras superaron todos los registros del encierro. No corrieron, volaron desde la cuesta de Santo Domingo hasta los corrales de la plaza. Poco más de dos minutos. Agrupados en piña, dóciles al cabestro de guía que marcó el ritmo y la pauta. Tan solo tres lesionados de menor importancia en la carrera. No se recordaba nada parecido.
Por la tarde fue otro cantar muy distinto. La corrida más larga y vacía de toda la semana. Dos horas y media de castigo. Pesó como una losa y casi tortura la colección de tiempos muertos que dejaron marcado el espectáculo y no para bien. Un abuso en el caso de Manuel Escribano: dos lidias y dos faenas morosas hasta la exasperación, interminables, carentes de sentido del toreo y faltas de tensión. La del cuarto toro sobrepasó todos los límites del postureo.
Solo dos de los seis toros de Miura se movieron y emplearon. Con prontitud, temperamento y listeza el primero de corrida, que fue el más miura de todos. Con noble son el quinto, que tuvo las fuerzas muy menguadas. El segundo apenas embistió en medios viajes antes de pararse hasta la inmovilidad. El tercero, un espléndido cárdeno degollado, altísimo de cuartos traseros, se apoyó en las manos en la distancia corta. El cuarto, que galopó en serio cuando fue reclamado y puso en muy serios apuros al banderillero encargado de su lidia, no tuvo mal aire pero se enceló con los burladeros esa curiosidad tan propia de los miuras por saber qué pasa en el callejón- y se aburrió como cualquier paisano. El sexto no duró casi nada.
En corrida con matadores banderilleros y por eso protagonistas, Escribano y el venezolano Colombo, los tercios de banderillas, compartidos en los cuatro turnos sin mayor relieve, fue la cuadrilla de Damián Castaño -Jarocho y Alberto Carreros- la única que hizo bien su trabajo y en menos de un minuto. En el cuarto toro, en cambio, los preparativos, las soluciones y las pasadas en falso de Escribano más que de Colombo, se llevaron cinco minutos o tal vez más. De la misma manera que el récord del encierro ya es histórico, lo será este tercio de banderillas que rozó el ridículo. Los acelerones de Colombo en las salidas se celebraron como tantas veces en tantos lugares. Y pares al violín de los dos matadores.
A porta gayola se fueron Escribano en sus dos turnos y Damián Castaño en el primero de los suyos. En tablas le pegó Damián al quinto tres largas afaroladas de rodillas. Y una de propina Escribano al primer miura, con el que se templó de capa después.
Vista la condición de los toros, con primero y quinto se vivieron los momentos mejores de la corrida. Parsimonioso y protocolario, transiciones largas, movido, descubierto por el viento, Escribano se pasó de faena con el primer miura, que se fue apagando. Lo mató de una estocada. Cuando saludaba desde los medios, levantado por el puntillero, el toro resucitó y no hubo fiesta. Por el desacierto con el descabello, Damián Castaño se quedó sin el premio que habría coronado la faena más seria y templada de la tarde. Firme, dio al toro suave trato en tres tandas en redondo breves, como suele pedir el miura de catálogo, y un intento no del todo logrado con la izquierda. Luego, acudió al recurso de apelar a las peñas con el repertorio de sol: rodillazos, desplantes de rodillas -uno, frontal- y con fe se fue tras la espada para cobrar media atravesada. Con una media excelente había despachado al segundo de corrida.
El lote de Colombo fue el menos propicio. Colombo pasó mucho más tiempo en diálogo mudo y sordo con las penas que delante del toro, al que no llegó a pegar un pase entero, pero sí unos cuantos molinetes. Como cobró una estocada rotunda, cobró prenda. Se pidió una oreja. Y otra después de tumbar al sexto de otro puñetazo irresistible. Y la feria, circense final, acabó con un torero a hombros. Y la gente, agotada.
======================
Cuaderno de Bitácora.- Hay en Burlada una fábrica de embutidos abandonada donde se guardaba en riguroso secreto la fórmula para la elaboración del que fue célebre chorizo de Pamplona, Una historia parecida a la de la fórmula de la Coca Cola en Atlanta. Podría haber pasado a la historia como chorizo de Burlada y no de Pamplona, pero tengo entendido que la fórmula magistral estaba patentada en una fábrica de unos parientes de los de Burlada que había y no sé si sigue habiendo en la carretera o avenida de Zaragoza.
Dos años me estuve alojando en un piso del barrio del Mochuelo, en la calle del Río Queiles -el otro río de Tudela, tributario del padre Ebro- y alguna mañana me acerqué hasta el final de la cuesta de la avenida. No recuerdo si seguían embutiendo aquel chorizo que con huevo hilado hacía un goloso aperitivo de patriótico color. Lo probé por primera vez en el desayuno de la primera comunión de un íntimo amigo de la infancia. 1954. Los amigos que se pierden pero no se olvidan.
Y uno que se va siempre de Pamplona con pena, pero jurando volver.





