TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

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Pamplona. Crónica de Barquerito: Roca Rey vive su primer desencanto.

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Papel estelar en su segunda tarde de sanfermines pero no tienen peso dos desordenadas faenas de son menor con dos toros muy manejables


Corrida decepcionante de Jandilla


Precioso toreo de compás de Juan Ortega y Pablo Aguado

 

Pamplona, 11 jul. (COLPISA, Barquerito).- 7ª de feria. Bochorno. Lleno. 19.500 almas. Dos horas y diez minutos de función.

Cinco toros de Jandilla y uno -2º- de Vegahermosa (Borja Domecq Noguera)

Juan Ortega, silencio en los dos. Roca Rey, silencio tras dos avisos y silencio tras aviso. Pablo Aguado, saludos y silencio.

 

POBRE DE TRAPÍO, la corrida de Jandilla fue la más dispar de hechuras de lo que va de San Fermín. No solo desigual. El cuarto, casi 600 kilos, fue el más feo de toda la semana. Y el más manso también. Gran borrón, apenas paliado por la calidad de un tercero cinqueño, que fue con diferencia el toro de la corrida. En él se reconoció el sello de la ganadería. Pero solo en él. Dieron juego un segundo tan sumiso y dócil que pareció de todo menos genuinamente bravo aunque de bravo muriera y un quinto que se empleó por las dos manos con buen aire. Demasiado terciado, impropio de la Feria del Toro, viciado y avisado por la mano izquierda, el primero, encelado en el caballo de pica, tuvo por la mano derecha buen son. El sexto fue uno de tantos. La octava ganadera de Pamplona prima la rivalidad entre ganaderos. Jandilla no vino esta vez a competir. Un desencanto. Y no el único. También Roca Rey, cuya resistencia en el segundo toro a tomar el estoque de cruceta con que hacer valer una estocada tendida sin muerte acabó teniendo muy caro precio: dos avisos, secuela de una interminable agonía castigada por una losa de tiempos muertos. Sin ese castigo es más que probable que la faena hubiera tenido premio tangible. Una oreja por lo menos. Estaba por reclamarla la mayoría, no tan entregada sin condiciones como otras veces. Se celebraron los golpes de efecto del repertorio del torero limeño: los cambios por la espalda de rodillas, los molinetes, los péndulos en asfixiante distancia, los circulares inversos, los medios ovillos y, desde luego, los guiños cómplices. Y sin embargo a la faena le faltó de todo un poco: ajuste, por ejemplo, o una mera tanda completa y en serio. Y le sobraron las pausas y paseos.

Esa faena primera de Roca vino encajada entre las dos mejores de la tarde: una de Juan Ortega y otro de Pablo Aguado. Las dos fueron ejemplo de toreo de compás. Distintas.

Más suntuosa y calmada la de Ortega, espléndido en el toreo en redondo ligado en tandas de llamativa abundancia -dos, de hasta seis en el mismo tramo-, descolgado de hombros, dibujando con pulso singular. La apertura por dobladas genuflexas fue preciosa. Un intento de toreo frontal al natural, desplazando al toro que no paró de meterse o quedarse por la mano izquierda, se saldó con un inoportuno desarme. El remate de tanto primor fueron dos estocadas impropias: una atravesada que asomó y otra en los blandos.

Con el toro de la corrida, que salió con muchos pies, Aguado se fue a los medios sin vacilar desde casi la primera baza y en ellos se posó para abrir con una primera tanda en redondo extraordinaria, abierta con molinete y cerrada con trinchera. Una segunda tanda enroscada casi igual de feliz, el toro enroscado, una de naturales de muleta arrastrada y una cuarta serie a pies juntos, primorosa también. Todo pasó como un relámpago. Tan en continuo que no dio tiempo a reaccionar a la gente. Dos pinchazos y media.

Ortega dejó sello de su toreo a la verónica de alta escuela con tres lances y media de salida en el primero toro y con un quite garbo puro por chicuelinas. Aguado toreó a la verónica muy despacio al tercero de salida y con gracia en un quite por delantales. Roca Rey se lució en el recibo del segundo con un surtido mixtísimo de dos a pies juntos, tafallera, cuatro gaoneras de tanto ajuste como arrebato, una media caleserina en falso y una amplia revolera.

Ortega se quitó con aseo de en medio al manso cuarto y Aguado cumplió de formas y maneras con el sexto. Entre uno y otro Roca Rey sintió el amargo sabor del desencanto.

Una faena demasiado deslavazada a pesar de la claridad del toro. Hubo más de uno y más de dos muletazos poderosos de largo trazo, y hasta un par de tandas ligadas, pero de pronto nada encontró eco. Pasos perdidos al torear por la izquierda. Y la última desventura: cinco pinchazos y media. Ya estaba el barrunto de tormenta sobel barrunto de tormenta sobrevolando

Pamplona. Y en mitad de faena se fue la luz de la plaza. Un apagón.

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Cuaderno de Bitácora.- No me he parado a contar el número de farmacias de Burlada. Unas cuantas. No sé si están bien repartidas. En Ibaialde, el más moderno de los barrios pegados al soto del Arga, no he detectado ninguna. Y en la Burlada del primer despegue -las viviendas obreras de San Juan o las moles de ocho plantas que bajan desde la parroquia hasta el Ayuntamiento nuevo- tampoco. En cambio, en la Ronda de Ventas y sus aledaños, en la calle de las Merindades, que es vía capital de salida hacia la autopista, abundan y parecen crecer como setas. Como si solo precisaran medicinas las clases medias o pudientes. Yo tengo la mía y no falla. Lo que llama la atención es lo amplias que son. El doble o el triple que cualquier botica de Pamplona, no digamos Madrid o Sevilla.

En el paseo de esta mañana reparé en el edificio abandonado del final de Merindades, cerca de la parada de la villavesa. Es la antigua fábrica de embutidos Kiliki, de Venancio Villanueva S.A. Un edificio de cuatro plantas años 50. Del que fue famoso chorizo de Pamplona hace mucho que no tengo noticia. Sí recuerdos de infancia.

Última actualización en Viernes, 11 de Julio de 2025 20:38