Herido menos grave por el tercero, el torero colombiano planta cara sin duelo a un toro de casi 700 kilos
Entrega sincera de Damián Castaño
Corrida dispar, diversa y nada sencilla de Dolores Aguirre
Madrid, martes, 27 mayo de 2025. (COLPISA, Barquerito).- 16ª de San Isidro. Veraniego. 19.569 almas. Dos horas y diez minutos de función.
Seis toros de Dolores Aguirre (María Isabel Lipperheide)
Fernando Robleño, silencio y leves pitos. Damián Castaño, silencio y ovación. Juan de Castilla, vuelta al ruedo y silencio
Dos pares soberbios de Iván García al sexto toro.
Juan de Castilla, herido menos grave por el tercero.
DOS DE LOS toros de Dolores Aguirre pasaron la frontera de los 600 kilos. Los rasó el primero de corrida, mulato chorreado en morcillo, paliabierto, que volvió el caballo en un primer puyazo corrido y trasero, se dolió en banderillas y, con desgana y sin humillar, un fondo de nobleza, metió la cara antes de irse a tablas. Robleño no se tomó confianzas ni pasó tampoco apuros. No estaba a gusto y se notaba.
Se puso en los 670 el sexto, cinqueño, una auténtica mole que llevó el peso sin afligirse ni emplearse, puesto por delante de primeras y rajado enseguida. Herido por el tercero en el inicio de faena, con una cornada de 14 centímetros en la espalda y cuatro puntos de sutura en el pene, Juan de Castilla salió de la enfermería para vérselas con ese toro gigantesco. De rodillas frente a toriles, lo recibió en gesto temerario sin correspondencia. Frío, el toro se vino al paso y dejó al torero colombiano librar a pulso la preceptiva larga cambiada. Suelto el toro, el gesto de valor no se tuvo en cuenta. Fue el toro que menos se empleó en el caballo pero se dejó pegar. Parado, ajeno y rajado después de banderillas, pareció de repente mera carne de cañón.
En corrida descompensada, los cuatro toros restantes, de proporciones mucho más razonables, promediaron los 550 kilos, pero fueron de hechuras muy distintas. Playero y cargado de culata, el cuarto apretó en dos varas de duro castigo pero se salió suelo de las dos. Los toros de encaste Atanasio no son sencillos de banderillear -la cara arriba, esperan- y este cuarto fue particularmente difícil. Tardo, reservón y mirón, se revolvió cabeceando luego. Robleño tiró por la calle de en medio, buscó la igualada sin siquiera castigar antes y cobró una estocada casi letal. Tres golpes de cruceta con el toro aculado en tablas.
Chorreado en morcillo como el primero, el de los 600, el tercero solo se le pareció en la pinta. Ágil y agresivo, con muchos pies de salida, fue toro correoso, incierto y listo, punteó capotes con genio. A pesar de todo lo cual, tras una breve tanda de doblones, Juan de Castilla se fue a la distancia, paralelo a las rayas, de espaldas a la puerta de toriles, para un cite de cara o cruz. Se le vino el toro al cuerpo sin atender engaño, lo volteó, lo buscó en el suelo, lo tuvo entre las manos y le pegó dos cornadas. Se sobrepuso y recompuso, se calzó un pantalón bermudas del tamaño de la taleguilla -descosida por la bragueta- y volvió a la cara del toro con entereza admirable. No fue un gesto barato ni para la galería. Muy en serio, ninguna broma, y formidable firmeza porque el toro se quedó debajo en casi todas las bazas y no se le fue al torero de Medellín ni un pie. Trasteo sin brillo pero emotivo, saldado con una estocada arriba soltando el engaño. Herido de muerte, el toro se resistió a doblar, lo hizo pero para resistirse y morir barbeando las tablas antes de rendirse sin puntilla.
El lote de mejor trato vino a manos de Damián Castaño, que hace poco más de un mes había matado como único espada una corrida de Dolores Aguirre en San Agustín de Guadalix, a 40 kilómetros norte de las Ventas. No fue sencillo el segundo -un bravo quite de Juan de Castilla por gaoneras-, de buena nota en el caballo y pronto en banderillas. Damián lo bajó la mano, trató de traérselo enganchado pero lo despidió con medios muletazos acelerados. Le costó asentarse y sentirse seguro. Combate nulo.
El quinto, colorado melocotón, engatillado, palas blancas, bella estampa, era el toro que había salido en todas las fotos. El que de forma más evidente desigualaba una corrida tan poco pareja. Frenado, algo distraído, no llegó a romper en claro, pero fue en la muleta toro caliente. Ahora se entregó Damián, compuesto y sereno, en una faena de tensa emoción y de trágala también porque en el tercer muletazo de tanda el toro se enteraba. En el alambre y solo por la mano derecha el toro. Cada vez más dispuesto Damián, brillante en un final de faena de linda resolución, con trincheras cosidas con el de la firma, y entonces toro bien gobernado. Un pinchazo y una entera. Lo sacaron a saludar a la segunda raya.
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Cuaderno de Bitácora.- Dolores Aguirre solía pasar la feria de San Isidro entera en su casa del barrio de Palacio, el único del casco antiguo que resiste sin sobresaltos las invasiones del turismo de masas y los desmanes de los pisos turísticos legales o ilegales. Tranquilidad. Cerca de San Nicolás y de la plaza del Biombo, de donde desapareció primero un garito de cocina gaditana y, años después, una casa de comidas de las de toda la vida. Hay quien llama a la zona el barrio romántico.
Tal vez porque en la calle de Santa Clara se pegó Mariano José de Larra el tiro suicida que se hizo leyenda. Larra es la modernidad misma, Podéis leer una prosa de hace dos siglos y comprobarlo.
Metro Ópera Dolores iba a los toros en metro todas las tardes. Y en metro volvía. Como era figura conocida y persona accesible, no había viaje sin charla taurina, cuando en el metro se hablaba de toros.





