Se cumple su empeño declarado de salir de Pamplona a hombros
Toreo de ajuste modélico. Dos estocadas soberbias
Tomás Rufo, a hombros con él
Sin suerte Roca Rey
Pamplona, miércoles, 9 julio de 2024. (COLPISA, Barquerito).- 5ª de feria. Veraniego. 19.500 almas. Dos horas veinte minutos de función.
Seis toros de Álvaro Núñez.
Morante, una oreja en cada toro, a hombros. Roca Rey, silencio en los dos. Tomás Rufo, una oreja en cada toro, a hombros.
Quites relevantes de Fernando Sánchez.
LOS DOS TOROS del lote de Morante fueron los de más romana de la corrida de Álvaro Núñez. Castaño albardado el primero, melocotón calcetero el cuarto. Muy bien hecho el uno, amplio y alto, buena pieza el otro. Los dos metieron los riñones en el caballo. Encelado con gran estilo el primero, y renegando el cuarto, que se salió suelto después de cobrar. Dos toros de diferente condición. Al primero, único cinqueño del envío, le costó mover tantas carnes y, aunque fue codicioso, se apoyó por flojo en las manos, se fue apagando y le faltaron fuerzas para entregarse. El cuarto se movió y duró mucho más pero no sin resistirse ni dejar de protestar punteando y hasta revolviéndose con aire pegajoso. Los dos tuvieron fijeza y noble fondo.
A los dos les dio fiesta Morante. Fiesta grande. Y fiestas, a tenor del género, bien distintas, aunque con el sello obligado de la torería singular. Lo que las dos faenas tuvieron en común fue, además de la colocación y el asiento, el ajuste. El canon del toreo embraguetado y traído a la cadera que se distingue de cualquier otro modelo. Por lo menguado del poder del primero, en ninguna de las tandas por abajo -tres en redondo, dos al natural- pudo ligar Morante más de tres seguidos. O por acostársele el toro o por reponer la embestida. Y, sin embargo, todas ellas, con su remate, se cumplieron en una palmo de terreno. Entre las rayas frente al tendido de capotes pasó todo, que no fue poco.
La apertura, todavía en tablas, fue brillante. Estatuarios cosidos con el natural, uno de pecho, un molinete y el segundo de pecho, con el cual ya estuvo plantado Morante en la primera raya buscando el abrigo de un ligero viento. El toreo a pies juntos, un cambio de mano de salida, un espléndido abanico final de invención propia: esas fueron variantes de un trasteo seguro y preciso. Antes de todo, Morante se hizo querer en el recibo de capa con lances de cara suavidad, la figura compuesta naturalmente, un desarme al cuarto lance -pareció caérsele el capote de las manos-, dos chicuelinas de sorpresa, tres largas por alto ligadas y, en fin, una larga más para dejar al toro en suerte frente al caballo. La estocada en lo alto fue inapelable. La vuelta al ruedo oreja en mano fue de clamor. Al toro melocotón tuvo que echarle la capa en reclamo, porque se le soltaba y corría con el resabio propio del encierro. Morante logró asentarlo con lances de mera lidia. Una banderilla en el hoyo del puyazo de más castigo amenazó con arruinar la fiesta. La sacó una mano anónima desde el burladero. Era el toro de la merienda y costaba apostar por nada que no fuera cumplir un trámite. Algo descompuestas las embestidas en la brega reiterativa de Curro Javier. Y de pronto, el golpe de magia y de gracia: cerrado en tablas Morante se dobló con el toro, lo fijó con cuatro muletazos, un molinete y un cambio de mano de salida del repertorio propio.
Y a partir de ahí una profusa faena, inesperadamente empeñosa, de infinitas soluciones, de buscar sin cansarse el fondo del toro que se pasó por la faja en todas las bazas, ni un paso perdido ni en falso, por una mano y la otra, sin echar cuenta del punteó del toro.
Tandas largas de hasta cinco y el remate de pecho o con el cambio de mano de firma propia. Fue una catarata de muletazos, algunos naturales fuera de serie, un hilo constante que cogió a la gente desprevenida o con la boca llena, pero que en el remate de faena, después de un molinete de rodillas y una tanda de giraldillas antológicas, acabó coreando cada pase y celebrando con un grito unánime una estocada por el hoyo de las agujas que hizo rodar al toro sin puntilla. La segunda vuelta al ruedo fue todavía más clamorosa que la primera.
El toro de mejor son y más poder de la corrida fue un tercero jabonero con el que Tomás Rufo se entendió, acopló y templó con la mano izquierda. Al sexto, un punto destartalado en hechuras y condición, lo tumbó de estocada fulminante. No tuvo suerte Roca Rey, más premioso de lo habitual: se echó desangrado el segundo de corrida, que no podía con su alma y el quinto, tardo y quedado, a la defensiva, se paró en seco.
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Cuaderno de Bitácora.- La Media Luna de Pamplona tiene un aura romántica. El paseo serpeante sobre el gran talud frondoso que deja a la ciudad colgada sobre un abismo. A un lado, al norte y al otro lado del río, las huertas de la Magdalena. Y acá, a la espalda. un parque muy arbolado donde destacan por su porte las secuoyas. Debajo, el río dormido con su meandro en lazo.
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Los nuevos bancos han sido un desacierto manifiesto. Error de mobiliario urbano, aquí tan impropio.
Al final del camino, una generosa cuadrilla celebraba una fiesta con música sanferminera auténtica, es decir, rancheras. El Rey y México lindo y querido, si muero lejos de tí, que digan que estoy dormido y...
La felicidad





