Realizó una excelente faena al sexto toro, de Torrealta, y una pequeña pero no menor exhibición de su repertorio de capa
5 toros muy armados pero sin fuerzas de Juan Pedro Domecq
Desangelada versión de Juan Ortega
Madrid, sábado, 24 de mayo de 2025. (COLPISA, Barquerito).- 14ª de San Isidro. Primaveral. No hay billetes. 22.968 almas. Dos horas y diez minutos de función.
5 toros de Juan Pedro Domecq y 1, 6º, de Torrealta.
Mano a mano. Juan Ortega, silencio, silencio y silencio tras aviso. Pablo Aguado, silencio, aplausos y una oreja.
Álvaro de la Calle, sobresaliente, no tuvo ocasión de intervenir.
CON LO QUE NADIE contaba era con que la corrida de Juan Pedro Domecq saliera con tanta cara como poco poder. Armada y bien armada, astifina y muy astifina sin excepción. Todos. Desde un primero remangado hasta un sexto tan serio como cualquier otro y, además, el único que se empleó sin desmayo. Las hechuras fueron diversas. El cuarto, el más ofensivo y descarado de los seis, fue castigado con un coro menor de miaus. Sería para destacar la desproporción entre cuerna tan relevante y su estrechura.
Con la salvedad del sexto, el más cuajado de todos, la falta de fuerzas fue problema común, que toro a toro se fue dejando sentir. El primero, de son apacible, se fue apagando poco a poco. Suelto siempre, las manos por delante, sin golpe de riñón, el segundo, toro saltimbanqui que estuvo por sentarse, fue el peor de los seis. Crudo de varas, el tercero acusó el vicio de los toros demasiado corridos en el campo y se pegó carreras sin cuento. No le convino una faena intermitente de Juan Ortega. Duró muy poquito el cuarto, tan protestado solo por su peso ligero. El quinto duró menos que el cuarto. Y, en fin, el sexto, que fue como si empezara otra corrida. Otra cosa, otra manera. Parado de partida, plantado fuera de las rayas pero no emplazado, cambió en banderillas y de golpe el signo de la tarde y de la propia corrida, mano a mano de los dos toreros que mejor interpretan y representan el repertorio clásico de la escuela sevillana: Juan Ortega y Pablo Aguado, De los dos solo Aguado contó, y contó desde el primer quite en que tuvo ocasión de intervenir, por airosos delantales en el toro primero, y el remate de una larga extraordinaria de remate dibujada como una estela de humo.
Volvió a ser, en un quite al tercero, cuando Aguado se dejó de nuevo sentir, ahora por chicuelinas auténticas, cosidas para general sorpresa con una espléndida verónica de remate. Las seis verónicas con que fijó al cuarto en medio del ruido de miaus fueron más que notables, y el galleo para llevarlo al caballo, también. Y un primoroso quite a pies juntos que provocó la respuesta de Ortega por chicuelinas, tres, y media excelente.
Se daba por descontado que habría rivalidad en quites, pero no la hubo. A Ortega no terminaron de salirse suertes que domina -la verónica canónica a cámara lenta, por ejemplo- y lo más redondo fueron las tafalleras de un quite en el quinto toro. La tafallera convertida en suerte mayor. Casi nada le salió a Ortega en tres faenas difusas, ninguna de las cuales llegó a tomar cuerpo ni asiento. Aguado, en cambio, se esmeró con el cuarto y antes de que el toro pidiera la cuenta firmó muletazos de marca por las dos manos. En ellos, el aire inconfundible del toreo sevillano de plantas posadas, figura compuesta con naturalidad y un armonioso juego de brazos. El reconocimiento fue rácano entonces, pero no después, cuando, convencido, encajado y seguro, se ajustó con el sexto, el de Torrealta, qué entró en la corrida por la mañana, le consintió y tragó su punto intemperante y lo sorprendió, al toro y a la gente también, con las variaciones y el ritmo propios del toreo de escuela. Ligar el ayudado por alto con el natural, por ejemplo, y dejarse ir en una faena en continuo, sin cortes, soberbia con la zurda, despacito, despacito, sin una sola señal de violencia pero para terminar gobernando al toro con autoridad, trayéndoselo por delante, pasándoselo muy cerca. Muy bello. Una buena estocada. Se dio por pagada la inmensa mayoría.
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Cuaderno de Bitácora.- La joya de la corona de las Ventas son sus dos ascensores de la puerta de autoridades. Una sube a las andanadas de sombra. El otro, a las gradas de sombra. Nadie sabe decir de cuándo data su montaje. Lo más probable es que se instalaran en la primavera de 1934, cuando la plaza estuvo del todo terminada.
La cabina estrecha, solo cinco pasajeros por viaje, es modelo único, tal vez alemán. O inglés. O nortamericano. Debe de ser la pieza más cuidada de todo el mobiliario de la plaza. Y la más silenciosa.
En las Galerías Lafayette de Bayona había uno parecido, pero no tan silencioso. Bayona es una de las ciudades francesas más bellas. Su centenaria plaza de toros, muy silenciosa.





