Valentísimo y capaz con un excelente toro de Escolar, el torero colombiano es aclamado con el coro de “Torero...Torero”
Dramática cogida de Rafaelillo, premiado por compensación
Impresionante corrida de Escolar con dos cinqueños de nota
Pamplona, sábado 12 julio 2025 (COLPISA, Barquerito).- 8ª de feria. Templado. Lleno. 19.500 almas. Dos horas y diez minutos de función.
Seis toros de José Escolar.
Rafaelillo, silencio y oreja. Fernando Robleño, silencio y silencio tras aviso. Juan de Castilla, oreja tras aviso y silencio tras aviso.
Juan de Castilla cogido por el tercero pasó a la enfermería, donde fue asistido de traumatismo toraxico. Volvió al ruedo para lidiar el sexto.
Rafaelillo, cogido y volteado por el cuarto, pasó a la enfermería tras dar muerte al toro, presentando politraumatismos. Constantes estables. Fue traslado al Hospital Universitario de Navarra para completar estudio radiológico y observacion. Pronostico Reservado.
Fdo: Doctor Ángel M. Hidalgo.
En el Hospital Universitario pasó a cuidados intensivos y le diagnosticaron «fuerte traumatismo torácico con afectación de varias costillas y neumotórax»
ARMADOS HASTA LOS dientes, los tres toros cinqueños de la corrida de Escolar sirvieron un mayúsculo espectáculo. Un tercero playero y cornipaso de casi un metro de cuerda de pitón a pitón, un cuarto vuelto y descarado tan ofensivo como el que más y un quinto, todo un galán, de impresionante porte. Se perdió hace tiempo en Pamplona la costumbre de aplaudir de salida toros de parecido calibre y los tres contaron de partida como otros tantos de la semana de San Fermín. En todo caso, cortarían la respiración.
Cada uno fue de una manera. El toro tan cornipaso fue el mejor de la corrida y uno de los mejores de la feria. De cañas finísimas, bajo de agujas, solo 525 kilos -y para qué más- fue de muy original estilo. Receloso antes de varas, incluso reculando a la vista de quien pretendiera acercarse, atacó luego con fiereza, pero tomando engaño por abajo.
Bravo en el caballo, notable la salida del segundo puyazo, obligó a los banderilleros a llegarle y cortó en el tercer par. De cara o cruz. Y fue cara.
El colombiano Juan de Castilla, nuevo en sanfermines, se había hecho aplaudir por su arrojo en el momento de parar el toro y fijarlo. Sobre él vino a pagarse una tensa atención desde que, hincado de rodillas casi en la bosa de riego y parapetado tras la muleta, reclamó de largo al toro, se llegó a él avanzando hasta el tercio y ahí fue una primera tanda por abajo ligada y abrochada con el de pecho. El toro humilló y repitió, como los buenos. Y ya fue un no parar. En mitad del estruendo propio de un sábado sanferminero se abrieron paso sonoros olés para celebrar cada pase de una faena de sobresaliente firmeza, valor sin aparato, buen gobierno también.
Parecía destinada a ser faena breve, pero todo lo contrario. Se encontró a gusto el torero, y reconocido sobre todo cuando ligó una con la izquierda de cuatro y el de pecho. La segunda mitad de trasteo, con su entrega sin reservas, tuvo el broche de una temeraria serie de manoletinas de rodillas. De una de ellas salió cogido y revolcado pero ileso el torero de Medellín. Había un problema pendiente: por la envergadura parecía imposible pasar con la espada. Al querer echarse encima del toro, Juan salió encunado de lleno y volteado. Se dolió del pecho o del vientre, pero sin un gesto de más. Se coreó el “¡Torero, torero!” de las grandes ocasiones. En un segundo ataque la espada entró contraria pero con muerte, que el toro resistió a pesar del derrame de sangre escupida. Gran ovación para el toro en el arrastre. Y una oreja carísima para Juan de Castilla, que era el torero tapado de esta feria. No un secreto a voces, pero casi.
Rafaelillo decidió dar réplica a lo recién visto y se fue a porta gayola para recibir al cuarto. Antes de la reunión cayó de espaldas y no hubo nada. En tablas le pegó dos largas de rodillas a ese cuarto toro, paso y vuelto, muy largo, que, sin las calidades del tercero, muy pegado en el caballo, fue toro particularmente pronto, descolgado a las primeras de cambio, Con él acabó librando Rafaelillo una batalla temeraria y trepidante, de tinta cargada, porque, al perderle la cara después de un vibrante comienzo, salió desarmado y perseguido, zarandeado y volteado con una caída de espaldas que debió de dejarle sin aire. La paliza fue monumental. Despojado de chaqueta y chaleco, solo la camisa y los tirantes, cojeando y doliéndose de todo tras un largo paréntesis, Rafaelillo volvió a la carga para cuadrar y agarrar no se sabe cómo una estocada suficiente. Con una oreja del toro pasó a la enfermería, donde es paciente bien conocido.
No más angustias. Sereno, Robleño tragó con los problemas del hermoso quinto, muy mirón, de corto recorrido y aire felino. Tres pinchazos, estocada corta y siete golpes de cruceta porque el toro no descubría. Tuvo distinción y majeza su faena con el segundo de corrida, que se revolvió y enteró con aire predador de toro incierto. Pegarle a ese toro tres naturales clásicos justo antes de la igualada fue un milagro. Y una pequeña obra de arte. Lo fue también, al segundo intento, una estocada que entró como con vaselina.
Muy basto el primero y altísimo el sexto, el de peor nota de todos, no sumaron ni restaron en el balance de la corrida de mayores emociones de la semana. Suficiente
Rafaelillo, tesonero y abnegado Juan de Castilla, héroe de la tarde.
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