TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

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El largo y cálido verano (3). Texto viejo y bitácora fresca

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El texto viejo, publicado en el semanario Aplausos hace ahora cuatro años, es más largo que un día sin pan y solo el último tercio trata propiamente de toros, y más que de toros de cómo una operación oscura de urbanismo que echó abajo la plaza vieja y acabó siendo letal para los toros en la ciudad. Me gustaba empalmar las ferias de Azpeitia y Vitoria, y llegar a Vitoria el 4 de agosto por la mañana antes de la bajada del Celedón con que se abren las fiestas de la Blanca. El 5 de agosto es la fiesta mayor. Vitoria es una ciudad muy fotogénica, y de buenos fotógrafos. La feria de 2016 fue solo discreta. Roca Rey pasó como un terremoto. Espero mandar una crónica de la que fue última corrida de la historia taurina de Vitoria..

El cuaderno de Bitácora, un paseo hasta Antón Martín para comprar prensa en el kiosco de SAn Nicolás y el pasaje Doré y buscar, sin éxito, pescado fresco en la calle de la Esgrima. Estaba cerrado el Alofer, no sé si por la hora .pasadas las dos- o por agosto. De regreso he sido testigo de una intervención de bomberos en la calle Embajadores frente al Pavón y en un comercio en obras -parece que se habían cargado una viga maestra. Todos los vecinos de la casa, en la calle. Gran sainete. La tienda de al lado de la intervenida es una ferretería muy frecuentada en el barrio- La ferretería de Victorino Martín. Otro Victorino.

 

APLAUSOS Las verdades del Barquero 10 de agosto de 2016

LA BATALLA DE VITORIA

La rancia tradición taurina de la capital del País Vasco, amenazada por una torticera política municipal inspirada en el modelo abolicionista de Barcelona. Una feria sin relevancia. Y desenterrado un fantasma: once años después de inaugurada la plaza nueva, no está claro el sentido de una operación urbanística que camufla las fiestas de toros

EL ANTIGUO DEPÓSITO de Aguas de Vitoria se reconvirtió en 1990 en una singular sala de exposiciones. Un sótano anexo al vanguardista Centro Montehermoso. Un prodigio el espacio, su acústica y su iluminación. Opaco silencio para contemplar imágenes como dentro de una nube. Como el toreo de salón ante un espejo. Sin contar Barcelona, Madrid y Almería, Vitoria fue la ciudad española pionera en el reconocimiento de la fotografía como una de las bellas artes.

El primer fotógrafo que la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando admitió en su seno como miembro de número fue hace veinte años Alberto Schommer, natural de Vitoria, hijo de un fotógrafo alemán instalado en la ciudad en los años 20, y de una vitoriana, Rosario García, de familia ilustre de confiteros de la ciudad. Entre las obsesiones plásticas de Schommer –la nieve, las sombras, la naturaleza, los edificios o paisajes singulares extrapolados, los retratos psicológicos- no figuró la tauromaquia. Tampoco la militancia antitaurina que el Museo de la Academia patrocinó el pasado mayo en Madrid dentro de un cáustico programa que pretendió poner patas arriba o del revés la obra plástica del Goya de los toros. Una inaceptable reinterpretación.

El taller de Schommer, formado en Hamburgo, Colonia y París en los años 50 después de un precoz aprendizaje junto a su propio padre, se instaló en Madrid. Vasta obra de fotógrafo sin fronteras ni límites. Fama y prestigio mundiales. Pero sin olvido de Vitoria. No serían solo las raíces sensibles y familiares. Contaría también que Vitoria es una ciudad de particular fotogenia.

Los sanfermines tuvieron la fortuna de contar con un fotógrafo como Ramón Massats –de la misma edad que Schommer, visualmente afines- que supo fijar el canon de la fotografía de Pamplona en  fiestas, con los toros de protagonistas. En Vitoria, una muy festiva cabalgata de peñas  -la Ida a los toros, por las calles de Dato y Florida- hace las veces del encierro. Sin toro ni Massats. Nada que ver.

Cerca de cumplir los noventa, hace casi un año, murió Schommer en San Sebastián –se estaba gestando la idea de que José Tomás toreara la Semana Grande de 2016 en Illumbe- y el Montehermoso decidió organizar  una muestra de homenaje, la de ahora, que es una suerte de biografía centrada en el vínculo cordial de Schommer con Vitoria. Sin ser, ni pretenderlo, una antología, la muestra incluye unas cuantas obras maestras. Uno de los apartados mayores de la exposición lo constituye una serie de diez o doce temas de Schommer, acompañados, cada uno de ellos, por cuatro fotografías de los más relevantes reporteros gráficos o fotógrafos de estudio vitorianos anteriores a Schommer o casi contemporáneos.  Entre las cinco imágenes hay una conexión de tema o punto de vista determinados por la foto de Schommer.

Un quinteto cuadrangular con un schommer en el eje mismo. La idea honra a la rica nómina de fotógrafos de lance o de prensa del país: Balbino Sobrado, Ceferino Yanguas, Tomás Alfaro Fournier, Enrique Guinea, Salvador Aspiazu, José María Parra  o Arque, la firma con que se hicieron entre 1955 y 1975 célebres dos socios, Arocena y Querejazu, unidos por ese acrónimo. Y un largo etcétera.

En una perspectiva de autor anónimo de Vitoria en 1900, tomada desde lo alto de la almendra medieval, donde el Palacio de Montehermoso, aparece precisa la imagen de la entonces “nueva” plaza de toros, levantada en 1880. Situada extramuros, nítido perfil, gradas tejadas. Apartada del modelo neomudéjar o neoclásico entonces en boga, más cerca del primitivo modelo de fachada hormigonada de corral-cuartel de La Misericordia de Zaragoza. Es una de las fotos clave de la exposición. Espacio singular de la periferia de la ciudad.

Hay otras dos fotos, las dos de Enrique Guinea, de asunto taurino, separadas por veinte años. Una de 1910, de un fumador de puro en primer plano de un tendido de sombra, con canotier, chaleco rayado de seda y pajarita, porque en la sombra se vestia de gala. Y otra de 1930, de una corrida de Aleas en los corrales de la por entonces ya cincuentenaria plaza. El hierro del 9, bien marcado, se identifica fácilmente. No consta ese dato en el pie de foto del museo. Normal.

Sorprende el trapío de la corrida en una foto tan inocente. Ya estaba fijado el cruce de lo viejo de Aleas con los santacolomas de Graciliano Pérez Tabernero. La imagen abunda en la teoría a veces discutida de que el toro de los años 30 ha sido el de más edad y cuajo lidiado en España dentro de los parámetros de la tauromaquia posterior a los petos de pica.

La plaza aquella, con sus notables corrales –gradas muy concurridas para el apartado-, fue derruida en 2006 al mismo tiempo que se inauguraba una nueva o novísima, cubierta –techumbre móvil-, de estructura de metal y cristal, fiel al principio de los llamados espacios multiusos. De propiedad municipal, igual que la derruida y sus terrenos circundantes y recalificados. La denominación “multiusos” no deja de ser un artificio verbal para camuflar o encubrir la razón de ser del espacio: los toros.

En Francia se mantiene en vigor el término de (las) Arenas para especificar su carácter de coso taurino. En Carabanchel se optó por lo de Palacio VistAlegre (sic), y ni lo uno ni lo otro. En Leganés por La Cubierta, el huevo de Colón. En Vitoria se apostó por una fórmula anglosajona: Iradier Arena. Teóricamente como homenaje a cuatro célebres vitorianos de ese apellido: el Pantaleón que construyó la plaza de 1880, un Cesáreo arquitecto famoso, el músico Sebastián –“La Paloma” que Bizet plagió inocentemente para la habanera de “Carmen”, la gran ópera taurina- y el explorador y aventurero Manuel. Todo menos conservar la denominación propia y de origen.

Un pacto municipal a tres bandas –nacionalistas, socialistas y populares- propició la operación urbanística complementaria de la plaza novísima, levantada junto a las ruinas de la vieja. Ese espacio urbano, diez años después de su modelación, resulta desolador, agresivo. Vitoria es la ciudad más arbolada de España. Llegó a ser Capital Verde europea hace tres cursos. Pues en el amplio acceso principal al o a la Iradier Arena no hay plantado en tierra firme ni un solo árbol. Ni uno solo. Parece otra ciudad. Futura, inhóspita.

Del espíritu de aquel acuerdo tripartito sobre el trueque de espacios y arenas no queda al cabo de una década apenas nada. Un gobierno municipal nacionalista en minoría se ha puesto como meta inmediata la interdicción de los toros en Vitoria mediante la fórmula de las consultas populares que los Tribunales Superiores autonómicos vienen declarando nulas o ilícitas.

De la plaza vieja sobreviven en el nuevo recinto muy pocas cosas: los penachos de papagayo de los alguaciles, las albardas de seda carmesí de las mulillas, el tiro con su gancho, sus cuerdas y su rastro, los uniformes –pantalón añil, boina encarnada, blusa blanca- de torilero, corralero, areneros y mulilleros, el tapiz de terciopelo granate del palco de presidencia y un reloj de media luna de propaganda de González Byass que, siendo reloj, ha sobrevivido al paso del tiempo con buena salud.

¿Los toros de la Blanca? Doce en puntas. Uno de Vegahermosa de bravo y algo agresivo espíritu; una corrida de variadas y notables calidades de Valdefresno, atanasios puros y buenos; una entrega más del terremoto Roca Rey, de poner lo que no pone el toro y doblar la apuesta; un hermoso paso adelante de Ginés Marín; el oficio e ingenios de Joselito Adame; la elegancia de Perera. Y muy poca, poquita gente. La cabalgata de las peñas volvió a quedarse un año más a la puerta. Los matadores y sus cuadrillas han desertado del centro de la ciudad, del primer ensanche. No se veían carteles de toros.

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CdBitácora. 3 de agosto. 2020. Madrid

Perlora, Persiles. Menú del día. Adiós, señor Cervantes.

A un experto en ostras que paraba mucho por el Otero le oí contar un día que  para comer en el barrio marisco del bueno no había sitio como el Perlora, que es, digamos, un bar ilustrado. En la acera de los pares de la calle Magdalena y al final, casi en la embocadura de Antón Martín y el cruce de Santa Isabel. En agosto cierra.

En julio lo vi también cerrado, pero lo puse en la cuenta de la pandemia, que se ha cebado con el barrio. Los vecinos de Tirso de Molina dirección Toledo sentimos que la calle Magdalena y Antón Martín, en el camino de Atocha, es otro barrio, no el nuestro, donde el virus ha hecho estragos. El Perlora resiste de sobra. Local en propiedad, clientela estable que sabe adónde va y más o menos lo que le espera: el género fresco, apartado de la vista y de la luz, filtrado por el olfato de un viejo asentador de pescado y provisto desde la costa asturiana –donde la propia Perlora ballenera y vieja- y puesto sin precio en la carta. Tan solo el PSM de rigor: precio según mercado. No se dice qué mercado.

Los comedores de marisco no suelen preguntar precio. Los caprichosos piden pinzas de acero para apurar hasta el último nervio carnoso de una garra de cigala, Las ostras se venden de seis en seis y no por docenas. Vienen abiertas sobre un lecho de hielo triturado. Y vivas, naturalmente.

El sitio está vedado a curiosos y a la clase de tropa. La barra, impecable, es corta, de madera noble nueva. La carta de vinos, suficiente sin excesos, prima los blancos frente a los tintos porque parece de ley que así sea en las mariscadas. Se sirve el vino en copa burdeos sin distinción de especie. No sé si habrá manzanilla para sibaritas y servida en catavinos. No lo descarto.

Basta observar de reojo el tipo de parroquianos para entender que el Perlora es la joya escondida del país. La frontera de Lavapiés y las Huertas, el llamado barrio de las Letras y las Musas, en una de cuyas calles murió Cervantes antes de ver impresa su última novela, novela “setentrional”, los Trabajos de Persiles y Sigismunda, que recomiendo leer con papel y lápiz a mano para no perderse en la aventura y recrearse en lances, nombres y trapisondas. Carmen Martín Gaite se sabía de memoria el prólogo del Persiles y lo decía muy bien.

El melancólico prólogo del Persiles se tiene por el testamento sentimental, desenfadado, resignado y airoso de Cervantes, que se autorretrata y queja sin empacho y deja con sus palabras de despedida una obra maestra. “Adiós, gracias; adiós, donaires….”   La imprenta de donde salieron editadas las dos partes del Quijote están en la cuesta de Atocha a poco más de cien metros de Antón Martín y el Perlora. Visita obligada.

Al lado del Perlora, en la cantonada con Atocha, la antigua Farmacia del Globo, donde compré el sábado mascarillas de las que no asfixian y ponen pico de pato, y no escuecen en las orejas ni se sueltan ni se pegan al rostro. Una pieza ortopédica que, como las piezas del Perlora, se pagan. La vida tiene un precio.

 

Última actualización en Sábado, 08 de Agosto de 2020 16:58