Corrida muy ofensiva y de serias dificultades, pero con la joya sobresaliente de un muy completo quinto ensabanado y espectacular
Faena prolija, aparatosa y de carácter del torero de Los Palacios

Pepe Moral iniciando la faena al quinto toro de la tarde: "Lioso", nº 24, ensabanao salpicao, de 580 kilos, nacido en Enero de 2020. (Foto Diario de Navarra)
Pamplona, martes, 8 julio 2025. (COLPISA, Barquerito).- 4º de feria. Primaveral. Soleado, ventoso, Lleno. 19.500 almas. Dos horas y cuarto de función.
Seis toros de Cebada Gago.
Antonio Ferrera, silencio tras aviso y silencio. Pepe Moral, que sustituyó a Víctor Hernández, palmas tras aviso y oreja tras aviso. Román, silencio y silencio tras aviso.
Quite providencial de Juan Sierra a Pepe Moral, que cayó descubierto en la cara del segundo toro.
LOS SEIS TOROS cinqueños de Cebada Gago lucieron formidables garfios. No se esperaba menos pero tampoco tanto. Dentro de la norma hubo las debidas variantes. Del abierto de cara al remangado, del cornidelantero al veleto. Y un quinto de corrida que cerraba lo justo las puntas para que, sin perder un ápice de seriedad, fuera por delante un toro de particular armonía.
Y no solo la armonía. También y antes que nada, la lámina, la estampa, la pinta y la figura. Cárdeno claro moteado o amoscado, ensabanado para el común, bocinero y ojalado, el toro le entró por los ojos a todo el mundo tan solo aparecer, y hacerlo, además, con el galope vivo tan propio de los cebadas que se disparan en el encierro como bólidos. Las hechuras y el remate no tuvieron casi nada que ver con el de los cinco restantes de una corrida en que pintaron bastos.
A las hechuras respondieron la condición y el estilo. El ímpetu primero se fue apagando cuando Pepe Moral le bajó los humos con lances bien tirados. El recibo había sido, de rodillas frente a la puerta de toriles, a porta gayola de verdad, una larga cambiada que tuvo por mérito especial el ajuste improvisado porque la salida del toro fue ciega, ni siquiera deslumbrada. Largo y estrecho, atemperado después de dos puyazos, pronto y alegre, el toro galopó en la muleta cuando Pepe Moral lo citó en la distancia, descolgó antes de acabar humillando con noble entrega, tuvo tanta prontitud como fijeza.
Cuando la faena, muy prolija, casi el cuerno de la abundancia, se planteó en corto, todavía embistió mejor el toro, que tuvo el detalle de darse por las dos manos sin un solo renuncio ni una sola mirada clandestina. A pesar de las pausas con que Pepe Moral salteó la faena a medida que ganaba confianza y asiento, la presencia del toro fue punto capital. Para colmo, después de una estocada delantera y atravesada, el toro resistió en pie tragando sangre sin dolerse ni afligirse. Una lenta agonía que provocó aplausos en oleada de admiración.
Por amarrar el triunfo, y calculando que el toro iba a echarse, Pepe Moral se resistió a tomar la espada de cruceta. Con la demora de la muerte, cayó el castigo de un aviso. No hubo más remedio que descabellar. No descubría el toro, no lo hizo ni cuando en dos tiempos le sacaron el estoque, y antes de intentar acertar a la primera tuvo el torero de Los Palacios que pincharle la cara varias veces. Con el primer golpe bastó. Y entonces, sin muleta ni espada, inerme, se fue corriendo hasta el platillo y alzó los brazos proclamándose en triunfo. Una oreja.
La ovación para el toro en el arrastre fue de clamor. Los méritos de la faena, un punto precipitada de partida, más templada a medida que fue sintiéndose el torero dueño, algo agitada en molinetes de solución o una media tanda de rodillas impropia a mitad de trasteo, marcada por el ansia de triunfar, de oficio probado, no fueron menores. La entrega, irreprochable.
El resto de corrida fue, naturalmente, de muy otro nivel. Ferrera se eternizó en una faena de nunca acabar con un primero de mucho cabeceo y solo en la media altura. El viento no permitió entonces confianzas. El cuarto, enmorrillado, de buenas hechuras, fue agresivo, listo y mirón, no paró de soltar trallazos y lo justo fue abreviar. Probón, reservón y con sentido, el tercero fue el de peor nota de la corrida. Román estuvo hecho un haz de nervios y vivió un quinario con la espada. Cinco pinchazos y una entera atravesada, dos descabellos. Más tranquilo con un sexto escarbador que sin entrega se empleó por la mano derecha. Pero otro desastre con la espada.
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Cuaderno de Bitácora.- El trazo de la calle Mayor de Burlada se corresponde con el de la antigua carretera de Francia y debe de ser uno de los tramos urbanos más cortos del Camino de Santiago, que antes de subir a Pamplona va bordeando la margen derecha del Arga. Burlada y Villava están unidas sin más frontera que una rotonda moderna y una avenida de cruce en el ensanche antiguo del casco viejo de Burlada.
En el tramo de entrada del Camino se fueron asentado en Burlada comunidades de religiosas, creo que de carmelitas y siervas de Jesús, titulares de edificios muy poderosos que con el paso de los años se han convertido en colegios o asilos, destino habitual de conventos no desamortizados. El casón de Notre Dame, fachada cubierta de hiedras, es un regalo. El de las Siervas, algo cuartelero.
La acera está muy arbolada y sombreada. Una calle frondosa. No toda. Enfrente de las siervas dos familias de la burguesía pamplonesa, supongo, se hicieron dos viviendas de aire regionalista vasco. Años 50. Como dos caseríos. Una rareza. Pero se dejan ver y querer.





