TOROSDOS

Se torea como se és. Juan Belmonte

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BARQUERITO. Escritos de confinamiento. Segunda Parte (25)

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El texto viejo, repescado de una crónica de hace ocho años para Aplausos, es un recuento de la épica taurina de Vic Fezensac, donde anteayer se habría cerrado su feria de Pentecostés, que será centenaria dentro de una década. No ha podido ser. Vic, la capital de la Gascuña, es uno de los santuarios franceses donde el toro es objeto de culto. Lo es en grado superlativo, único. Un toro extraordinariamente ofensivo, seleccionado con lupa y rigor. La corrida concurso de Vic es antológica. Tiene por propósito medir la bravura del toro en varas. Cuatro, cinco, hasta seis varas, que pueden poner a la gente de pie. La plaza de Vic tiene un aforo de 6.000 espectadores y dobla en número el de la población de la ciudad. Además del toro torísimo, Vic cuenta con una colección de carteles más que singular.

Y la bitácora. Llevo bloqueado dos días o tres. La afición a los gorriones crece a cada instante.

 

APLAUSOS. LAS VERDADES DEL BARQUERO. 28 de marzo de 2012

Barquerito

VIC EN VALENCIA

DURANTE LA SEMANA de Fallas estuvo abierta en el Instituto Francés de Valencia una exposición de carteles de Vic Fezensac. De las corridas de Pentecostés entre 1982 y 2011. Treinta carteles. No estaban expuestos los originales sino reproducciones enmarcadas y cuidadosamente dispuestas. Colgadas de la pared luminosa de un moderno café-bistró reconvertido en club taurino francés. Sin cabezas de toro, pero con el toro en la cabeza.

El director del Instituto, Pascal Letellier, es un gran aficionado. El Instituto –rehabilitación inteligente de un bello palacio- se encuentra en el corazón del castizo barrio del Carmen. En el cafetín del Instituto, “AtmOsphère” –la O mayúscula del oxígeno-, cocina bearnesa, se sirve de lunes a viernes lo que la crítica gastronómica ha catalogado como “mejor menú relación calidad-precio” de la ciudad. Lleno a diario en Fallas y no Fallas. Distinto. Oxígeno, pero también una terraza para fumadores y librepensadores.

Inesperada capilla taurina. Entre taurinos se asocia Vic con una fe torista que conlleva la pasión por el toro fiero y de trapío, venerado como protagonista no exclusivo ni excluyente de la fiesta pero casi. Las líneas divisorias entre el torismo y el torerismo, y hasta el toreísmo, están en Francia rigurosamente marcadas. Las dos o las tres conviven sin recelo. Los recortes y la crisis económica de los ayuntamientos –entre ellos, los de la Ciudades Taurinas- van a provocar este año un escoramiento hacia el torismo y, a cambio, una reducción insignificante de festejos.

No es que en Vic no cuenten los toreros –a Ruiz Miguel le erigieron una estatua como de mariscal, la profesión es sinceramente admirada- pero el primer plano tan frontal del toro devora las luces y las sombras de su entorno. En 1982 un pintor del país, vicois, Jean Paul Chambas, dio con el invento de dotar al cartel de Vic del rango de obra plástica de firma. Chambas, que pintó el primero de los treinta y también el último, el de la edición de 2012, invitó a partir de entonces a artistas amigos a pintar el cartel. Ilustradores, pintores, dibujantes, grafistas. Creadores. Nadie se hizo de rogar.

Las diferencias y la variedad de ideas, técnicas y sensibilidades se han traducido al cabo de treinta ediciones en sabroso muestrario de la cartelería taurina moderna. La idea de Chambas, pintor taurino clasicista o ecléctico, fue abrir el género a toda clase de representaciones. Una reivindicación de la modernidad de la fiesta. Con hechos y no solo palabras. Y con el toro de reclamo.

La colección cuenta con una decena de carteles magistrales. La presencia de artistas  españoles es mínima pero de calidad: dos obras de Eduardo Arroyo, que tantos años vivió en París, y las dos, de una fuerza fantástica.  En una de ellas, sobre un rotundo fondo rojo de sangres, el toro parece una diabólica máscara negra con vanos blancos en ojos y boca. Un gran golpe visual.

Jean Jacques Baylac –“Jaime” para sus muchos amigos ganaderos españoles- fue el cerebro que articuló junto a la familia Chopera esos treinta años tan singulares de Vic. De su obra hay muestras deliciosas. Tanto en las formas tradicionales –Baylac pintó el toro en el campo con espíritu miniaturista pero dotándolo de calculada y fresca expresión- como en las no convencionales. La influencia del Picasso cartelista está clara en un cartel magistral de Gilles Aillaud. Michel Dieuzade rindió homenaje a la mítica Litografía Ortega en el cartel de 1995. El candor profundo de Daniel Pommereulle ilumina dos ferias con cabezas de toros poéticos, irreales, contornos de línea. El dibujo frenético de tira de comic de Gudmunder ha acertado a plasmar en dos ocasiones la vorágine torista de Vic.

La apertura a la imaginación de los creadores se atiene a tan sólo una norma: en el cartel se incrustan en tipografía Copperplate Gothic los nombres de los matadores. Los hierros y nombres de las ganaderías tienen propia relevancia. Chambas tuvo la idea de pagar la obra plástica de cada autor en especies: el peso del artista en foie-gras, que es tan especialidad de la zona como el Armagnac. El espíritu destilado de la Gascuña, capital Vic Fezensac. Y el gusto torista de los gascones.

Faltan dos meses para las corridas de Pentecostés de este año. En la sesión matinal del domingo se celebrará la undécima edición de un concurso de ganaderías que es el primero de su categoría dentro de la temporada francesa. La concurso de Arles, que se viene celebrando en septiembre, tiene menos tradición y, aunque inspirada en la vieja idea alumbrada por Baylac y Manolo y Óscar Chopera, se ha instalado sobre parámetros distintos.

La edición de 2012 presenta en Vic una sorprendente variación con respecto a ediciones anteriores: habrá doble representación de encaste Núñez –Alcurrucén y Carriquiri-, doble ración también de encastes Domecq –Esteban Isidro y Ganadería de la Reina-, un concursante Saltillo –Moreno de Silva- y un toro villamarta de hierro Guardiola y ahora propiedad de Fidel San Román. Las dos ganaderías estrella de la feria que viene serán, sin embargo, las de José Escolar y Carlos Aragón Cancela (Flor de Jara). La hegemonía de Santa Coloma en un rincón apartado: la frontera septentrional de la tauromaquia europea. Límite marcado por un pincel.

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DE PASEO. CdBitácora. 1-2 de junio. 2020

 

Gorriones inquietos, gráciles. Invasión y destrucción de Anglona. Paraíso perdido. Muro de jazmines. Don Niceto. Las patatas de Carcabuey.

AHORA QUE HAN perdido los gorriones el miedo, su plumaje se deja contemplar a placer cuando se posan. No son posados largos, porque el gorrión es pájaro inquieto. Vuelo ligero y grácil, un aleteo suave, un raudo brinco. He visto planear a más de uno, pero muy raramente. Los oigo piar y gorjear como incansables tiples. Si escuchas trinar a todos juntos, se te graba en la memoria acústica su canto. Dos meses seguidos llevo prestando por oído atento a esa música, que ni duerme ni desvela ni calma ni rebela.

Las plumas pardas de primavera con sus festones y listones negros son privativas de la especie. El pardo liviano con pálidas manchas predomina sobre los grises mate o los negros. Un misterio óptico. En el jardín de Anglona juegan a diario. No anidarán muy lejos. Aquí picotean las hojas de boj. Un lecho de polen de los ailantos que lleva caído más de una semana en los senderos de ladrillo no parece reclamarlos. Tampoco los pétalos de rosas, algunas de ellas podridas en rama. No comparten la comida. Se sacian pronto. Pero vuelve al rato el mismo gorrión que parecía saciado. No es pájaro solitario. Tampoco gregario. Muy pronto dejarán de andar por aquí.

Los visitantes de Anglona no conocen la diferencia entre un jardín y un parque. Los hay que pagan la visita como si fuera obligada porque en las redes se pondera el valor de Anglona como jardín secreto. Tras una primera mirada de descubrimiento, recorren a toda prisa las sendas bajo las pérgolas sin prestar aparente atención a nada. Ni siquiera a los gorriones, sus más visibles pobladores.

Está vedado el acceso a los perros, pero un día y otro se cuelan con sus dueños desdeñando el aviso. Entran padres con niños pequeños y cochecitos. Y no tan pequeños con casco y bicicleta. Y pelota. Y están los que se traen merienda a la hora que sea y dejan restos de comida que no provocan ni al mirlo de todos los días, taimado, al acecho.

El sábado o el viernes había a la diez y poco una mujer de unos treinta años haciendo una tabla de gimnasia completa en el rincón de la media esfera empedrada, donde el banco vandalizado por dos veces en solo estos dos meses últimos. Vestida de gimnasio, la melena rubia recogida con una bandana roja, mallas y chaleco negros, zapatillas de deporte, una bolsa de marca en el banco y el jadeo del esfuerzo. Una pierna flexionada sobre el banco y la otra en tierra, se estiraba toda en brusca contorsión. De espaldas al jardín, con la cara frente a las trepadoras que cubren el muro. A cubierto de cualquier mirada o ajena a ella.

Y otro día, un tipo con un puro a la hora de los toros enganchado a un teléfono por el que no paraba de hablar y contestar y protestar por no se sabe qué pleito perdido. Y esta mañana, una madre con dos niños que no han parado de correr y gritar, y ahí los he dejado. Si se reúnen comadres, no dejan de hablar de sí mismas. No hay paz ni silencio.

El domingo el sol de la mañana pegaba antes de hora. Presagio de las violentas tormentas de la tarde. Seguí por la sombra de la Costanilla y de Segovia el muro perimetral del jardín. Por entender del todo el carácter técnico de jardín en terraplén. El muro llega a superar los diez metros. Más de la mitad de ellos, ocultos tras tupida fronda colgante de jazmín. El falso jazmín es flor efímera. Creo que no tanto como el genuino, tan fragante.

La invasión de Anglona –esta mañana de miércoles he sido único visitante- me tiene bloqueado. Empiezo a ser el hombre de Alcatraz. Solo me entiendo con los gorriones. Y creo que ellos conmigo. En la rinconada de La Escondía, en Puerta Cerrada, me estuve ayer un rato largo espiándolos. Eran cuatro, y jugando los cuatro en torno al balcón de las trepadoras de plástico. El balcón de don Niceto. Así lo bauticé en su día. Don Niceto Alcalá-Zamora, orador insoportable. No tanto como los bocazas de estos días en Senado y Congreso, tan tóxicos sin excepción.

La villa natal de don Niceto, Priego de Córdoba, es un vergel. En la vecina Carcabuey se comen las patatas fritas más ricas que nunca probé. Las crisps inglesas. A una confeccionadora de Cambio 16, hace demasiados años, se las mandaba su abuela en cajas, y dentro de las cajas, bolsas herméticas. Grandes cajas de cartón de peso muy ligero. Pues, frita en aceite de oliva virgen, la patata cortada con mandolina pesa bastante menos que sin freír, ya cruda, ya hervida. No pesa lo mismo un kilo de plomo que otro de paja. No saléis en exceso la patata. La patata de Carcabuey.

Última actualización en Miércoles, 03 de Junio de 2020 21:33