A hombros Fortes, en tarde de seguridad y entrega, y Fernando Adrián, agraciado por un palco dadivoso
Dos toros notables en una corrida muy bien hecha de La Palmosilla
Pamplona, 13 jul. (COLPISA, Barquerito),- 9ª y penúltima de feria. Lluvia y viento en el primer toro. Templado y soleado después. Lleno. 19.500 almas. Dos horas y cuarto de función.
Seis toros de La Palmosilla (José Núñez Cervera)
Saúl Fortes, una oreja en cada toro. Fernando Adrián, pitos tras aviso y dos orejas tras aviso. Ginés Marín, silencio tras aviso y oreja tras aviso.
TODA CINQUEÑA con la excepción del primero, de buenas y serias hechuras, la corrida de La Palmosilla trajo dos toros notables. Un tercero que apretó en el caballo, metió la cara en todas las bazas y sembró de charcos de sangre el punto en que fue lidiado en banderillas. Tal había sido el castigo en dos varas, en los blandos la primera de los dos. A pesar de la sangría, se dio en la muleta con son pastueño y ritmo regular. Solo a última hora, y al cabo de una faena quebrada en pausas, pegó una coz inesperada y amenazó sin previo aviso con irse a las tablas. La rajada final no hizo olvidar su calidad. Se predica de algunos toros que se arrastran con las orejas puestas. Fue el caso.
Este tercero las llevaba colgando. Nervioso y corretón de salida, el quinto fue el otro toro de la corrida. Pronto y codicioso, tomó engaño por derecho desde la primera vez que fue reclamado -recibo de Fernando Adrián en los medios por chicuelinas sueltas, empujó con ganas en el caballo -castigo dosificado por José Antonio Barroso- y, a pesar de alguna pérdida de manos, se empleó incansable en la muleta y en una faena larguísima, de las de recorrer mucha plaza pero sin soltarse ni una sola vez. Cogido y volteado Adrián en un péndulo a mitad de faena, el toro lo tuvo entre las manos. Pudo haberlo herido, pero pareció perdonar la temeridad. Este toro se arrastró sin las orejas por voluntad presidencial. Sin las orejas, pero se fue el toro. Se fue sin torear. El encierro matinal había sido el más agitado de la semana. Tres corredores corneados.
Se libraron de milagro unos cuantos más. Ninguno de los dos toros de nota acusó resabios de la carrera. Sí todos los demás, con la salvedad del sexto. El cuarto, el de peor nota de la corrida, fue particularmente pegajoso y distraído, no humilló ni una sola vez y acabó en seguida por no pasar. Más talludo que los demás, sin el remate tan fino de los otros, levantado de principio a fin, entró en el debe del ganadero. El segundo repuso las embestidas y fue toro a su aire. El primer fue toro andarín. El sexto fue claro y a más.
Con estas mimbres se tejió la corrida más festera de la semana. La única de las ocho celebrada en domingo. Un saldo de cinco orejas, colgadas y sin colgar porque la mayoría de ellas fueron de todo vale, vale todo. Tan solo la primera de ellas, premio para Saúl Fortes con el toro que partió plaza, fue de ley. No solo porque de ley fue la estocada con que rodó sin puntilla el toro, sino porque tanto el toreo de capa -larga afarolada de rodillas a porta gayola, lances despaciosos de mano baja- como el de muleta -despacioso, vertical, ligado y ajustado, corrección técnica del gazapeo del toro- tuvieron personal enjundia. Lo llamativo fue la sensación de seguridad y el impecable aplomo con que Fortes anduvo en la cara del toro sin pestañear. Templado incluso en la apertura de faena de rodillas por abajo y en remates de soberbios de pecho tirados al hombro contrario. La oreja del cuarto, sancionada a pesar de una estocada rinconera, fue más dadivosa que otra cosa. El empeñó fue en serio a la vista de la ingrata condición del toro. La seguridad y la ambición, las mismas del primer turno. Y, en fin, el capricho de abrir faena sentado en una silla incluida en el atrezzo,
Una faena interminable y desgobernada de Fernando Adrián al aire del segundo toro tuvo un final desgraciado: cuatro metisacas y ocho golpes de cruceta. Un aviso, que llegó por cierto con retraso. La faena del quinto -carnaza para las peñas, de rodillas por la espalda para abrir boca- fue puro desorden, un lío, de aquí para allá, asido al lomo Adrián en muchas bazas. Hasta la cogida desesperada, que volcó el ambiente como suele en Pamplona en esos trances. Manoletinas y una estocada caída. Y la parodia de una apoteosis.
Por abusar de los paseos olímpicos entre tandas y de los guiños al tendido, y por pecar de ligero y despegado, Ginés Marín se dejó la ocasión tan clara de su primer toro.
Mucho más fino, en cambio, con el sexto en largo trasteo que remató con una de sus estocadas de manual. Una oreja. Otra.
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Cuaderno de Bitácora.- Hace un año, en una fecha como la de hoy, ingresé en el Hospital Universitario por una pequeña crisis respiratoria. Me curaron y mimaron. Pero me perdí las corridas del 13 y el 14. La de Escolar y la de Miura. No recordaba que en una de ellas se había hecho querer Juan de Castilla. Ayer lo dí por nuevo en Pamplona. Y no. Una gran aficionada guipuzcoana de Beasain me lo ha recordado esta tarde. La edad no perdona errores.
Junto a la reseña de la corrida de ayer, la corrida de las orejas, remito a la mayoría de corresponsales la compilación de bitácoras del año 24 que Ángel Cervantes tuvo una vez más la santa paciencia de editar y compilar. Me la pidieron algunos -no doy nombres- y ahora va. Con retraso. Solo para incondicionales.





