TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

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El largo y cálido verano (4). Un texto viejo y una bitácora fresca

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En el texto viejo, una crónica de rutina, va incluida una noticia clave: fue la última corrida celebrada en la plaza antigua de Txagorritxu, la de 1880, que tenía solera y palcos teatrales. Y se tragaba polvo de aquella manera. Como se sabía que era la última corrida, hubo una pequeña reacción sentimental. Arrastrado el sexto toro, no quería irse de la plaza nadie. Del tercero de terna, Iker Lara, se decía que era sobrino del entonces lehendakari Ibarretxe. Nunca se confirmó el rumor. De Llodio eran y son uno y otro. Los dos, retirados. Iker tenía temple, pero medía casi dos metros y... Juan Ignacio Ramos, burgalés de cuna pero crecido como torero en Vitoria. era tenido por el torero del país, el de casa. Juan Bautista ha estado siempre en Vitoria en fechas célebres. Clausura de la plaza vieja, inauguraciòn de la nueva y, además, escenario de su reaparición tras una breve retirada. La corrida de Peñajara no estuvo mal.  Hoy -ya hoy- es 5 de agosto. La fiesta central de la Blanca. Una fiesta muy hermosa.

Y la bitácora, que podría haber sido de otra manera, pero acaba siendo una guía de autobuses con salida en Tortosa y final en las campas de Carabanchel y los corrales del Batán. Rumbo a Roma. La venta de Batán, destino taurino recuperable.
EL CORREO Vitoria. 9 de agosto de 2005

 

ADIÓS PARA SIEMPRE, VIEJA PLAZA

Barquerito


Seis toros de Peñajara (José Rufino Martín). Corrida bien presentada, de hechuras y condición desiguales. El quinto, de mucha bondad, el de mejor juego. Nobles el segundo, fragilísimo, y el sexto, apagadito. El tercero, mirón y agresivo, y el cuarto, topón, fueron los más deslucidos. Manejable el primero, que se aplomó. José Ignacio Ramos, de azul mahón y oro, ovación tras un aviso y ovación. Juan Bautista, de azul pavo y oro, silencio y una oreja. Iker Javier Lara, de blanco y plata, ovación y palmas tras un aviso.

Vitoria. 5ª de feria. Un cuarto de plaza. Bochorno. Última corrida en la plaza de Txagorritxu.

ERA LA ÚLTIMA corrida que se celebraba en la plaza de Txagorritxu. Melancólica cuestión para quienes estaban en el secreto. Antes de soltarse el sexto, clarines y timbales entonaron, en lugar del toque clásico de suelta de toro, un Agur Jaunak en versión inédita. Sonó de maravilla. No estaba prevista esa sorpresa suculenta. Los que se apercibieron del detalle lo subrayaron con una ovación. Cuando se arrastró el último toro, pareció que a la gente le costaba arrancarse, salir de los toros por última vez. Remolonearon las cuadrillas y en particular José Ignacio Ramos y su gente, porque la plaza, que será dentro de un año sólo un recuerdo, es para ellos parte mayor de su historia. Luego, algunos blusas empezaron a invadir al fin el ruedo, por última vez también, y fue como si se enterraran de un golpe todas las cosas. Un glorioso pasado y un presente que no tanto.

 

La última corrida fue una de tantas. Ni mejor ni peor. Con un toro de notable calidad y mucha nobleza, que fue el quinto. Con más cuajo que cualquiera de los otros cinco, y  ninguno fue manco. Con menos cara también. Rellenito, castaño albardado, lavado de cara. Lo picaron con dureza. Una sola vara trasera. Apretó el toro. Después de banderillas, tres feroces estrellones contra un burladero, que es norma y ya plaga entre la mayoría de las cuadrillas.

Pese a los estrellones, el toro aguantó vivo. Juan Bautista había apuntado cosas con el capote. Lances templados pero sin estrechuras, media verónica preciosa, un galleo por chicuelinas, una revolera airosísima para rematar un aceptable quite por navarras. Sabe torear de capote y se le nota con sólo ver cómo lo coge y lo mece. La faena fue de ambición limitada, buen temple, discreto asiento. Sin mayor esfuerzo. Ni apuros, ni lindezas. Cuando apretó el toro, Juan Bautista se lo echó para afuera. Pero para volver a prenderlo como si le echara un anzuelo. Todo eso, que no fue ni poco ni mucho ni bastante pero tuvo sentido del temple y de la medida, terminó con un terrible bajonazo en toda regla. Toro tan bueno vino a morir de vómito. Muerte vertiginosa. Una oreja. La última concedida en Txagorritxu.

Ese no fue el único bueno de la corrida de Peñajara, ganadería habitual en la Vitoria de la última época. Antes salía dura de manos, agresiva y lista. Ya no. Cambió de dueños y paisaje. Se ha suavizado. Pero el viejo estilo en las ganaderías, la que sea, no se diluye de un día para otro. Dos toros, el tercero y el cuarto, sacaron el aire de aquel otro fondo difícil. Muy revoltoso el tercero. Algo mirón y a la defensiva, porque le faltaba fuerza para impulsarse. El cuarto, montado, estrecho y corto de cuello, fue muy topón, no descolgó, escarbó y se decantó de manso. Se le había quedado enhiesta una de las banderillas clavadas en el hoyo de un puyazo. Para poder entrar a matar, Ramos tuvo que abatirla con la espada. Lo logró al tercer intento. No se arrancó el toro en ninguno de ellos.

Iker Lara le fue tomando la medida al tercero de lance en lance y, tras un inseguro arranque, acabó gobernando la cosa. Ramos se lució en unos bellos pases de castigo en la apertura de faena al cuarto. No pudo ser más porque el toro sólo se empleó al trallazo antes de plantarse. El primer toro no entró en ninguna de las dos categorías tan definidas de la corrida. Ni fácil ni difícil, ni posible ni imposible. Sólo que tuvo poca fuerza, se pegó dos costaladas antes de ir al caballo, sufrió tres estrelladas de remate contra las tablas, salió zurrado de una sola vara. Fue de corto viaje y en la distancia corta se empleó protestando. Ramos se puso demasiado cerca. Con el capote dibujó una larga afarolada excelente. Y puso tres pares de banderillas muy seguros. La banda los acompañó con el Dávila Miura, un  pasodoble muy bonito.

El segundo toro fue bondadosísimo. Cárdeno claro, carbonerito, botinero, guapo de verdad. Pero inocuo. No pudo con su alma. Juan Bautista lo manejó suavemente en faena de trámite pero seria y pensada. El sexto salió desganadito pero dócil y, en la media altura, tuvo su faena. Por la mano derecha, Iker Lara le pegó cinco muletazos de mucho empaque y caro son. Y repitió con elegancia en otra tanda al cabo de un rato. Despaciosamente. Buen trabajo. No se atrevió el torero de Llodio a apostar del todo por la mano izquierda. Al tercero, Iker lo mató de soberbia estocada. Perdió, en cambio, la oreja del sexto por pinchar sin fe.

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CdBitácora. 4 de agosto. 2020. Madrid

UN VIAJE A TORTOSA o EL CIERRE DE BOLSOS HERNÁNDEZ

CADA UNO de los cinco edificios de los impares de la calle Tortosa es de una manera. Están bastante bien alineados, pero no del todo. El primero, en el esquinazo con el paseo de las Delicias, se atiene al canon de las fachadas de ladrillo visto y balcón de forja tan del Madrid de 1900. Esa fachada primera acusa la huella de la contaminación del tráfico rodado, que es denso y ruidoso. Convendría pasarle un cepillo.

En los bajos he descubierto esta mañana que la tienda de Bolsos Hernández ha cerrado para siempre y se traspasa. Bolsos y maletas de todas las marcas, y muchas pertenencias de la misma familia, en oferta perpetuamente renovada. Paraguas, billeteros, monederos, mochilas, baúles. Para evitar males mayores, todas las maletas mostradas en el zaguancito de entrada y en un tramo de la acera estaban sujetas por dos o tres cadenas con candado. Y ya no quedan ni las cadenas.

Casi todas las calles perpendiculares del paseo llevan nombres de ciudades y provincias españolas. La de Tortosa, que lleva desde el paseo a Méndez Álvaro y a la antigua parada de carruajes de la estación de Mediodía, es más relevante que la de Tarragona, que cae al sur y empalma las Delicias con Santa María de la Cabeza. ¿Sí o no? Hablo de memoria.

Como es zona ferroviaria, los garitos de comer y beber son unos cuantos. Dos de ellos, asturianos. No se parecen en nada. En la esquina de Rafael del Riego y en la de Méndez Álvaro, pares e impares últimos de Tortosa, hay dos restaurantes de pretensión. Uno de ellos con terraza. Y estaba abierto, y ofrecía menú. El otro, sin licencia de terraza, ha debido de tirar la toalla.

No me extraña. Ni siquiera en las paradas término del 55, el 47 el 247 había a esas horas ni un alma. La parada es única, compartida y múltiple. Con el 55 se cruza en tangente de centro sur a suroeste una de las primitivas periferias de Madrid. Desde Tortosa  al Batán por el Puente de Praga, el andén lateral de Santa María que limita con el barrio de Comillas, la glorieta Elíptica, Oporto, la avenida de Valvanera hasta el cruce de Laguna y la Cuña Verde, el flanco sur de Aluche, la Casa de Campo y sus colonias de Batán y Lourdes. Y ya.

La parada de Casa de Campo es muy agradable. Desde la plataforma del intercambiador con las líneas 25 y 33 se divisa una perspectiva remota y plácida de la cornisa destruida del Madrid occidental o de poniente. En cuanto a la 47 y la 247 puede decirse que son líneas marsupiales porque la una cabe en la tripa de la otra y solo se separan antes de alcanzar el límite del Pan Bendito, una de las antiguas colonias de reasentamiento sedimentario del Madrid de 1960. La 47 sube hasta la barriada de Cuatro Vientos, Carabanchel Alto. La 247 se queda en el Bajo, en la colonia de San José Obrero, una diminuta cooperativa.

Tanto la 47 como su hijuela rompen camino por Legazpi y el puente de Andalucía entre el Matadero y el mercado de frutas y verduras, y luego remontan el nervio estrechísimo de Marcelo Usera, el barrio chino, donde la plaga ha causado infinitos males. El polígono Cobo Calleja, la ciudad industrial de Fuenlabrada –su motor-, parece en quiebra irreversible. En cuanto remita la fiebre del verano me daré un paseíto por el Madrid chino. Me dicen que está triste.

El cierre de la tienda de Tortosa me ha abierto los ojos. Es decir, me quita el sueño. Era el comercio que daba a la calle su sello. Más que una sucursal de la multinacional Decathlon instalada en la esquina del pasaje, el Pasaje de Tortosa, donde hubo en tiempos un cine de sesión continua de unas quinientas butacas. El Delicias. Los tres grandes barrios ferroviarios de capitales españolas –Madrid, Zaragoza y Valladolid- tienen en común su nombre: Delicias.

El más original de los cinco edificios de Tortosa en el número 3, con esgrafiados segovianos muy recargados. La peluquería caribeña del número 5 es digna de contemplar. Su reclamo son los rizos de tirabuzón de una mulata gordita que parece protagonista de un culebrón y se deja querer en un panel multicolor a pie de obra.. La tienda de ofertas de electrodomésticos es de fiar. Tiene de todo. Los garitos chinos de alimentación (sic)  con escaparates Monster no invitan a apagar la sed ni saciar el hambre. Las viviendas del Pasaje de Tortosa, callejón sin salida, están logradas. Un barrio dentro de otro. La calle, peatonal.

Última actualización en Sábado, 08 de Agosto de 2020 20:23