TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

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BARQUERITO: El largo y cálido verano: Textos viejos y bitácora nueva

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Aquí el inclemente agosto, que va a tomarse, o eso parece, una tregua de dos días, no más.


Las cifras de la pandemia siguen estables salvo en casi todas partes. Madrid, el área metropolitana de Barcelona, el Alto Ampurdán, la Zaragoza urbana, un pueblito junto a Calamocha en el Jiloca medio, Vizcaya y Álava,una pedanía periférica de Huesca, confinados y cerrados dos de los pueblos más taurinos de la provincia de Valladolid -Pedrajas de San Esteban e Íscar-, Málaga capital y Marbella. O sea...

Llaman "ocio nocturno" a los focos de contagio más fiablemente detectados. Las discotecas son contaminante veneno. En las barras de los abiertos de mi barrio no se guardan las distancias preceptivas de prevención, No saldremos. Un incendio en Robledo de Chavela, otro en Valdepiélagos que ha cruzado el límite con la provincia de Guadalajara hasta El Casar, amenaza de más fuegos en la Ourense reseca de la raya de Portugal.

El arranque del curso taurino traído tan por los pelos se contempla con infinita distancia. El rabo de Estepona, las fotos de los toros de Osuna del sábado, que son un pecado. Veremos cómo salen las de los Cuvillo de Huelva, donde parece que ha andado más que bien Perera. Si se entra en El País digital se encuentra un artículo muy serio, documentado y equilibrado de Antonio Lorca a propósito del conflicto entre el Gobierno y la gente del toro. Vale la pena.

Y, en fin, un texto viejo: la crónica de la corrida de Ana Romero que abrió la feria de Azpeitia de 2016. Hoy iba a haber terminado la de 2010, con toros de La Palmosilla que habrán sido sacrificados en el matadero de Vejer porque es probable que cumplieran la edad en este mismo mes.

La crónica trata en parte de un diluvio que duró tres toros, pero la corrida se dio entera. Estuvo bien de verdad Juan Bautista -pura ciencia- y Daniel Luque hizo unas cuantas virguerías con el toro mejor de la corrida, que salió en tipo y muy afiladita. Y muy bonita.Aquel año 16 se abrió feria el día 30, la víspera del chupinazo que declara el estado de alarma en la comarca. A las 12 en punto. Pero una hora antes, en la parroquia, el gran Iñaki Arakistáin deleitó a unos pocos amigos fieles con un repertorio escogido de barroco alemán. Música que invadía entero el ámbito del templo, en cuyo retablo mayor figura una talla de San Sebastián asaeteado. El santo patrón de la villa es el mártir romano Sebastián. San Ignacio es patrón de su barrio natal, Loyola, donde el santuario y su jardín de árboles de colección, y, además, patrón de Guipúzcoa.

Y, al cabo, una bitácora del día, Solo unas lecturas breves. De más cosas tomé nota. Para otro día.

Salud!


EL DIARIO VASCO. Crónica de la corrida de Azpeitia. 30 de julio. 2016

BRAVA CORRIDA DE ANA ROMERO

Tres toros jugados bajo un diluvio. Espectáculo de gran seriedad. Juan Bautista, templado y sabio con notable lote, pero desafortunado con el descabello. Brillante Daniel Luque con un toro pastueño. Entrega, resolución y carácter del joven Borja Jiménez

Azpeitia (Guipúzcoa), 31 jul. (COLPISA, Barquerito)

Azpeitia (Guipúzcoa). 1ª de feria. 2.000 almas. Descargó una tormenta severa durante la lidia de segundo, tercero y cuarto. La lluvia dejo el piso encharcadísimo. Dos horas y cuarto de función. Seis toros de Ana Romero. Juan Bautista, silencio tras un aviso y saludos tras dos avisos. Daniel Luque, una oreja y ovación. Borja Jiménez, silencio y vuelta tras un aviso. Picaron muy bien a primero y cuarto Paco María y Puchano.

A LAS ONCE EN LA PARROQUIA de Soreasu un concierto de órgano del joven Iñaki Arakistáin. A las doce el chupinazo desde el balcón del Ayuntamiento y, al mismo tiempo, la gran campanada de la parroquia, anual coincidencia singular. Los honores de lanzar el cohete de las fiestas fueron para la Banda Municipal de Azpeitia, que ha cumplido ciento cincuenta años de vida, y para el grupo de arqueólogos de la Casa Antxieta. Y en seguida, la marea “arroxa”, grana o fucsia, que es el color de las camisetas que luce los tres días y medio de sanignacios la gente joven. Un golpe de color. Lucía un sol espléndido y suave.

No tan suave a las seis y media, la hora del paseíllo. Entró el viento marítimo, se cerraron los cielos y a las siete de la tarde cayó un diluvio. Jarros de agua durante la lidia de tres toros –segundo, tercero y cuarto- que dejaron el piso de la plaza en pésimo estado. Demasiada arena tal vez, el drenaje no dio de sí. Charcos, zonas enfangadas. La gente huyó de los tendidos cuando la tormenta adquirió en el tercer toro caracteres bíblicos. Se planteó la posibilidad de suspender el festejo antes de soltarse el tercero y luego de arrastrado. Los toreros decidieron llegar hasta el final. Un gesto.

Brava, seria, hermosa y bella la corrida de Ana Romero. Es regla casi exacta que los toros de sangre santacoloma embistan con particular son los días de viento norte en el Golfo de Vizcaya y el Cantábrico oriental. No sería solo eso. Fue corrida de variadas hechuras. De gran hondura un cuarto espectacular, enlotado con un primero de menos cuajo que los demás. Tanto el soberbio cuarto como el lindo primero galoparon de salida. Lo hicieron también segundo y tercero. No tanto los dos últimos, que fueron los más castigados en el caballo. Un solo puyazo, pero puyazo interminable, en zona blanda y de hacer muchísima sangre, sangre que se empapaba en los charcos.

Los seis toros pelearon en el caballo con diferente entrega. Cobraron los seis. Muy certeros los dos picadores de la cuadrilla de Juan Bautista, Paco María y Puchano. En banderillas apretaron todos los toros sin excepción. Las dimensiones reducidas del ruedo de Azpeitia acentuaron ese detalle. El suelo enfangado fue para los banderilleros trampa de alto riesgo.

En la muleta se movieron con fijeza y motor, sin desmayo, los seis toros. Con calidad distinguida un primero casi dulce y un segundo pastueño. Con ritmo fino un cuarto al que hubo que convencer. El tercero respiró con el aire de los santacolomas guerreros. El quinto, sangrado brutalmente en varas, llegó a derrumbarse por eso hasta dos veces, y a desplomarse sobre un lecho de fango. Se levantó, con todo, para seguir peleando pero sin romper como cualquiera de los cuatro primeros. El sexto se enganchó con el correaje del estribo derecho, cobró el puyazo recostado y con la cara muy arriba, también sangró lo indecible y sacó en la muleta son celoso, prontitud de bravo y una o dos gotas de listeza. Fue, por todo eso, corrida del gusto de un público muy atento al toro que sea.

Estuvieron más que bien los tres espadas. Las dos lidias de Juan Bautista fueron modélicas: sobrias, precisas, ni un capotazo de más, sentido de la oportunidad. Con el ruedo pesadísimo, Juan Bautista tuvo el detalle generoso de hacerse cargo en banderillas de la brega del cuarto. A los dos toros les dio el torero de Arles cumplida fiesta. Dos profusas faenas, muy bien armadas las dos, distinguidas una y otra por la ligazón, el encaje, el trato suave. La ciencia. El trato con el cuarto, resistido de partida, fue soberbio.

En las dos faenas, tan precisas como las lidias previas, abundaron los muletazos de compás. Con la mano izquierda, hubo momentos exquisitos, de toreo despacioso y bien rematado. Contra costumbre de Juan Bautista, las dos faenas pecaron de largas. Estaba casi a placer el torero. Y contra costumbre también, no entró la espada ni a tiempo ni en el sitio debido. Muy tendida la estocada del primero, que no descubrió, y Juan Bautista no acertó hasta el sexto golpe de verduguillo. Un aviso antes de la igualada del cuarto al que quiso matar recibiendo tras un pinchazo arriba en corto y por derecho. Las dos reuniones a recibir se saldaron con pinchazos en la yema. Fue laborioso el descabello. El toro no descubría y se arrancaba con fiereza. Sonó el segundo aviso. Sacaron a Juan Bautista a saludar a pesar de todo. Un balance nada acorde con dos entregas de tanta y tan sabia categoría.

Daniel Luque se acopló en seguida con el buen segundo, lo tuvo en la mano casi desde que lo recibió de capa con lances vistosos, lo trajo y llevó sin apuros en reuniones de ajuste, remató faena con esa cadena de muletazos cambiados y con las vueltas que pareció inventarse y no patentar un día ya lejano. Con el quinto, tan regañado, no cupo tirar de invento ni patente, sino abreviar después de haber encontrado el único hueco medio seco de la plaza.

Fueron conmovedoras la entrega y la entereza de Borja Jiménez. No solo por tener que torear en el momento más duro de la tempestad, y a un tercer toro que en la distancia se daba pero en corto no tanto. También por lo mucho que arriesgó y la cantidad de recursos que halló para plantarle al sexto muy serio combate. Faena de emoción y resolución. No tanto de calidades. Pero no se trataba de eso. No les vio la muerte a ninguno de los toros. Espada mal afilada, la suerte solo a medias.

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CdBitácora. 2 de agosto. 2020. Madrid.. Lectura breve de domingo

EN la edición de El País Semanal de este domingo, con bellas ilustraciones de Luis Mendo, se publican trece relatos breves de otros tantos escritores vivos convocados por un título común: “Aquel viaje que lo cambió todo”. No hay tal. Y, sin embargo, dos de los relatos, los dos únicos sometidos a la disciplina, son de muy rica lectura. Cerca de cumplir los 90 años, Elena Poniatowska evoca su primer viaje a Acapulco con apenas diez años de edad. Acababa de dejar atrás su Francia natal –sería en 1942- y de instalarse en Ciudad de México (“una urbe chaparrita con muchas casas y edificios bajos de color sangre quemada porque las casas eran rojas y el sol les rebajaba el color”). No mucho después cruzó el país hasta Acapulco en un viaje de un día completo en la carretera. En ese viaje cambió su percepción del mundo. No desvelaré el final. Solo que el hotel del destino se llamaba El Papagayo. El único plantado frente a la playa y el Océano.

Luego de esta obrita maestra de la Poniatowska, hay otra media docenita de historias de interés y muy diverso calibre. El recuerdo del viaje de Ida Vitale a Reikiavik hace ahora un cuarto de siglo, su anécdota campera a la puerta de un gallinero, su calma ante el sol de medianoche y su evocación del cielo estrellado de su Montevideo natal; la linda meditación de Nélida Piñón en la playa de Copacabana en 1940 cuando todavía era tan solo “un inmenso arenal”, con el padre cruzándolo a nado de una punta a otra y una pregunta ingenua de su abuelo, gallego de Orense; el primer viaje de Paul Preston a España a mediados de los 60 con una parada en Madrid y la visión por la calle de perdedores de la guerra mutilados, el descubrimiento de la comida española, su sorpresa fascinada al descubrir el campo andaluz desde la ventanilla de un tren y, la parábola del cuento, la reflexión de un paisano a propósito de Granada; el viaje de Clara Janés a Praga en busca del poeta checo Vladimir Holan, y el encuentro de una y otro, y el recuerdo del café Slavia, donde Holan pasó horas traduciendo a Góngora al checo.

Y, en fin, del resto de la serie, inmediatamente después de haber recorrido con la Poniatowska los infinitos maizales de un trayecto en busca del olor del mar, propongo el texto de Guillermo Arriaga que recuerda su primer viaje a Piedras Negras, en Coahuila, frontera con los Estados Unidos, desde su casa familiar de Ciudad de México. Doce horas en tren y ocho más de autobús. Lejísimos. Hasta el rancho de su primo Pepe Sánchez. Los ríos eran de color turquesa en un paisaje de desierto, que es, por cierto, el título.

La prosa corrida de los narradores mexicanos que sintieron la huella de Juan Rulfo tiene un acento inconfundible. Lengua pegada a la tierra misma. Como si brotara de ella. Y aunque impresa la lengua de esos relatos es muda, parece resonar en la memoria como la voz aguda y rota del propio Rulfo.

Última actualización en Domingo, 02 de Agosto de 2020 23:32